domingo, 29 de noviembre de 2009

MORISCOS

MORISCOS

Parece como si algunas personas no tuvieran más ocupación y deseo que remover las polvorientas y resecas hojas de la historia, ésas que apenas conocemos o recordamos y que no forman parte de nuestras preocupaciones o anhelos diarios, y lo más sorprendente es que esas personas buscadoras de capítulos gloriosos o nefastos de nuestra historia no lo hacen con el noble afán de los historiadores por conocer el pasado, investigar cómo y de qué manera se vivía en un determinado período de tiempo anterior al nuestro, cuáles eran los amores, los odios, las alegrías y los sufrimientos de nuestros antepasados y cuánto de aquel tiempo pretérito ha podido influir en nuestro desarrollo y vida actuales, sino que, por cuestiones políticas, oportunistas o convenientes a sus ideas, sacan a relucir páginas enmohecidas y casi olvidadas de nuestra historia, que ya a nadie interesan, y las insertan en el juego político actual como si fueran asuntos de trascendental importancia, que necesitan de una pronta y eficaz solución.

Me refiero a la iniciativa que ha tenido un diputado granadino del partido socialista de presentar una proposición no de ley para que a los descendientes de los moriscos que fueron expulsados de España se les desagravie y puedan reclamar los vínculos económicos, sociales y culturales que puedan tener con nuestra nación; proposición no de ley que ya ha sido aprobada con los únicos votos de los socialistas, lo cual nos viene a decir que los demás grupos políticos no parecen haber sentido ni la emoción, ni la necesidad, ni la urgencia de apoyar la brillante idea del diputado granadino.

Quiero pensar que la mencionada iniciativa surgió posiblemente cuando se publicó o se recordó que en este año 2009 se cumplía el cuarto centenario de la expulsión de los moriscos, pues fue precisamente en el año 1609 cuando Felipe III decidió la expulsión, que, según nos dicen los historiadores, no fue por cuestiones religiosas, ya que los moriscos eran moros bautizados, como consecuencia de la Pragmática de los Reyes Católicos del año 1502, sino por razones políticas, pues los moriscos suponían un peligro para España por su supuesta vinculación con los piratas berberiscos, los pueblos del norte de África, los turcos y los franceses, todos ellos enemigos de la nación española. Además, también se temía el constante crecimiento demográfico de esta minoría, superior al crecimiento de los cristianos, y su dudosa conversión al catolicismo, que era más de forma que de fondo, pues, al parecer, el pensamiento y el alma de los moriscos seguían siendo islámicos.

Esta situación ya fue considerada por Carlos I y Felipe II, pero estos dos monarcas no llegaron a dar ese paso tan duro, grave y doloroso de decretar la expulsión de todos los moriscos. Sin embargo, este asunto llegó a ser tan asfixiante hace cuatrocientos años, tanto para los gobernantes como para los ciudadanos, que el rey Felipe III decidió la expulsión de los moriscos en el año 1609, como queda dicho, y entre los años 1.609 al 1614 se ejecutó la orden real, obligando a salir de España a los moriscos de Valencia, Aragón, Cataluña y Castilla, a pesar de las revueltas, levantamientos y problemas que trajo consigo esta actuación. Sin duda, aquella expulsión tuvo que ser traumática y penosa, y yo diría que hasta terrible, por el inmenso daño que se hace a una persona cuando se la desarraiga violentamente de su tierra, de su hogar y entorno, de su pasado, de su patrimonio y de sus afectos. Quizá las costumbres, leyes, miedos, fobias, creencias, supersticiones y cultura de hace cuatrocientos años no tenían otra salida que la expulsión de los moriscos. Es difícil juzgar ahora aquella decisión de nuestros antepasados, como, asimismo, es difícil y complicado hacer un juicio ecuánime de las guerras, de los levantamientos, de las rebeliones, de las invasiones y de los enfrentamientos entre los pueblos, pues siempre existirán argumentos a favor de uno u otro bando.

Los hechos y acontecimientos de nuestros pueblos, gloriosos u horrendos, se gestan, se desarrollan y pasan, y después los historiadores los estudian, los plasman en sus libros y dejan constancia de lo sucedido, siempre bajo su particular punto de vista. Estos relatos forman la historia que no podemos cambiar, a la cual, igual que a los muertos, se la debe dejar que descanse en paz, porque si desempolvamos alguna de sus páginas se podrían reavivar pasiones, desavenencias y rencillas que ya han desaparecido o están dormidas.

Si ahora el diputado granadino del partido socialista quiere desagraviar o compensar a los descendientes de los moriscos por el supuesto daño que se causó a sus antepasados, también podría pensar en solicitar a los gobernantes del Magreb que desagravien y compensen a los descendientes de los celtíberos y visigodos que sufrieron la sangrienta invasión de las hordas musulmanas a partir del año 711, y de las sucesivas oleadas de tribus bereberes como fueron los almorávides, los almohades y los benimerines. ¿O es que todos estos invasores no hicieron ningún daño?

