martes, 17 de marzo de 2009

ABORTO E HIPOCRESÍA




ABORTO E HIPOCRESÍA


A veces se encuentra uno con alguna noticia nauseabunda y nuestra mente tiene que hacer un gran esfuerzo para evitar el vómito. Una vez superada la primera náusea, el cerebro comienza a evaluar lo que ha oído o visto y enseguida se siente sumergido en una charca de lodo e inmundicia.

La reciente nota con que nos obsequiaron los medios de comunicación, informándonos que un Comité de Expertos del Ministerio de Igualdad había concluido un informe que sería la base para la futura Ley del Aborto fue, sencillamente, una noticia odiosa, detestable y aborrecible, porque esa futura ley, a juzgar por las propuestas que, al parecer, se contemplan en el informe de los expertos, será intrínsecamente perversa, y los futuros hechos que regulará, consentirá y amparará sólo se podrán catalogar de criminales.

La protección de la vida es el mayor derecho que tenemos las personas, y promulgar una ley para destruir la vida es repugnante, miserable y vil. Los llamados expertos se enzarzan en teorías, digresiones, disquisiciones y, supuestamente, sesudos estudios, para determinar cuándo la persona, después de la concepción, adquiere ese título, estatus o condición de persona, y todo ello para buscar una justificación que les libere de la carga moral que entraña la comisión del grave delito de quitar la vida a un ser que todavía está en el vientre de la madre.

Da igual la palabra que utilicen para referirse al ser concebido pero no nacido: embrión, feto o nasciturus, porque tan pronto como un espermatozoide fecunda a un óvulo, y ambos se abrazan, crean una nueva vida, surge un ser con todo el derecho a nacer, y ninguna persona, ni siquiera su madre, puede invocar un derecho o ley para terminar de forma violenta con la vida que ha surgido siguiendo las leyes inmutables de la naturaleza, que no son leyes religiosas, ni políticas, ni jurídicas, ni consuetudinarias. La concepción es el gran misterio de la vida y parece mentira que, sabiendo que todos procedemos de ese momento sublime, existan algunas personas empeñadas en quitar la vida a sus semejantes. ¿Por qué no piensan esas personas con ideas abortistas que sus madres respetaron la ley natural y por eso ellas llegaron a nacer?

El aborto, aunque se justifique de una forma o de otra, es un acto criminal, y, como tal, punible, porque es un delito contra la vida humana. No obstante, nuestras leyes ya contemplan algunos supuestos en que el aborto, sin dejar de ser un delito, está despenalizado; es decir, que no se castigará a la madre que se someta a tal horror, considerando, en un caso, que la concepción se produjo con violencia y sin consentimiento de la mujer, y que esta situación trajo a la persona agredida un tremendo trauma psíquico, o cuando, en otro caso, se descubre y se tiene la seguridad de que el ser no nacido todavía tiene graves deformaciones en su desarrollo.

Abrir una puerta al aborto libre, con la llamada ley de plazos, es una indignidad y una infamia, porque matar a un inocente es tan criminal si se hace en las primeras semanas de gestación como en una fecha posterior. Las mujeres que no quieran tener hijos, o no deseen tener más hijos, que tomen las medidas necesarias para evitar el embarazo, que las hay y son muy conocidas, para que no se produzca ese abrazo de óvulo y espermatozoide, pues llegar al aborto, por muy libre y legal que sea, siempre causará un profundo daño psíquico a la mujer, que vivirá con un remordimiento infinito cuando vea a otros niños jugando, riendo o hablando con esa gracia que tienen los pequeños cuando su vocabulario es todavía corto, y piense que ese hijo, al que quitó la vida violentamente, sin tener más culpa que haber sido engendrado, podía ser uno más entre aquellos niños que jugaban, reían, hablaban y rebosaban vida.

Por todo ello, se debe proscribir el aborto, por ser un atentado a las leyes naturales, y también el negocio derivado del mismo, y no promulgar leyes que amparen la destrucción y muerte de seres inocentes, que no es un derecho de la mujer ni es una demanda urgente de la sociedad.

