lunes, 18 de enero de 2010

POLÍTICAMENTE CORRECTO

POLÍTICAMENTE CORRECTO

Tengo la sospecha de que la persona que comenzó a utilizar estas dos palabras en el orden que están colocadas estaba intentando dar visos de verosimilitud a una patraña, falacia, mentira, falsedad o superchería, y también sospecho que esa persona era un político o un defensor de alguna idea política.

No sé por qué el adjetivo “correcto” se tuvo que adornar con el adverbio de modo “políticamente” porque si algo es correcto lo es intrínsecamente y no hay que añadir de qué modo es correcto. Si un hombre es correcto hemos de pensar que sus decisiones, acciones, pensamientos o hechos son buenos, y esto también es aplicable a las mujeres, y esa corrección en la forma no necesita de ningún aditamento adverbial. Es correcto y basta.

Por eso, me resulta desagradable leer, u oír, que algo es políticamente correcto, porque enseguida me asalta la sensación de que la persona que está utilizando esta forma de escribir o hablar carece de la suficiente seriedad como para que la exposición que está haciendo de alguna materia pueda ser creída en su totalidad, sin que quede ninguna sombra de duda.

He observado que algunas personas, generalmente periodistas o políticos, hacen referencia en ocasiones, y con cierta sorna, a la utilización por otros de las dos citadas palabras, como queriendo dar a entender que existe un trasfondo de inexactitud y engaño y que debemos ser cautos con el mensaje que se transmite con el mencionado adverbio de modo.

Esperemos que no se difunda el uso de otros adverbios de modo para catalogar la palabra correcto, pues nos podríamos encontrar con creaciones absurdas, que, por su absurdidad, serían adoptadas sin sonrojo por muchos pseudo-cultos. Se me ocurren algunas barbaridades adverbiales en relación con la palabra “correcto”, pero, como estoy en contra de ellas, las dejo caer en el olvido, no vaya a ser que alguien se apodere de alguna y la ponga en circulación, como ocurrió desgraciadamente con el conocido latiguillo de “políticamente correcto”.

Luis de Torres

18 de enero de 2010

lunes, 28 de diciembre de 2009

NAVIDAD

NAVIDAD

Al pasar la hoja del 24 al 25 de diciembre del almanaque de bloque que tengo en mi mesa de trabajo, observé que el número 25 estaba impreso en rojo, y, además, debajo del citado número se había incluido la siguiente anotación: Navidad. Fiesta en los 27 países de la Unión Europea y en Estados Unidos. Me alegré que en los dos grandes núcleos de la cultura occidental se celebrara el nacimiento o Natividad de Jesucristo, que es lo que significa Navidad, pero, al mismo tiempo, me quedé reflexionando a causa de las incongruencias de los políticos, especialmente de los europeos, que cuando estuvieron discutiendo la forma, el modo y las circunstancias que se debían observar para articular la constitución europea, una parte muy importante de los sesudos parlamentarios rechazó incluir en la futura constitución un preámbulo o introducción donde se declarara que Europa se había configurado y desarrollado, tal como es ahora, debido a sus raíces cristianas; es decir, que el Cristianismo fue la fuerza espiritual y la guía moral y rectora de los hombres que fundaron las naciones de Europa y también de aquellos hombres que emigraron y llevaron las enseñanzas cristianas al otro lado del Atlántico y a casi todo el mundo.

A muchos de los representantes europeos que les tocó redactar la constitución les faltó la objetividad necesaria para darse cuenta de que las raíces cristianas estaban compuestas de hechos históricos y sociales, que manifestarlas en el preámbulo de la constitución no significaba defender a ningún grupo religioso en particular, pues sobre el ancho territorio europeo seguían viviendo, luchando, soñando, y también sufriendo, millones de personas, cada una con su propia inclinación política que podía exponer libremente, y que muchos europeos, quizá hasta el 90 por ciento, se sentían católicos, protestantes, u ortodoxos, y que todos, asimismo, se sabían cristianos.

Ahora, sin embargo, algunos políticos temen molestar a personas de otras confesiones religiosas si se hace mención, mediante la palabra, las manifestaciones o los símbolos, de nuestras raíces cristianas, pero no tienen inconveniente en admitir que se asienten en España otras personas con otras religiones, que levanten templos y que hagan proselitismo; todo eso que a los europeos no nos permiten hacer en sus países de origen.