Y si hasta ahora me he referido a hechos del pasado, no quiero terminar este escrito sin hacer una reflexión sobre el futuro. Pienso en lo que pasaría en el año 2345; es decir, 400 años a partir del final de la segunda guerra mundial, si a un diputado socialista alemán (en el caso de que todavía existiera una forma de gobierno como en la actualidad) se le ocurriera la peregrina idea de presentar a su congreso, parlamento o Bundestag una proposición no de ley para desagraviar y compensar a los descendientes de los judíos que sufrieron persecución, saqueo, internamiento en campos de concentración, humillaciones y muerte durante el Tercer Reich. ¡Me resisto a pensar que tal proposición hubiera sido aprobada por los alemanes, aunque éstos fueran miembros del partido socialista! Sin embargo, aquí, una proposición similar, fuera de toda lógica, referida a un acontecimiento de hace 400 años, sí ha sido aprobada. ¿Por qué? Porque somos ilógicos, porque…¡Spain is different!

28 de noviembre de 2009

Luis de Torres

miércoles, 18 de noviembre de 2009

¿CON ACENTO GRÁFICO O SIN ÉL?


¿CON ACENTO GRÁFICO O SIN ÉL?

En el caso que quiero comentar se puede escribir con acento gráfico o sin él, pues ambas modalidades son admitidas por la Real Academia Española de la Lengua. Me refiero al nombre de una nación europea: Rumanía o Rumania.

Sin embargo, saco a colación este asunto porque la importante llegada de rumanos a España ha traído como consecuencia que el nombre de la nación de origen de estas personas se oiga con bastante frecuencia en las emisoras de radio y televisión, o se vea escrito en periódicos y revistas, en la versión acentuada; es decir, Rumanía, y nunca, o casi nunca, como Rumania, a pesar de que esta modalidad sin acentuar; es decir, como palabra llana sin tilde, se utilizaba generalmente hasta mediados del siglo XX. No sé la razón o el motivo que llevaron a desplazar el acento hacia la última sílaba que contiene el diptongo “ia” a romper ese diptongo y a convertir la palabra llana, con tres sílabas fonéticas, en una palabra con cuatro sílabas fonéticas. Sólo se me ocurre una salida muy simple: el idioma español es una lengua viva y, como tal, está en constante evolución, y de ahí los cambios que, a veces, nos pueden llamar la atención, o incluso molestarnos.

Pero lo más sorprendente de esta especial andadura de Rumania hasta llegar a Rumanía es que se trata de un caso único, según creo, de alteración en la pronunciación de un nombre de nación que contiene el diptongo “ia”, y digo esto porque he encontrado bastantes nombres de países que terminan con la sílaba “nia” sin que sobre la letra “i” aparezca el acento gráfico. Y aquí van los ejemplos a que me refiero: Alemania, Albania, Eslovenia, Estonia, Letonia, Lituania, Macedonia, Polonia, Ucrania, Abisinia, Armenia, Jordania, Kenia, Mauritania, Tanzania y Birmania. Todas son palabras llanas y, sinceramente, me gustaría que no evolucionaran en su pronunciación y que conservaran su actual belleza, dejando el diptongo “ia” con tilde sobre la letra “i” para otras palabras, tan hermosas o más que las anteriores, como pueden ser las siguientes: día, alegría, simpatía, gastronomía, fantasía, geografía, ortografía y María.

17 de noviembre de 2009

Luis de Torres


sábado, 14 de noviembre de 2009

LA HUERTA ZAHERIDA

LA HUERTA ZAHERIDA


Todos los días salgo a pasear para hacer un poco de ejercicio, o para desalojar glucosa de mi sangre y cerrar el paso a esa odiosa enfermedad que se llama diabetes, o para ver cómo van las obras en las calles, los trabajos de creación de carriles bici y los avances en la ampliación de la red tranviaria de Murcia. Pero hace unos días, y aprovechando que el sol otoñal tenía una luminosidad especial y la temperatura era muy agradable, decidí prescindir de mi paseo por el asfalto, entre edificios, y soportando el ruido que suele envolver a la ciudad, y dirigí mis pasos hacia la huerta, esperando encontrar un paisaje verde, atrayente, con aroma de flores, murmullo de agua, cantos de pájaros y hombres y mujeres, laboriosos y atezados, amando y trabajando la tierra de la que formaban parte.

Pronto, sin embargo, empecé a sentirme desilusionado, pues el paisaje que iba apareciendo a mi vista distaba mucho de la estampa bucólica que yo esperaba encontrar. Seguí adelante pues necesitaba respirar, sentir en el rostro, ver con mis ojos y escuchar con mis oídos, todo el ambiente de la huerta, de esa naturaleza domeñada por el hombre, que no sometida ni violentada, sino tratada con mimo, cariño, alegría y entrega hasta dar a la tierra una explosión de vida y una belleza singular y sublime.