Lo terrible de esta situación es que aquellas personas que piden el aborto libre y la despenalización del mismo son las que, generalmente, rechazan la pena de muerte, aunque ésta sea para aplicarla exclusivamente a aquellos que cometan los más execrables y abyectos delitos contra la vida.

¿A qué nivel de inmoralidad y vileza estamos llegando si nos oponemos a que se promulguen leyes tendentes a privar de la vida a los peores criminales y, sin embargo, no tenemos ningún reparo en que se estudien leyes conducentes a privar de esa misma vida a unos seres que no han cometido ningún delito, que son absolutamente inocentes, y a los que negamos defensa, amparo y derechos?

¡Cuánta hipocresía destilan las políticas progresistas, ésas que dicen que quieren lo mejor para todos nosotros, pero que están trayendo sombras, frío y desesperanza a ese futuro luminoso y cálido que todos esperamos!

Luis de Torres

17 de marzo de 2009

sábado, 21 de febrero de 2009

CADENA PERPETUA




Democracia, constitución, libertad, partidos políticos, elecciones, desarrollo, progreso, riqueza…Hermosas palabras que, hace más de treinta años, envolvieron la mente y el corazón de los españoles, llenaron de luz su futuro y les trajeron sueños de miel y de rosas, de vino dulce y de paisajes dorados.

Después de asimilar las primeras emociones de aquel nuevo período de nuestras vidas, todos nos dedicamos con el mayor afán a conducir nuestro destino hacia esa meta feliz que, sin duda, estaba a nuestro alcance, a la vuelta de la esquina, o en la ascensión del próximo peldaño de nuestra existencia.

Fue pasando el tiempo y las alegrías y expectativas que adornaban nuestras vidas se fueron difuminando, comenzaron a perder brillo, y un viento desabrido se llevó el verde de la gran esperanza y nos dejó el gris de la monotonía y de la duda. Quizá, en algún momento, un rayo de felicidad nos sacó de la rutina y nos insufló nuevos bríos. Pero, desgraciadamente, algo no iba bien en el transcurso de la vida española. Las hermosas palabras que revolotearon como blancas palomas a nuestro alrededor cuando nos llegó la democracia las empezábamos a echar de menos. ¿Qué estaba pasando? Y poco a poco comenzamos a ser conscientes, y a contemplar con preocupación, que algunos pilares de nuestros sueños se estaban resquebrajando. Hicimos un examen más detallado y vimos que la viga maestra, la jácena más fuerte e importante de nuestro edificio democrático, mostraba signos de ruina. Vimos, estupefactos, que la Justicia estaba enfermando, que la sangre que debía alimentar el orden, la rectitud, el buen hacer, la ecuanimidad y la imparcialidad ya no fluía con fuerza por las arterias jurídicas, porque algunas leyes, que son la fuente donde bebe la justicia, tenían lagunas, o eran ineficaces, o escasamente cumplían con el propósito para el que fueron promulgadas, o no tenían la debida proporción que debe existir entre delito y castigo.

Y ahora, durante estos últimos días los españoles estamos angustiados, preocupados, tensos y hartos de barbarie con la muerte violenta de la joven Marta del Castillo, como antes lo estuvimos con el asesinato de Mari Luz Cortés o de Sandra Palo, y también con tantas otras atrocidades mortales cometidas con alevosía y ensañamiento contra mujeres y hombres, que fueron tiñendo de sangre la tierra española y de dolor, de mucho dolor y muchas lágrimas, el corazón y el alma de innumerables personas de bien, que, afortunadamente, todavía pueblan nuestro país.

¿Puede alguien llegar a entender el sufrimiento de los padres, abuelos y demás familiares de Marta del Castillo, cuando, además de saber que fue asesinada, todavía no se ha encontrado su cadáver? Esa familia está soportando una situación terrorífica que les destroza la mente, que les oprime el alma y que lleva a su pecho un ahoguío insoportable. Todo el apoyo que les demos será poco, pues mucha es su pena y enorme su dolor.