Afortunadamente, y aunque les pese a los políticos progresistas y a esos que buscan la destrucción del Cristianismo, la fiesta de la Navidad se sigue celebrando en 27 países de la Unión Europea y en Estados Unidos, y en muchos países más, y esta creencia, tradicional y ensalzada, seguirá adelante a través de los tiempos, mucho más allá de la vida de los políticos que ahora reniegan de sus raíces cristianas.

25 de diciembre de 2009

Luis de Torres

domingo, 29 de noviembre de 2009

MORISCOS

MORISCOS

Parece como si algunas personas no tuvieran más ocupación y deseo que remover las polvorientas y resecas hojas de la historia, ésas que apenas conocemos o recordamos y que no forman parte de nuestras preocupaciones o anhelos diarios, y lo más sorprendente es que esas personas buscadoras de capítulos gloriosos o nefastos de nuestra historia no lo hacen con el noble afán de los historiadores por conocer el pasado, investigar cómo y de qué manera se vivía en un determinado período de tiempo anterior al nuestro, cuáles eran los amores, los odios, las alegrías y los sufrimientos de nuestros antepasados y cuánto de aquel tiempo pretérito ha podido influir en nuestro desarrollo y vida actuales, sino que, por cuestiones políticas, oportunistas o convenientes a sus ideas, sacan a relucir páginas enmohecidas y casi olvidadas de nuestra historia, que ya a nadie interesan, y las insertan en el juego político actual como si fueran asuntos de trascendental importancia, que necesitan de una pronta y eficaz solución.

Me refiero a la iniciativa que ha tenido un diputado granadino del partido socialista de presentar una proposición no de ley para que a los descendientes de los moriscos que fueron expulsados de España se les desagravie y puedan reclamar los vínculos económicos, sociales y culturales que puedan tener con nuestra nación; proposición no de ley que ya ha sido aprobada con los únicos votos de los socialistas, lo cual nos viene a decir que los demás grupos políticos no parecen haber sentido ni la emoción, ni la necesidad, ni la urgencia de apoyar la brillante idea del diputado granadino.

Quiero pensar que la mencionada iniciativa surgió posiblemente cuando se publicó o se recordó que en este año 2009 se cumplía el cuarto centenario de la expulsión de los moriscos, pues fue precisamente en el año 1609 cuando Felipe III decidió la expulsión, que, según nos dicen los historiadores, no fue por cuestiones religiosas, ya que los moriscos eran moros bautizados, como consecuencia de la Pragmática de los Reyes Católicos del año 1502, sino por razones políticas, pues los moriscos suponían un peligro para España por su supuesta vinculación con los piratas berberiscos, los pueblos del norte de África, los turcos y los franceses, todos ellos enemigos de la nación española. Además, también se temía el constante crecimiento demográfico de esta minoría, superior al crecimiento de los cristianos, y su dudosa conversión al catolicismo, que era más de forma que de fondo, pues, al parecer, el pensamiento y el alma de los moriscos seguían siendo islámicos.

Esta situación ya fue considerada por Carlos I y Felipe II, pero estos dos monarcas no llegaron a dar ese paso tan duro, grave y doloroso de decretar la expulsión de todos los moriscos. Sin embargo, este asunto llegó a ser tan asfixiante hace cuatrocientos años, tanto para los gobernantes como para los ciudadanos, que el rey Felipe III decidió la expulsión de los moriscos en el año 1609, como queda dicho, y entre los años 1.609 al 1614 se ejecutó la orden real, obligando a salir de España a los moriscos de Valencia, Aragón, Cataluña y Castilla, a pesar de las revueltas, levantamientos y problemas que trajo consigo esta actuación. Sin duda, aquella expulsión tuvo que ser traumática y penosa, y yo diría que hasta terrible, por el inmenso daño que se hace a una persona cuando se la desarraiga violentamente de su tierra, de su hogar y entorno, de su pasado, de su patrimonio y de sus afectos. Quizá las costumbres, leyes, miedos, fobias, creencias, supersticiones y cultura de hace cuatrocientos años no tenían otra salida que la expulsión de los moriscos. Es difícil juzgar ahora aquella decisión de nuestros antepasados, como, asimismo, es difícil y complicado hacer un juicio ecuánime de las guerras, de los levantamientos, de las rebeliones, de las invasiones y de los enfrentamientos entre los pueblos, pues siempre existirán argumentos a favor de uno u otro bando.