Pero esa huerta soñada, que durante siglos existió y glorificó al valle donde se asienta y gestó y moldeó las mejores costumbres y virtudes de la murcianía, ha tenido, quizá, en la ciudad de Murcia su peor enemigo, pues aunque los murcianos de la ciudad han ensalzado las glorias, las bondades y la hermosura de la huerta, algunos de ellos no han tenido reparos en dar vida y poner en movimiento a un monstruo de hormigón, acero, ladrillo, cristal y asfalto que se ha ido alimentando de la huerta, como un depredador que no discierne qué presa tiene que cazar y ataca a la más cercana y lustrosa.

Y ahora, cuando el monstruo está cansado del esfuerzo realizado y su salud se ha quebrantado, la huerta colindante con la ciudad está agonizando, porque ha sido destrozada, maltratada, herida, cubierta de escombros e inmundicias, llena de restos de obras, de piezas metálicas inútiles y herrumbrosas, y de antiguos tramos de acequia secos y convertidos en vertederos malolientes. Y al contemplar esta desgracia ecológica, el ser humano parece sentir los lamentos y la tristeza que surgen de la tierra.

Quise continuar buscando los carriles o veredas de la huerta, con la esperanza de hallar algún lugar donde no se hubiera roto la armonía y perdurara la belleza, pero me fue imposible. Encontré algunos huertos arbolados, que, en principio, me alegraron el corazón, pero pronto me di cuenta de que también habían perdido su primigenio encanto, que ya no estaban cuidados con esmero y amor, que estaban hundidos porque la zahorra, la piedra y el asfalto habían hecho recrecer la senda o la vereda que los acariciaba, y porque la humedad no se asomaba a la tierra.

Algo que me tenía sorprendido era la ausencia de gente por donde yo pasaba, pues no todas las casas que yo veía iban a estar deshabitadas, pero cuando me adentré por un estrecho carril vi a un hombre de bastante edad, sentado en una silla rústica, a la sombra de un árbol medio seco y frente a una casa quizá centenaria, me acerqué a él y, después de darle los buenos días, me atreví a comentar: ¡Qué pena que la huerta esté desapareciendo y se pierdan tantos hermosos rincones! El hombre levantó la cabeza, me miró, y sin mostrar alegría ni pena, me dijo lacónicamente: ¡No podemos evitarlo! ¡No tenemos agua para regar! Calló y yo no insistí. A la espalda de aquel huertano hierático había una pequeña acequia que, como otras, no llevaba agua, pero en su lecho se veían basuras, cosas viejas y escombros. Dije adiós a aquel hombre, que parecía tener seca su alma, como le ocurría a su acequia, quizá de tanto sufrir por la falta de agua, y seguí mi camino. Me contagié de la callada tristeza que emanaba de aquel anciano que tenía rotos sus recuerdos y perdida su esperanza, reflexioné sobre el distinto punto de vista que teníamos los dos sobre la desaparición de gran parte de la huerta, pues él se sentía agobiado y derrotado por la falta de agua, que llevaba irremediablemente a la muerte de su tierra, y yo me quejaba del avance de la ciudad como culpable de la destrucción de la huerta, a la que veía herida, o, mejor dicho, zaherida, pues esa huerta, que parecía sentir como un ser humano, había sido, además de herida, mortificada y humillada.

Ante mi vista aparecieron los edificios de Murcia y la infraestructura viaria. Me parecieron las fauces y los tentáculos del monstruo. El resto de la huerta maltratada agonizaba en silencio. Yo, camino de mi casa, iba pensando en el Canto a Murcia, de La Parranda, y deseé que nunca dejaran de tener vigencia sus últimos versos: “Murcia, qué hermosa eres, tu huerta no tiene igual”

13 de noviembre de 2009

Luis de Torres



domingo, 11 de octubre de 2009

EL FUTURO PEOR

EL FUTURO PEOR
Posiblemente ya se haya escrito todo sobre la crisis que tenemos en España, sobre la recesión y sobre la dificultad de remontar a corto plazo la situación de desmoronamiento y penuria de la actividad económica y la posibilidad de dejar atrás el resto de males que nos aquejan, pero como sigo sin entender algunas de las circunstancias que se han dado en todo este enredo, he decidido plasmar en el papel las opiniones, dudas, angustias y quejas que, día tras día, asedian mi mente.

Los políticos siempre nos han dicho que con su gestión en el gobierno pretendían dar a todos los ciudadanos un futuro mejor, lo cual parecía loable y digno de todo encomio, pero después, a la vista de los acontecimientos que iban acaeciendo, los ciudadanos empezamos a tener la sensación de que ese futuro mejor no aparecía, estaba escondido, era imposible de lograr, o, simplemente, no existía, a pesar de que los gobernantes seguían proclamando a los cuatro vientos que todo lo hacían bien, que se preocupaban mucho de todos nosotros y que ellos eran los dirigentes idóneos para llevar a buen puerto la nave en la que todos estábamos navegando, añadiendo, además, que otros políticos no servirían para lograr los éxitos que ellos prometían.