Por eso, los españoles que tenemos los sueños rotos, que vemos que la democracia ya no tiene el resplandor que nosotros esperábamos, que contemplamos con desaliento la pérdida de muchos valores morales y que observamos con preocupación el declive que sufre la educación de los jóvenes, queremos despertar del letargo y con nuestras últimas fuerzas gritar a los cuatro vientos: ¡Queremos justicia, justicia total, desnuda, sin adornos ni componendas, con los ojos vendados, con la balanza bien equilibrada, recta y punitiva! Ya es hora de que nuestros políticos se decidan a enmendar los errores que se han estado cometiendo durante la democracia, y que estudien y promulguen leyes que defiendan y amparen mejor a los ciudadanos honrados y que, por otro lado, castiguen con mayor rigor, y siempre dentro de esa equidad de que el castigo ha de ser proporcional al delito, a los que se alejen de la ley y del orden y prefieran seguir el camino de la maldad y de la violencia.

Las leyes penales actuales no son suficientes para castigar en su justa medida a los que cometen el terrible delito de quitar la vida a sus semejantes, y muy especialmente cuando lo hacen con premeditación, alevosía, ensañamiento, engaño, traición, violencia u otras circunstancias igualmente reprobables.
La vida es lo más sagrado que tenemos las personas. Matar, por tanto, es el mayor delito que se puede cometer, y el castigo mínimo que se debe aplicar es la cadena perpetua.

Pedimos, por ello, que la cadena perpetua se vuelva a incluir en el Código Penal español, del que nunca se debió suprimir, y no pedimos nada extraordinario ni descabellado porque otros países, incluso dentro de la Unión Europea, la tienen establecida dentro de sus leyes penales como un castigo justo y proporcionado cuando se juzgan graves delitos contra la vida de las personas.

Luis de Torres

21 de febrero de 2009

domingo, 15 de febrero de 2009

BUY AMERICAN

BUY AMERICAN


Desde la llegada de Obama al poder he leído en algunas revistas la frase “Buy American” y, en algún caso, con la bandera estadounidense ondeando sobre las citadas palabras. Esto, naturalmente, es una recomendación, que no una imposición, del gobierno de los Estados Unidos para que sus ciudadanos compren productos elaborados o manufacturados en su país, con preferencia a los artículos procedentes de otras naciones. Buy American forma parte de las medidas puestas en marcha para atajar y desterrar la crisis, la depresión, el desempleo y otras calamidades con que nos está obsequiando la primera década del siglo XXI, y aunque estas dos palabras parecen tener lógica cuando hablamos de economía, puesto que pretenden defender y favorecer a la nación que las está utilizando, al verlas aparecer en el país más liberal del mundo, algo nos dice que se está quedando atrás la política tradicional de los EE.UU. y que está comenzando una nueva era, que puede significar un retroceso de las ideas hacia épocas de proteccionismo económico, o hacia un mayor intervencionismo del gobierno.

Aparte de estas disquisiciones, tanto si se usan las palabras “Buy American” como si se utiliza la frase “Compre productos españoles”, que ya fue sugerida por algún ministro del gobierno español, los ciudadanos de todos los países a los que se les recomienda que compren productos nacionales, podrían decir a sus respectivos gobernantes que pusieran en circulación un “slogan”, dirigido a los empresarios, fabricantes y elaboradores de productos de consumo, que dijera: “Produce better and sell cheaper” o “Produzca mejor y venda más barato”, porque la gente suele comprar artículos de procedencia extranjera porque su precio es inferior a los productos similares que se elaboran o fabrican en su propio país, dejando en un segundo plano la supuesta mejor calidad de lo autóctono. La economía particular es la primera que tenemos en cuenta las personas. La economía de la nación la dejamos en las manos de los gobernantes, aunque la confianza que depositamos en los mismos pueda resultar peligrosa.