Los hechos y acontecimientos de nuestros pueblos, gloriosos u horrendos, se gestan, se desarrollan y pasan, y después los historiadores los estudian, los plasman en sus libros y dejan constancia de lo sucedido, siempre bajo su particular punto de vista. Estos relatos forman la historia que no podemos cambiar, a la cual, igual que a los muertos, se la debe dejar que descanse en paz, porque si desempolvamos alguna de sus páginas se podrían reavivar pasiones, desavenencias y rencillas que ya han desaparecido o están dormidas.

Si ahora el diputado granadino del partido socialista quiere desagraviar o compensar a los descendientes de los moriscos por el supuesto daño que se causó a sus antepasados, también podría pensar en solicitar a los gobernantes del Magreb que desagravien y compensen a los descendientes de los celtíberos y visigodos que sufrieron la sangrienta invasión de las hordas musulmanas a partir del año 711, y de las sucesivas oleadas de tribus bereberes como fueron los almorávides, los almohades y los benimerines. ¿O es que todos estos invasores no hicieron ningún daño?

Y si hasta ahora me he referido a hechos del pasado, no quiero terminar este escrito sin hacer una reflexión sobre el futuro. Pienso en lo que pasaría en el año 2345; es decir, 400 años a partir del final de la segunda guerra mundial, si a un diputado socialista alemán (en el caso de que todavía existiera una forma de gobierno como en la actualidad) se le ocurriera la peregrina idea de presentar a su congreso, parlamento o Bundestag una proposición no de ley para desagraviar y compensar a los descendientes de los judíos que sufrieron persecución, saqueo, internamiento en campos de concentración, humillaciones y muerte durante el Tercer Reich. ¡Me resisto a pensar que tal proposición hubiera sido aprobada por los alemanes, aunque éstos fueran miembros del partido socialista! Sin embargo, aquí, una proposición similar, fuera de toda lógica, referida a un acontecimiento de hace 400 años, sí ha sido aprobada. ¿Por qué? Porque somos ilógicos, porque…¡Spain is different!

28 de noviembre de 2009

Luis de Torres

miércoles, 18 de noviembre de 2009

¿CON ACENTO GRÁFICO O SIN ÉL?


¿CON ACENTO GRÁFICO O SIN ÉL?

En el caso que quiero comentar se puede escribir con acento gráfico o sin él, pues ambas modalidades son admitidas por la Real Academia Española de la Lengua. Me refiero al nombre de una nación europea: Rumanía o Rumania.

Sin embargo, saco a colación este asunto porque la importante llegada de rumanos a España ha traído como consecuencia que el nombre de la nación de origen de estas personas se oiga con bastante frecuencia en las emisoras de radio y televisión, o se vea escrito en periódicos y revistas, en la versión acentuada; es decir, Rumanía, y nunca, o casi nunca, como Rumania, a pesar de que esta modalidad sin acentuar; es decir, como palabra llana sin tilde, se utilizaba generalmente hasta mediados del siglo XX. No sé la razón o el motivo que llevaron a desplazar el acento hacia la última sílaba que contiene el diptongo “ia” a romper ese diptongo y a convertir la palabra llana, con tres sílabas fonéticas, en una palabra con cuatro sílabas fonéticas. Sólo se me ocurre una salida muy simple: el idioma español es una lengua viva y, como tal, está en constante evolución, y de ahí los cambios que, a veces, nos pueden llamar la atención, o incluso molestarnos.

Pero lo más sorprendente de esta especial andadura de Rumania hasta llegar a Rumanía es que se trata de un caso único, según creo, de alteración en la pronunciación de un nombre de nación que contiene el diptongo “ia”, y digo esto porque he encontrado bastantes nombres de países que terminan con la sílaba “nia” sin que sobre la letra “i” aparezca el acento gráfico. Y aquí van los ejemplos a que me refiero: Alemania, Albania, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania, Macedonia, Polonia, Ucrania, Abisinia, Armenia, Jordania, Kenia, Mauritania, Tanzania y Birmania. Todas son palabras llanas y, sinceramente, me gustaría que no evolucionaran en su pronunciación y que conservaran su actual belleza, dejando el diptongo “ia” con tilde sobre la letra “i” para otras palabras, tan hermosas o más que las anteriores, como pueden ser las siguientes: día, alegría, simpatía, gastronomía, fantasía, geografía, ortografía y María.