Pero, curiosamente, nunca se nos decían las equivocaciones de su gestión, que sabían que se habían producido, pero que ocultaban, ni las graves omisiones que cometieron, pues no detectaron, o no supieron qué hacer, o no quisieron modificar el “statu quo” imperante, que a algunos les parecía bueno, pero que era nefasto y malo, para poner orden en aquel desbarajuste de injusticia y ambición. Los años precedentes a la crisis fueron tiempos de especulación desenfrenada, de confundir lo finito con lo infinito, de creación de una economía desbocada y de dirigir todos los esfuerzos y recursos en una misma dirección: el “boom” inmobiliario, porque prometía pingües beneficios, aunque para ello hubiera que asaltar y desvalijar a los ciudadanos comunes, a esos que estaban fuera de la especulación y de la corrupción, imponiéndoles unos precios disparatados, ilógicos e injustos.

Y, poco a poco, aquella carrera de la codicia, en vez de alcanzar El Dorado, tuvo un abrupto fin, cuando aquella locura se topó con el abismo que cortaba el paso a tanto despropósito y ceguera. Y es que lo que se hace mal, y no se remedia a tiempo, trae funestas consecuencias. Los nuevos edificios crecían por doquier, el valor del suelo era una espiral infinita, el precio de los materiales de construcción siguió el camino de las subidas descontroladas y, naturalmente, el beneficio de los constructores y promotores alcanzó cotas de escándalo. Se construyeron viviendas en cantidades mucho mayores de las que la sociedad demandaba, la banca concedió préstamos hipotecarios de elevada cuantía y alto riesgo sin ejercer la mínima cautela y prudencia; solamente por el afán de subir las inversiones, y toda esta alegría insensata y desmelenada, supuestamente dorada, terminó, con horror para muchos, en un fiasco, donde el color predominante tenía tintes plomizos.

Cuando llegaron la desilusión y el desaliento todos los actores de la catástrofe, gobernantes, especuladores, promotores, constructores, banqueros, etc., además de mostrar su sorpresa por la situación que ellos mismos habían creado, invocaban su inocencia y su buen comportamiento y echaban las culpas a factores exógenos, esos que nos habían llegado con los escándalos financieros del otro lado del Atlántico y que, en cierta medida, también habían afectado al sistema financiero español, aunque éste se contaminó porque los banqueros no tuvieron la suficiente astucia o prudencia para determinar qué productos eran sanos y aceptables y cuáles podrían causar graves enfermedades. Sin embargo, no debemos olvidar que la raíz de nuestro problema estuvo en el avariento comportamiento que se gestó en España.

Después, las culpas de unos y de otros se fueron ocultando, diluyendo en el tiempo, quitándoles la piel de lobo y poniéndoles la piel de un cordero, pero nada se aclaraba y nadie asumía sus responsabilidades. Al mismo tiempo, la epidemia del paro avanzaba sin cesar y sus estragos destrozaron a miles de trabajadores, y aún sigue en su imparable cataclismo y nadie, de momento, ha encontrado el medicamento que la cure. Solamente se están poniendo algunos parches o se están recetando placebos, que sólo engañan pero que no curan.

Y ahora, cuando los gastos son muy superiores a los ingresos porque los bancos se han llevado un dinero muy importante para sanear su situación, a los parados hay que darles algo para poder subsistir y el gobierno condona deudas, regala subvenciones y tiene que soportar una guerra bajo el eufemismo de ayuda humanitaria, nos encontramos con el anuncio de una próxima subida de impuestos, que, en su mayor parte, serán impuestos indirectos; es decir, esa clase de injusta imposición que grava el consumo, especialmente el IVA, con el que convivimos diariamente, pero que afecta en igual medida al pobre que al rico, pues no se tiene en cuenta el principio según el cual se paga en función de los ingresos. Después se nos quiere justificar la subida de los impuestos diciéndonos que es una medida solidaria o que, como aseguró un alto dirigente socialista, subir los impuestos es propio de los gobiernos progresistas. Pues, sinceramente, prefiero que el gobierno sea inmovilista y deje mis escasos ingresos en mi bolsillo y no se dedique a trasvasarlos al suyo.