Luis de Torres

sábado, 7 de febrero de 2009

INFLACIÓN / DEFLACIÓN

Ominosas palabras las que encabezan este trabajo. En el año 2008 la inflación se dedicó a devorar nuestros recursos y todos empezamos a alarmarnos. Pero en noviembre y diciembre del citado año el insaciable apetito de la inflación pareció moderarse, no sabemos si por causas naturales o porque alguien decidió, convenientemente, que el festín tenía que reducirse. Después, ya entrado el año 2009, comenzó a revolotear por los medios de comunicación otra palabra: Deflación. Y de nuevo nos sumimos en la alarma, porque, al parecer, si inflación nos trae problemas, deflación nos obsequia con problemas aún peores. ¿Por qué, me pregunté? Eché mano del Diccionario de la Lengua Española, para ver si me aclaraba la maldad de ambas palabras, y me encontré las acepciones siguientes referidas a la economía:

- INFLACIÓN: Elevación notable del nivel de precios con efectos desfavorables para la economía de un país.
- DEFLACIÓN: Descenso del nivel de precios debido, generalmente, a una fase de depresión económica o a otra causa.

Me quedé perplejo. La inflación era mala porque tenía “efectos desfavorables para la economía de un país”, y yo quiero añadir, y efectos particularmente desfavorables y adversos para los humildes, para los que sólo tenemos unos ingresos modestos.
Y la deflación también era mala porque se debía “a una fase de depresión económica”, y aquí también quiero añadir que esa depresión, que ya ha llegado a nuestras vidas, está dando terribles zarpazos a muchos trabajadores y a otros los tiene sumidos en la angustia y en el temor.

Entonces, ¿Qué debemos hacer para librarnos de esas dos palabras que nos traen daños, sinsabores y dificultades? Realmente, no lo sé, porque en la intrincada y globalizada economía mundial existen tantos intereses contrapuestos, tantas estrategias, tantas directrices y órdenes, tanta lucha financiera y tantas ambiciones, que resulta difícil, o quizá imposible, encontrar una solución que sea aceptable y buena para todas las partes. No obstante, tendríamos que empezar a considerar una política de equilibrio, desterrando la codicia, creciendo con moderación, poniendo algunas barreras al comercio y a las monedas (sin cercenar la libertad económica) y exigiendo a los políticos que no se vayan a los extremos, que acerquen posiciones, que piensen cuidadosamente lo que quieren hacer, y que no olviden que sus decisiones tienen que ser, fundamentalmente, buenas para todos los ciudadanos, sin distinción alguna, tanto para el presente como para el futuro.

Hubo un tiempo, en el remoto pasado, que los ciudadanos nada sabían de inflación o deflación y, naturalmente, no estaban ni alarmados ni angustiados por estos monstruos de la economía, pero quizá no estaban exentos de temor ni de problemas, porque en aquellas épocas pretéritas debían existir otras dos situaciones de desequilibrio: la extrema riqueza y la pobreza extrema, y mientras la primera situación la disfrutaban unos pocos, la segunda situación la padecían muchos, que es lo que ocurre ahora, que unos pocos crean el problema con su codicia y ambiciones y todos los demás sufrimos las consecuencias.

7 de febrero de 2009

Luis de Torres

sábado, 31 de enero de 2009

DESMESURA

Contemplando a mi alrededor los problemas derivados de la crisis económica que estamos viviendo, y sufriendo yo mismo, en mis carnes, los perniciosos efectos de esta situación, me puse a cavilar sobre las causas que nos han traído tantas desgracias, penalidades, angustias y temores, y cómo pudo ocurrir que, casi de la noche a la mañana, hayamos pasado de ocupar un puesto preeminente entre las naciones de la Unión Europea, como nos han dicho tantas veces los políticos que están en el poder, a encontrarnos ahora en uno de los últimos peldaños del ranking europeo.