17 de noviembre de 2009

Luis de Torres


sábado, 14 de noviembre de 2009

LA HUERTA ZAHERIDA

LA HUERTA ZAHERIDA


Todos los días salgo a pasear para hacer un poco de ejercicio, o para desalojar glucosa de mi sangre y cerrar el paso a esa odiosa enfermedad que se llama diabetes, o para ver cómo van las obras en las calles, los trabajos de creación de carriles bici y los avances en la ampliación de la red tranviaria de Murcia. Pero hace unos días, y aprovechando que el sol otoñal tenía una luminosidad especial y la temperatura era muy agradable, decidí prescindir de mi paseo por el asfalto, entre edificios, y soportando el ruido que suele envolver a la ciudad, y dirigí mis pasos hacia la huerta, esperando encontrar un paisaje verde, atrayente, con aroma de flores, murmullo de agua, cantos de pájaros y hombres y mujeres, laboriosos y atezados, amando y trabajando la tierra de la que formaban parte.

Pronto, sin embargo, empecé a sentirme desilusionado, pues el paisaje que iba apareciendo a mi vista distaba mucho de la estampa bucólica que yo esperaba encontrar. Seguí adelante pues necesitaba respirar, sentir en el rostro, ver con mis ojos y escuchar con mis oídos, todo el ambiente de la huerta, de esa naturaleza domeñada por el hombre, que no sometida ni violentada, sino tratada con mimo, cariño, alegría y entrega hasta dar a la tierra una explosión de vida y una belleza singular y sublime.

Pero esa huerta soñada, que durante siglos existió y glorificó al valle donde se asienta y gestó y moldeó las mejores costumbres y virtudes de la murcianía, ha tenido, quizá, en la ciudad de Murcia su peor enemigo, pues aunque los murcianos de la ciudad han ensalzado las glorias, las bondades y la hermosura de la huerta, algunos de ellos no han tenido reparos en dar vida y poner en movimiento a un monstruo de hormigón, acero, ladrillo, cristal y asfalto que se ha ido alimentando de la huerta, como un depredador que no discierne qué presa tiene que cazar y ataca a la más cercana y lustrosa.

Y ahora, cuando el monstruo está cansado del esfuerzo realizado y su salud se ha quebrantado, la huerta colindante con la ciudad está agonizando, porque ha sido destrozada, maltratada, herida, cubierta de escombros e inmundicias, llena de restos de obras, de piezas metálicas inútiles y herrumbrosas, y de antiguos tramos de acequia secos y convertidos en vertederos malolientes. Y al contemplar esta desgracia ecológica, el ser humano parece sentir los lamentos y la tristeza que surgen de la tierra.

Quise continuar buscando los carriles o veredas de la huerta, con la esperanza de hallar algún lugar donde no se hubiera roto la armonía y perdurara la belleza, pero me fue imposible. Encontré algunos huertos arbolados, que, en principio, me alegraron el corazón, pero pronto me di cuenta de que también habían perdido su primigenio encanto, que ya no estaban cuidados con esmero y amor, que estaban hundidos porque la zahorra, la piedra y el asfalto habían hecho recrecer la senda o la vereda que los acariciaba, y porque la humedad no se asomaba a la tierra.