Sin embargo, si las cosas se vieran en su justa medida, se juzgaran con ecuanimidad, se sancionaran según fuera la falta o el delito, o, incluso, se premiaran, si así correspondiere, la subida de impuestos no se habría pensado ni presentado tan a la ligera. Lo natural habría sido conocer, sin lugar a dudas, quién o quiénes fueron los causantes reales de la catástrofe, hacerles responsables de la misma, e imponerles la sanción o la pena que la ley pudiera determinar. Pero, al parecer, resultaba más fácil hacernos culpables a todos los ciudadanos e imponernos a todos el mismo castigo, y ahora nos encontramos con que nadie ha ido a prisión, aunque muchos la merecían, ni se han impuesto sanciones dinerarias importantes, ni se han incautado patrimonios obtenidos fraudulentamente, ni se ha investigado dónde están los enormes beneficios obtenidos con tanta especulación, ni se han elevado los tipos impositivos del impuesto sobre la renta para aquellos contribuyentes con ingresos por encima de 100.000 euros anuales, por poner un ejemplo, como tampoco se han establecido tipos más altos de cotización fiscal para las Sociedades de Inversión de Capital Variable (SICAV). ¿Tan difícil resulta gobernar con equidad y justicia?

Ese sueño que todos hemos tenido de perseguir y lograr un futuro mejor, que para nosotros tuvieron nuestros padres, y que nosotros tenemos para nuestros hijos y éstos lo tendrán para sus hijos, y así sucesivamente, se ha truncado y se ha convertido en una falacia y en un fiasco. Desgraciadamente, la codicia, la ambición, el abuso, la permisividad, el engaño y la ineptitud nos han traído un futuro peor, sin que se vislumbre la mejoría.

10 de octubre de 2009
Luis de Torres

jueves, 18 de junio de 2009

JUSTOS Y PECADORES

JUSTOS Y PECADORES

La noticia de la subida de las gasolinas me sentó tan mal como a la gran mayoría de los que estamos obligados a comprar este producto, por ser propietarios de un vehículo, y como hace unos días tuve la necesidad de repostar, paré en una gasolinera y puse en mi depósito 30 euros de gasolina sin plomo 95. Pagué con tarjeta y me dieron un justificante donde se indicaba que mis 30 euros sólo habían servido para comprar 27,93 litros.

Cuando regresé a mi casa, disgustado y malhumorado por la nueva subida, busqué mis resguardos de los últimos seis meses aproximadamente, y me encontré con las siguientes fechas y cifras, y siempre sobre la base de haber pagado € 30,00:

29.12.08 - Litros 36,76
13.01.09 - “ 34,97
26.02.09 - “ 34,32
15.03.09 - “ 33,75
03.04.09 - “ 32,02
11.05.09 - “ 31,25
05.06.09 - “ 29,56
15.06.09 - “ 27,93

Aunque no soy un buen matemático, si partimos de la situación que había el 29.12.08, la gasolina sin plomo 95 ha subido el 31,617%, a pesar de lo cual estos últimos meses nos están hablando de inflación cero, crecimiento negativo y hasta de deflación. ¿Cómo encaja la brutal subida de la gasolina con esa supuesta bajada de la inflación? Y, además, como la gasolina seguía una tendencia alcista, el gobierno ha querido unirse a la misma y ha puesto la guinda con un incremento sobre el impuesto de los carburantes, que ya está recogido en el justificante de la última visita a la gasolinera.

Pero como muchos conductores estaban alarmados por la subida fiscal, el gobierno ha querido explicarnos la razón de haber incrementado el impuesto sobre hidrocarburos, ya que los españoles, al parecer, tenemos tan poca cultura política y económica que no sabemos aplicar correctamente los sustantivos o los verbos cuando hablamos o escribimos sobre las actuaciones gubernamentales. Así que un destacado miembro del gobierno, para sacarnos de nuestra ignorancia fiscal, nos dijo que no se trataba de un “incremento” sino de una “actualización”; es decir, que para la acción de subir los impuestos no debíamos utilizar el verbo “incrementar” sino el verbo “actualizar”, y los españoles, con esta sesuda explicación, nos quedamos tan contentos, al comprobar la gran sabiduría de nuestros gobernantes.

También nos dijo que la “actualización” se hacía para estar en consonancia con los impuestos de otros países europeos, pero no dijo cuándo se van a “actualizar” los sueldos, los salarios y las pensiones de todos esos españoles que cobramos menos que otros europeos. Quizá sea porque los ingresos de los trabajadores, funcionarios, jubilados y pensionistas no son “actualizables”.

Por otra parte, también a los fumadores les contaron otra historia, para justificar la subida del impuesto sobre el tabaco, diciéndoles que lo que se pretendía era mejorar su salud, omitiendo, por tanto, que lo que subyace es un afán recaudatorio, como pasa con la subida del impuesto sobre las gasolinas.

Creo que nuestros gobernantes deben guardar en un cajón de su mesa de despacho la demagogia y los eufemismos y llamar al pan, pan, y al vino, vino, y decir con valentía y honradez que están subiendo los impuestos para recaudar más dinero, pues la economía española está hecha jirones, se tambalea y hay que apuntalarla, para ver si es posible enderezarla y sacarla del marasmo a que la llevaron los ambiciosos, la mala gestión del sistema financiero y la ineficacia de las autoridades.