Algunos, con toda seguridad, lo estuvieron haciendo mal y, al parecer, siguieron por el camino del error sin querer rectificar, y cuando el problema se ha convertido en un monstruo descomunal e indomable, esos que lo hicieron mal, lejos de reconocer su posible culpa, comenzaron a escudarse en motivos exógenos o en irregularidades de otras personas, con el propósito de derramar sobre muchos la falta o el delito de unos pocos.

Seguí dándole vueltas a la cabeza. ¿Dónde estaba la generación del problema? ¿Se había iniciado como una consecuencia lógica de la lucha continuada del hombre por avanzar en este mundo tan competitivo? ¿Se había gestado en la ambición y en la codicia? ¿Era el resultado de la paulatina pérdida de valores morales? Seguí con mis cavilaciones. Resultaba difícil aunar todas las posibles causas para hallar un desarrollo lógico del fenómeno que nos ha llevado a la crisis. Por fin, y casi sin darme cuenta, apareció en mi mente una palabra: Desmesura. Efectivamente, en este vocablo estaba el principal pecado que nos ha traído la actual hecatombe económica.

Porque desmesura fue la disparatada elevación de precios que se produjo con la entrada en el euro, y no porque el euro fuera intrínsecamente perverso, sino porque la perversión brotó de muchas mentes que vieron en el cambio de la moneda un camino para alcanzar la riqueza.

Porque desmesura fue lanzarse obsesivamente a la construcción de viviendas en cantidades que superaban con mucho las necesidades reales o estimadas, ya que la prudencia, la lógica y el sentido común se dejaron a un lado, o se borraron de la lista de virtudes humanas, para dejar paso a la locura de un rápido y espectacular enriquecimiento.

Porque desmesura fue fabricar más vehículos de los que razonablemente se podían vender en España o exportar al extranjero, porque aquí también se olvidaron de hacer cálculos reales sobre la capacidad de compra de nuestro mercado, y eventualmente de los mercados exteriores, y sólo se pensó, como en el sector inmobiliario, en lograr unos sustanciosos beneficios.

Porque desmesura fue la alegre concesión de préstamos hipotecarios para adquirir viviendas y vehículos por un importe igual o superior al valor objetivo de tasación del bien a hipotecar, cuando la buena práctica bancaria siempre había aconsejado no superar el 70 ó 75 por ciento del valor real. Sin embargo, el sistema bancario se contagió de la insensatez de la economía, quiso seguir obteniendo pingües beneficios, y comenzó a pisar terreno pantanoso, buscando el pasivo necesario para sus disparatadas inversiones fuera de nuestras fronteras.

Porque desmesura fue, y aún lo sigue siendo, permitir la invasión de inmigrantes más allá de lo necesario para nuestra economía, en vez de haber regulado la llegada de estas personas de manera que su entrada en España hubiera sido buena para nosotros y también para ellos.

Porque desmesura fue que las autoridades municipales, autonómicas y estatales se sumaran a la efervescente, pero peligrosa e imprudente, economía, y elevaran tasas sobre servicios o impuestos sobre actividades por encima de la inflación reconocida oficialmente, o dedicaran parte de sus recursos a proyectos innecesarios.

Porque desmesura fue, es, y será, tener la idea envenenada de que siempre hemos de crecer, crecer y crecer, sin darnos cuenta de que estamos en un mundo finito, que tiene límites, que es el único que tenemos, y que no podemos agrandar por mucha que sea nuestra ambición, pero que sí podemos destruir, y con él a nosotros mismos, si no asumimos la filosofía del equilibrio, la ponderación y la mesura en todos los órdenes de nuestra vida.

Y por si no fuera bastante la desmesura en que habíamos caído en España por nuestra obcecación en perseguir y adorar ciegamente al becerro de oro, de allende el océano nos llegaron las pestilencias financieras que, en principio, se nos presentaron envueltas en papel dorado y perfumadas con la más exquisita de las fragancias, y muchas mentes, supuestamente despiertas y expertas, cayeron en el engaño y les dieron gato por liebre, y, a su vez, extendieron el hedor de aquellos productos podridos y sin valor entre otras capas de la sociedad que vivían en la citada obcecación, o no tenían conocimiento o experiencia de los caminos peligrosos y torcidos de las finanzas.