Algo que me tenía sorprendido era la ausencia de gente por donde yo pasaba, pues no todas las casas que yo veía iban a estar deshabitadas, pero cuando me adentré por un estrecho carril vi a un hombre de bastante edad, sentado en una silla rústica, a la sombra de un árbol medio seco y frente a una casa quizá centenaria, me acerqué a él y, después de darle los buenos días, me atreví a comentar: ¡Qué pena que la huerta esté desapareciendo y se pierdan tantos hermosos rincones! El hombre levantó la cabeza, me miró, y sin mostrar alegría ni pena, me dijo lacónicamente: ¡No podemos evitarlo! ¡No tenemos agua para regar! Calló y yo no insistí. A la espalda de aquel huertano hierático había una pequeña acequia que, como otras, no llevaba agua, pero en su lecho se veían basuras, cosas viejas y escombros. Dije adiós a aquel hombre, que parecía tener seca su alma, como le ocurría a su acequia, quizá de tanto sufrir por la falta de agua, y seguí mi camino. Me contagié de la callada tristeza que emanaba de aquel anciano que tenía rotos sus recuerdos y perdida su esperanza, reflexioné sobre el distinto punto de vista que teníamos los dos sobre la desaparición de gran parte de la huerta, pues él se sentía agobiado y derrotado por la falta de agua, que llevaba irremediablemente a la muerte de su tierra, y yo me quejaba del avance de la ciudad como culpable de la destrucción de la huerta, a la que veía herida, o, mejor dicho, zaherida, pues esa huerta, que parecía sentir como un ser humano, había sido, además de herida, mortificada y humillada.

Ante mi vista aparecieron los edificios de Murcia y la infraestructura viaria. Me parecieron las fauces y los tentáculos del monstruo. El resto de la huerta maltratada agonizaba en silencio. Yo, camino de mi casa, iba pensando en el Canto a Murcia, de La Parranda, y deseé que nunca dejaran de tener vigencia sus últimos versos: “Murcia, qué hermosa eres, tu huerta no tiene igual”

13 de noviembre de 2009

Luis de Torres



domingo, 11 de octubre de 2009

EL FUTURO PEOR

EL FUTURO PEOR
Posiblemente ya se haya escrito todo sobre la crisis que tenemos en España, sobre la recesión y sobre la dificultad de remontar a corto plazo la situación de desmoronamiento y penuria de la actividad económica y la posibilidad de dejar atrás el resto de males que nos aquejan, pero como sigo sin entender algunas de las circunstancias que se han dado en todo este enredo, he decidido plasmar en el papel las opiniones, dudas, angustias y quejas que, día tras día, asedian mi mente.

Los políticos siempre nos han dicho que con su gestión en el gobierno pretendían dar a todos los ciudadanos un futuro mejor, lo cual parecía loable y digno de todo encomio, pero después, a la vista de los acontecimientos que iban acaeciendo, los ciudadanos empezamos a tener la sensación de que ese futuro mejor no aparecía, estaba escondido, era imposible de lograr, o, simplemente, no existía, a pesar de que los gobernantes seguían proclamando a los cuatro vientos que todo lo hacían bien, que se preocupaban mucho de todos nosotros y que ellos eran los dirigentes idóneos para llevar a buen puerto la nave en la que todos estábamos navegando, añadiendo, además, que otros políticos no servirían para lograr los éxitos que ellos prometían.

Pero, curiosamente, nunca se nos decían las equivocaciones de su gestión, que sabían que se habían producido, pero que ocultaban, ni las graves omisiones que cometieron, pues no detectaron, o no supieron qué hacer, o no quisieron modificar el “statu quo” imperante, que a algunos les parecía bueno, pero que era nefasto y malo, para poner orden en aquel desbarajuste de injusticia y ambición. Los años precedentes a la crisis fueron tiempos de especulación desenfrenada, de confundir lo finito con lo infinito, de creación de una economía desbocada y de dirigir todos los esfuerzos y recursos en una misma dirección: el “boom” inmobiliario, porque prometía pingües beneficios, aunque para ello hubiera que asaltar y desvalijar a los ciudadanos comunes, a esos que estaban fuera de la especulación y de la corrupción, imponiéndoles unos precios disparatados, ilógicos e injustos.

Y, poco a poco, aquella carrera de la codicia, en vez de alcanzar El Dorado, tuvo un abrupto fin, cuando aquella locura se topó con el abismo que cortaba el paso a tanto despropósito y ceguera. Y es que lo que se hace mal, y no se remedia a tiempo, trae funestas consecuencias. Los nuevos edificios crecían por doquier, el valor del suelo era una espiral infinita, el precio de los materiales de construcción siguió el camino de las subidas descontroladas y, naturalmente, el beneficio de los constructores y promotores alcanzó cotas de escándalo. Se construyeron viviendas en cantidades mucho mayores de las que la sociedad demandaba, la banca concedió préstamos hipotecarios de elevada cuantía y alto riesgo sin ejercer la mínima cautela y prudencia; solamente por el afán de subir las inversiones, y toda esta alegría insensata y desmelenada, supuestamente dorada, terminó, con horror para muchos, en un fiasco, donde el color predominante tenía tintes plomizos.