Lo tremendo de este problema es que lo crearon los que están en las capas altas de la sociedad, a los que no se les piden responsabilidades, sino que se les ayuda, mientras que a las capas bajas de esa misma sociedad, que no son culpables de la situación, se les exige colaboración y esfuerzo; es decir, aportar dinero en la misma proporción que los poderosos. ¿O acaso no es una injusticia subir los impuestos indirectos, que son iguales para todos, sin tener en consideración las notables diferencias que existen entre las distintas clases sociales? Con este proceder no se tienen en cuenta los principios de equidad y solidaridad, que siempre deberían tener presentes nuestros gobernantes, y se incurre en la injusticia de que paguen justos por pecadores.

18 de junio de 2009

Luis de Torres

viernes, 12 de junio de 2009

EUROPA EN EL CORAZÓN

EUROPA EN EL CORAZÓN

Hasta que los griegos no comenzaron a crear su mitología, que es el conjunto de historias más bello y delicioso que uno pueda imaginar, donde se mezclan los poderes y las pasiones de los dioses inmortales del Olimpo con las andanzas, aventuras y amores de los héroes y de los mortales, nadie sabía cómo se llamaba esa enorme porción de tierra que linda al sur con el mar Mediterráneo y al norte con las heladas zonas árticas, pero aquellos griegos de alma poética supieron añadir un nuevo mito a su conjunto de historias para que aquella tierra innominada, de la que ellos también formaban parte, gozara de un nombre para la posteridad. Y poniendo manos a la obra, y buscando personas y tierras de su entorno, nos regalaron el siguiente mito:

Hubo una vez una virgen llamada Europa que era hija de Agenor, rey de Tiro y Sidón, la cual nació y creció en el palacio de su padre y disfrutó, junto con otras jóvenes de su edad, de los prados y jardines que formaban parte de su real morada, y del mar que bañaba aquella tierra. Europa era una joven de extraordinaria hermosura y sucedió que una noche tuvo un sueño en el que aparecían dos continentes, bajo forma de mujer, que se disputaban su posesión. Una de aquellas mujeres era Asia, pero la otra todavía no tenía nombre, y mientras la primera aducía que ella había dado a luz y amamantado a Europa, la otra mujer declaraba que Zeus, el dios de dioses, le daría la doncella, porque así lo habían dispuesto los Hados.

Europa despertó de su sueño y se sobresaltó, pero al día siguiente volvió a reunirse con sus amigas para jugar y entretenerse en los prados y jardines. Mientras tanto, Zeus, que siempre observaba a los mortales desde su altura celestial, descubrió a la bellísima Europa, y quizá herido por algún dardo lanzado por Afrodita o Eros, sintió el intenso deseo de poseer a Europa, a pesar de que Hera, su esposa, le tenía vigilado, conociendo su incurable lascivia. Pero Zeus, viendo que en aquellos prados donde jugaba Europa también pastaba el ganado vacuno de Agenor tuvo la idea de transformarse en el toro más bello y apuesto de todos los animales de su especie, de un brillante color castaño que sólo se interrumpía en su testuz, donde aparecía un círculo plateado, y en lo alto de su cabeza, que estaba adornada con unos cuernos en forma de luna en cuarto creciente. Zeus bajó a la tierra en su disfraz de toro y se unió al ganado de Agenor, y, poco a poco, con cautela y mansedumbre, se fue acercando al grupo de muchachas donde estaba Europa, que muy pronto se fijaron en aquel magnífico animal y comenzaron a acariciarlo, en vista de que no daba muestras de ser peligroso. Tan manso era que se echó sobre la hierba y ofreció su lustroso lomo a las jovencitas y Europa creyó que podrían subirse al animal y jugar con él. Alentó a sus amigas a entrar en el juego y ella fue la primera en sentarse sobre el lomo del toro.

Sin embargo, tan pronto como Europa se subió al animal, éste se levantó y comenzó a correr hacia la playa, llegó al mar y siguió en su carrera sobre las aguas, mientras Europa, asustada, se agarraba a un cuerno con una de sus manos y con la otra sujetaba su túnica para que no se mojase. Después de algún tiempo de cabalgar sobre el agua, el toro llegó a Creta, Europa pisó tierra, no sabía dónde estaba, en su soledad se acordaba de sus padres, estaba arrepentida de su imprudencia, y tan apenada se sentía que empezó a desear su muerte. Pero cuando su mente no veía más camino que acabar con su vida, algún enviado de los dioses se apareció ante ella y le hizo saber que el toro no era un animal sino un disfraz de Zeus, el dios supremo, que estaba enamorado de ella.