Ahora sólo nos quedan los lamentos, los gemidos y las quejas, pero al contrario de los judíos que tienen su propio muro de las lamentaciones, que les conforta y les anima, nosotros sólo podemos lamentarnos en el vacío, porque ni tenemos muro, ni instituciones que nos escuchen, ni personas que nos alienten. Por ahora, sólo tenemos la esperanza de alcanzar un futuro mejor cuando las personas, los colectivos de cualquier clase, y los líderes, mandatarios y gobernantes sigan el camino recto de la mesura y el comedimiento, después de haber arrojado de su altar y destruido el becerro de oro.

Luis de Torres

30 de enero de 2009

jueves, 22 de enero de 2009

EL RAYO QUE NO CESA

En un periódico gratuito que me entregaron el día 16 de enero de 2009, pude leer lo siguiente: El BCE (Banco Central Europeo) recorta medio punto el tipo de interés. En tres meses se ha reducido en 2,25 puntos.

La noticia, a pesar de que ya había sido anunciada como una nueva actuación del BCE, volvió a molestarme y a parecerme una injusticia, aparte de la ineficacia que pueda tener en la resolución de la crisis española. Enseguida, mi mente recordó un libro de poemas de Miguel Hernández, el malogrado poeta oriolano, titulado “El rayo que no cesa”, y, en particular, un cuarteto de su poema No.10, que dice:

Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.

Y aunque Miguel Hernández se refería a las penas y cavilaciones que le causaba el incesante rayo amoroso que le atormentaba, a mí el rayo que me duele y me lastima es un rayo destructor, que nada tiene de poético sino mucho de prosaico.

En efecto, las autoridades monetarias, en busca de una solución al problema económico que estamos padeciendo, provocado por la ambición, la codicia y la ausencia de moralidad de algunos de los grandes grupos financieros, y, además, en España, para mayor desgracia nuestra, por la especulación rampante en cuestiones de suelo y construcción, que ningún gobierno quiso poner coto, toman la decisión de ayudar a buena parte de los causantes del problema y a penalizar a todas las personas que hemos actuado correctamente, que hemos tenido como norma el ahorro, aunque fuera mínimo, que es la base de una economía sólida, pues con ese ahorro, debidamente canalizado por la banca, se hacen las inversiones que generan riqueza y trabajo, o se ayuda a la nación adquiriendo la deuda pública.

Sin embargo, las autoridades monetarias no tienen en cuenta que la solución de la crisis no puede pasar por machacar a los ahorradores, despojándoles de su justa remuneración por su esfuerzo ahorrador, y perpetrando la injusticia de castigar y dañar al inocente, como camino para reparar la hecatombe que han traído a la humanidad los poderosos en el manejo del dinero, así como los grandes dirigentes políticos, estos últimos por no haber sabido, o podido, o deseado frenar a tiempo la peligrosa manipulación de la economía.

El rayo que no cesa; es decir, la insensata rebaja de los tipos de interés, puede seguir aplicando su efecto destructor, pero continuará siendo una pobre solución, quizá una mayor inflación, y finalmente una desconfianza más acentuada en los poderes públicos, porque la democracia que malvivimos está más al servicio de los partidos que al del bienestar de los ciudadanos. Menos mal que éstos, sobre todo los más humildes, entre los que nos encontramos los trabajadores, funcionarios, jubilados y pensionistas tenemos los huesos hechos a las penas y a las cavilaciones nuestras sienes, como ya escribió en su día el gran poeta Miguel Hernández.