Cuando llegaron la desilusión y el desaliento todos los actores de la catástrofe, gobernantes, especuladores, promotores, constructores, banqueros, etc., además de mostrar su sorpresa por la situación que ellos mismos habían creado, invocaban su inocencia y su buen comportamiento y echaban las culpas a factores exógenos, esos que nos habían llegado con los escándalos financieros del otro lado del Atlántico y que, en cierta medida, también habían afectado al sistema financiero español, aunque éste se contaminó porque los banqueros no tuvieron la suficiente astucia o prudencia para determinar qué productos eran sanos y aceptables y cuáles podrían causar graves enfermedades. Sin embargo, no debemos olvidar que la raíz de nuestro problema estuvo en el avariento comportamiento que se gestó en España.

Después, las culpas de unos y de otros se fueron ocultando, diluyendo en el tiempo, quitándoles la piel de lobo y poniéndoles la piel de un cordero, pero nada se aclaraba y nadie asumía sus responsabilidades. Al mismo tiempo, la epidemia del paro avanzaba sin cesar y sus estragos destrozaron a miles de trabajadores, y aún sigue en su imparable cataclismo y nadie, de momento, ha encontrado el medicamento que la cure. Solamente se están poniendo algunos parches o se están recetando placebos, que sólo engañan pero que no curan.

Y ahora, cuando los gastos son muy superiores a los ingresos porque los bancos se han llevado un dinero muy importante para sanear su situación, a los parados hay que darles algo para poder subsistir y el gobierno condona deudas, regala subvenciones y tiene que soportar una guerra bajo el eufemismo de ayuda humanitaria, nos encontramos con el anuncio de una próxima subida de impuestos, que, en su mayor parte, serán impuestos indirectos; es decir, esa clase de injusta imposición que grava el consumo, especialmente el IVA, con el que convivimos diariamente, pero que afecta en igual medida al pobre que al rico, pues no se tiene en cuenta el principio según el cual se paga en función de los ingresos. Después se nos quiere justificar la subida de los impuestos diciéndonos que es una medida solidaria o que, como aseguró un alto dirigente socialista, subir los impuestos es propio de los gobiernos progresistas. Pues, sinceramente, prefiero que el gobierno sea inmovilista y deje mis escasos ingresos en mi bolsillo y no se dedique a trasvasarlos al suyo.

Sin embargo, si las cosas se vieran en su justa medida, se juzgaran con ecuanimidad, se sancionaran según fuera la falta o el delito, o, incluso, se premiaran, si así correspondiere, la subida de impuestos no se habría pensado ni presentado tan a la ligera. Lo natural habría sido conocer, sin lugar a dudas, quién o quiénes fueron los causantes reales de la catástrofe, hacerles responsables de la misma, e imponerles la sanción o la pena que la ley pudiera determinar. Pero, al parecer, resultaba más fácil hacernos culpables a todos los ciudadanos e imponernos a todos el mismo castigo, y ahora nos encontramos con que nadie ha ido a prisión, aunque muchos la merecían, ni se han impuesto sanciones dinerarias importantes, ni se han incautado patrimonios obtenidos fraudulentamente, ni se ha investigado dónde están los enormes beneficios obtenidos con tanta especulación, ni se han elevado los tipos impositivos del impuesto sobre la renta para aquellos contribuyentes con ingresos por encima de 100.000 euros anuales, por poner un ejemplo, como tampoco se han establecido tipos más altos de cotización fiscal para las Sociedades de Inversión de Capital Variable (SICAV). ¿Tan difícil resulta gobernar con equidad y justicia?

Ese sueño que todos hemos tenido de perseguir y lograr un futuro mejor, que para nosotros tuvieron nuestros padres, y que nosotros tenemos para nuestros hijos y éstos lo tendrán para sus hijos, y así sucesivamente, se ha truncado y se ha convertido en una falacia y en un fiasco. Desgraciadamente, la codicia, la ambición, el abuso, la permisividad, el engaño y la ineptitud nos han traído un futuro peor, sin que se vislumbre la mejoría.