Después Zeus se apareció a Europa en toda su grandeza, se la llevó cerca de una fuente bajo unos árboles y allí comenzó su amor. Con el tiempo, Europa dio a Zeus tres hijos: Minos, Radamante y Sarpedón, y el gran dios del Olimpo aseguró a Europa que su nombre y fama se extenderían hasta el final de los tiempos. Después, quizá para iniciar la profecía, Europa se convirtió en la esposa del rey de Creta y fue conocida más allá de su reino.

Hace unos días se celebraron elecciones para elegir a nuestros representantes en el Parlamento Europeo, pero los ciudadanos que podíamos acudir a las urnas para escoger a las personas que deberían seguir adelante con la construcción de la gran nación europea no demostramos nuestra vinculación a la idea de convertirnos en una tierra fuertemente unida, ni tampoco qué ideario político deseábamos implantar en esta gran patria, y un elevado porcentaje de personas no quiso o no pudo dar su opinión sobre nuestro futuro, a pesar de que los candidatos de todos los partidos nos recordaban que las leyes y normas que se aprobaran en el parlamento supranacional tendrían una gran repercusión en nuestra vida diaria y en cada una de las patrias que conforman teóricamente la Unión Europea.

La abstención fue muy elevada, por lo que los resultados de las votaciones no pueden reflejar fidedignamente el sentimiento mayoritario de los ciudadanos. No obstante, con los votos escrutados se puede intuir, pero no asegurar, qué deseamos, anhelamos, esperamos u odiamos los europeos. Lo más importante que se puede deducir es que Europa sigue siendo una hermosa utopía, pero no una realidad, porque la unión sólo está en los papeles pero no en el corazón de todas las personas.

También hemos observado, después de conocer los resultados de las votaciones de todos los países, que se ha producido un cierto cambio en la ideología general, con una importante pérdida de presencia de las izquierdas y un fortalecimiento de la democracia cristiana, pero que no cambia en gran medida la fragilidad que ya teníamos antes de las elecciones, puesto que el grupo fuerte de los conservadores, más los “tories” británicos, los checos y los polacos no llegan a tener la mayoría absoluta. Otros partidos, aunque de escasa significación en cuanto a número de seguidores, aportan signos de ruptura o desvinculación y algunos, incluso, no ven con buenos ojos la unión, y se decantan por la fragmentación, como ocurre con los llamados euroescépticos, que prefieren recluirse en su propia parcela y quedarse al amparo de su cultura excluyente.

Resulta muy difícil olvidar el pasado de los pueblos, sea éste glorioso, brillante, tempestuoso, opulento, victorioso, oscuro, humilde o, incluso, sin historia, porque cada cual guarda un puñado de orgullo y unas gotas de odio o resentimiento. Encontrar la argamasa que pueda unir tanta diversidad será tarea complicada y lenta, pero no imposible, y hemos de tener la confianza de que llegará un día, feliz y luminoso, en que Europa sea un gran país sin barreras físicas, pero también sin fisuras mentales o espirituales. Por ahora, podemos decir con alegría que la Unión Europea ha sido capaz de traernos el más largo período de paz que se recuerda en nuestros pueblos, ya que las guerras, afortunadamente, han sido desterradas de nuestros territorios, aunque todavía contemplemos a nuestro alrededor la desgracia y el horror de los conflictos, disputas o enfrentamientos de otras gentes que se empeñan en resolver sus divergencias mediante el uso de las armas, que sólo traen devastación, miseria, dolor y muerte.

Aquella princesa fenicia que Asia la reclamaba en un sueño, pero que Zeus la llevó a Creta para que su gloria se extendiera por el continente al norte del Mare Nostrum, puede estar satisfecha, porque su nombre lo pronunciamos ahora con orgullo, porque a Europa la llevamos, la gran mayoría, en el corazón.

12 de junio de 2009

Luis de Torres

martes, 26 de mayo de 2009

LA ESPAÑA HERIDA

LA ESPAÑA HERIDA

Hace algunos días comencé a pensar en todas las desgracias que teníamos en España, las que habíamos creado nosotros mismos; es decir, los ciudadanos sin escrúpulos y con una ambición desmedida y los políticos sin visión de futuro y sin formación suficiente para dirigir con mano firme la nave del Estado, más aquella basura financiera que nos llegó del exterior, y a pesar de que busqué en mi mente alguna solución o remedio para nuestros males, no pude hallar nada satisfactorio, porque los problemas eran demasiado grandes y mi capacidad para resolverlos demasiado pequeña.

Mis pensamientos se deslizaron después hacia el campo poético, que siempre pone belleza, luminosidad y sosiego, aunque el trasfondo del tema sea triste y amargo, y mi mente fue hilvanando cuatro versos octosílabos, en los que no supe introducir ni una gota de alegría o esperanza, como se ve a continuación:

Esta pobre España herida
por codicia y corrupción
tiene difícil salida
de sus penas y aflicción.