10 de octubre de 2009
Luis de Torres

jueves, 18 de junio de 2009

JUSTOS Y PECADORES

JUSTOS Y PECADORES

La noticia de la subida de las gasolinas me sentó tan mal como a la gran mayoría de los que estamos obligados a comprar este producto, por ser propietarios de un vehículo, y como hace unos días tuve la necesidad de repostar, paré en una gasolinera y puse en mi depósito 30 euros de gasolina sin plomo 95. Pagué con tarjeta y me dieron un justificante donde se indicaba que mis 30 euros sólo habían servido para comprar 27,93 litros.

Cuando regresé a mi casa, disgustado y malhumorado por la nueva subida, busqué mis resguardos de los últimos seis meses aproximadamente, y me encontré con las siguientes fechas y cifras, y siempre sobre la base de haber pagado € 30,00:

29.12.08 - Litros 36,76
13.01.09 - “ 34,97
26.02.09 - “ 34,32
15.03.09 - “ 33,75
03.04.09 - “ 32,02
11.05.09 - “ 31,25
05.06.09 - “ 29,56
15.06.09 - “ 27,93

Aunque no soy un buen matemático, si partimos de la situación que había el 29.12.08, la gasolina sin plomo 95 ha subido el 31,617%, a pesar de lo cual estos últimos meses nos están hablando de inflación cero, crecimiento negativo y hasta de deflación. ¿Cómo encaja la brutal subida de la gasolina con esa supuesta bajada de la inflación? Y, además, como la gasolina seguía una tendencia alcista, el gobierno ha querido unirse a la misma y ha puesto la guinda con un incremento sobre el impuesto de los carburantes, que ya está recogido en el justificante de la última visita a la gasolinera.

Pero como muchos conductores estaban alarmados por la subida fiscal, el gobierno ha querido explicarnos la razón de haber incrementado el impuesto sobre hidrocarburos, ya que los españoles, al parecer, tenemos tan poca cultura política y económica que no sabemos aplicar correctamente los sustantivos o los verbos cuando hablamos o escribimos sobre las actuaciones gubernamentales. Así que un destacado miembro del gobierno, para sacarnos de nuestra ignorancia fiscal, nos dijo que no se trataba de un “incremento” sino de una “actualización”; es decir, que para la acción de subir los impuestos no debíamos utilizar el verbo “incrementar” sino el verbo “actualizar”, y los españoles, con esta sesuda explicación, nos quedamos tan contentos, al comprobar la gran sabiduría de nuestros gobernantes.

También nos dijo que la “actualización” se hacía para estar en consonancia con los impuestos de otros países europeos, pero no dijo cuándo se van a “actualizar” los sueldos, los salarios y las pensiones de todos esos españoles que cobramos menos que otros europeos. Quizá sea porque los ingresos de los trabajadores, funcionarios, jubilados y pensionistas no son “actualizables”.

Por otra parte, también a los fumadores les contaron otra historia, para justificar la subida del impuesto sobre el tabaco, diciéndoles que lo que se pretendía era mejorar su salud, omitiendo, por tanto, que lo que subyace es un afán recaudatorio, como pasa con la subida del impuesto sobre las gasolinas.

Creo que nuestros gobernantes deben guardar en un cajón de su mesa de despacho la demagogia y los eufemismos y llamar al pan, pan, y al vino, vino, y decir con valentía y honradez que están subiendo los impuestos para recaudar más dinero, pues la economía española está hecha jirones, se tambalea y hay que apuntalarla, para ver si es posible enderezarla y sacarla del marasmo a que la llevaron los ambiciosos, la mala gestión del sistema financiero y la ineficacia de las autoridades.

Lo tremendo de este problema es que lo crearon los que están en las capas altas de la sociedad, a los que no se les piden responsabilidades, sino que se les ayuda, mientras que a las capas bajas de esa misma sociedad, que no son culpables de la situación, se les exige colaboración y esfuerzo; es decir, aportar dinero en la misma proporción que los poderosos. ¿O acaso no es una injusticia subir los impuestos indirectos, que son iguales para todos, sin tener en consideración las notables diferencias que existen entre las distintas clases sociales? Con este proceder no se tienen en cuenta los principios de equidad y solidaridad, que siempre deberían tener presentes nuestros gobernantes, y se incurre en la injusticia de que paguen justos por pecadores.

18 de junio de 2009

Luis de Torres