Sí, tenemos una patria apenada y afligida, porque muchísimos de sus ciudadanos estamos siendo agredidos física y espiritualmente, porque ¿acaso no es una agresión física la pérdida del trabajo y de los medios de subsistencia? y, por otra parte, ¿quién puede poner en duda que no sea una agresión espiritual las actuales iniciativas, normas o leyes que van contra la vida y la moral?

Últimamente, a los españoles, o, al menos, a una buena parte de ellos, en la que me encuentro, se nos está llevando a la confusión, al desánimo, a la incredulidad, al malestar mental y a la duda sobre las supuestas bondades de la democracia. Ahora, cuando tenemos un problema económico muy serio y preocupante, y un paro disparatado, que afecta a trabajadores españoles y de otras procedencias, que debía quitar el sueño a nuestros gobernantes y sorberles el seso para encontrar soluciones, se nos está vendiendo el aborto libre como una actuación prioritaria y un derecho absoluto de la mujer, se está poniendo en tela de juicio a qué especie pertenece un embrión que se ha formado y se desarrolla en el vientre de una mujer, y se están buscando absurdas justificaciones médicas, jurídicas, científicas y de otro orden para privar de la vida, para asesinar a un ser humano indefenso e inocente, de forma supuestamente legal y no punible, para que salgan indemnes los que perpetran el delito, tanto la madre como las personas que la asistan en el terrible trance.

Me da igual lo que digan esos llamados expertos, porque sus informes son elucubraciones para dar cobertura aparentemente científica a las llamadas políticas progresistas de los gobernantes. La concepción y su desarrollo hasta llegar al alumbramiento no es una cuestión política, ni religiosa, ni filosófica, ni metafísica: Es, simplemente, una ley natural, y no caben distorsiones ni componendas. Y la vida que emerge con la unión del espermatozoide y el óvulo, o de la célula reproductora masculina y la femenina, desde el primer momento de la fecundación es una vida de la misma especie que tienen los progenitores y no es solamente un ser vivo sin saber a qué especie pertenece. Una vida que comienza en el vientre de una mujer es, sin lugar a dudas, una vida humana. Y así ocurre siempre en la naturaleza: Cada especie genera descendientes de su misma especie y no existe ninguna fase de esa nueva vida en que no se sepa a qué especie pertenece. Y a mayor abundamiento en la cuestión del aborto, que yo rechazo abiertamente, por considerarlo un atentado contra la vida, nos encontramos, asimismo, con la anulación de la patria potestad, al proponer en la futura ley que una menor pueda abortar sin contar con el permiso de sus padres. ¿A quién se le habrá ocurrido semejante despropósito?

También, dentro de nuestras desgracias, estamos viendo que la dimensión del Estado es cada vez más pequeña, mientras que el poderío de las Autonomías se hace cada vez mayor y más insolente. Parece que los españoles hemos olvidado la historia y queremos repetirla. Los musulmanes, que tuvieron una época de esplendor y fortaleza cuando estaban unidos y dependían del Califato de Damasco y, posteriormente, del Emirato y Califato de Córdoba, comenzaron su decadencia y debilidad cuando, a partir del año 1031, se disgregaron en Reinos de Taifas, que los cristianos supieron aprovechar adecuadamente para ir derrotándolos hasta lograr la total expulsión de los musulmanes del territorio español. Ahora estamos asistiendo al desarrollo de los Reinos de Taifas Autonómicos, que ni son islámicos ni son cristianos, y algunos no quieren ser ni españoles, y esta situación no puede conducir nada más que a la catástrofe, puesto que ya están aflorando disensiones y enfrentamientos entre algunas autonomías.

Y ahora, para colmo de males, hasta las más altas instancias jurídicas del Estado nos obsequian con decisiones que otros mortales, esos que no somos expertos en cuestiones legales, pero que deseamos contar con una justicia en estado puro, no comprendemos, ni entendemos, ni podemos admitir. Hace unos días, el Tribunal Supremo rechazó la inclusión de una formación política en la lista de partidos que podían acudir a las elecciones europeas, por estimar que ese grupo tenía connotaciones filoterroristas, y, días después, el Tribunal Constitucional sí admitió que la citada formación política se presentara a las elecciones europeas, dejando sin efecto los argumentos del Tribunal Supremo. Y los españoles nos preguntamos ¿cómo puede existir tan disparatado criterio en dos tribunales de tanta altura? ¿Por qué el mismo asunto es blanco para unos juristas y negro para otros? Creo que muchos españoles ni damos ni quitamos la razón a ninguno de los citados tribunales, quizá porque nunca hemos entrado en los laberintos del derecho y no sabríamos encontrar el camino hacia la salida, pero esos muchos, o muchísimos españoles, sí nos hemos quedado estupefactos, atónitos, sorprendidos y perplejos por esa increíble diferencia de criterio.

¡Pobre España nuestra! ¿Cuándo se curarán tus heridas?

26 de mayo de 2009

Luis de Torres