Luis de Torres

LA IMPORTANCIA DE LA INFORMÁTICA

Hace unos días llamé por teléfono a un taller oficial de reparación de automóviles para que me dieran una cita para revisar mi vehículo y, sorprendentemente, me dijeron que no podían darme la cita solicitada, de la misma forma que en otras ocasiones, porque su sistema informático estaba estropeado. Me rogaron que llamara más tarde, a ver si el problema ya había sido solucionado, pero cuando volví a telefonear la situación no había cambiado. Finalmente, cogí mi coche y me presenté en el taller y, además de disculparse por los inconvenientes surgidos, me prometieron hacer aquel mismo día la revisión solicitada, y cumplieron su promesa. Sin embargo, la hoja de recepción, el parte de trabajo y la factura que me presentaron al final de la jornada se hicieron a mano, pues a lo largo de todo aquel día el sistema informático no funcionó. Me fui del taller con la sensación de que habíamos retrocedido a comienzos de la segunda mitad del siglo XX, cuando los ordenadores personales, los populares PCs, todavía no habían llegado a nuestras vidas. Y es que la informática ha transformado de tal manera la forma de trabajar, de ordenar las labores, de acortar los tiempos, de hacer fácil lo difícil y hasta de hacer bello lo feo y desagradable, que cuando se enfrenta una persona, acostumbrada ya a la informática, a un documento hecho a mano, con una caligrafía mediocre, con unos números casi garrapateados y con unas alineaciones torcidas, siente instintivamente una sensación de rechazo por aquel documento, en el que ve vulgaridad, desorden y atraso.

Y como consecuencia de lo relatado anteriormente, me vino a la cabeza el problema que leí hace poco en los periódicos y que también pude ver comentado en la televisión: La falta de regulación oficial de los ingenieros de informática. Indagué un poco sobre este asunto y empecé a conocer normas tan extrañas para mí como la llamada Transposición de la Directiva de Servicios, como consecuencia de la cual se creó el Grupo de Trabajo Interministerial para el estudio y aplicación de la mencionada norma, pues, según parece, se pretende hacer homogéneas en todos los países de la Unión Europea las distintas leyes y disposiciones relativas a una misma materia, servicio o actividad. Visto así, si es que mi interpretación es correcta, resulta lógico que, dentro de la gran nación europea, como llegará a ser la presente Unión Europea, las leyes sean iguales en todos los territorios. Sin ninguna duda, un cambio de tal naturaleza tendrá que ser un parto muy doloroso, pues la criatura que nazca será robusta y de gran peso.

Pero siguiendo con mi pequeña y escasa investigación, me he encontrado con algunos aspectos que son difíciles de entender, y que vienen a demostrar, una vez más, que los intereses creados, el corporativismo, las luchas políticas, el ansia de poder, la intransigencia, la insolidaridad y otros demonios que se empeñan en romper el entendimiento, la buena voluntad, la equidad, la justicia en su estado primigenio y la lógica, ponen trabas para que todos los ciudadanos sean tratados por igual, a pesar de que nuestra Constitución, en su artículo 14, diga que todos los españoles somos iguales ante la ley.

Hago esta reflexión porque me he enterado de que los ingenieros informáticos no están teniendo las mismas prerrogativas y derechos que tienen otras personas con títulos universitarios diferentes. Y cuando yo pregunto por qué ocurre esto, recibo una respuesta incongruente y sin fundamento: Porque la profesión de ingeniero informático no ha sido regulada. Quizá sea porque es una profesión muy joven, pero esto no parece una razón suficiente, porque el propio hecho de que el Estado español conceda un título de grado superior entraña la obligación de que a esta disciplina universitaria se le concedan los mismos derechos, prerrogativas y acciones que a otras profesiones de igual rango, como pueden ser las de arquitecto, ingeniero industrial, ingeniero de telecomunicaciones, químico, abogado, médico, etc., por citar algunas profesiones bien conocidas. Por tanto, si la profesión de ingeniero informático no ha sido regulada todavía, pues hágase la regulación de forma inmediata, ya que mientras no se efectúe, existirá un agravio comparativo y una injusticia latente. En profesiones reguladas no se consiente el intrusismo, y, por tanto, no se concibe que la medicina la pueda ejercer una persona que no haya estudiado nada, o solamente algunas asignaturas, o que únicamente tenga experiencia como curandero, o que alguien pretenda defender una causa ante los tribunales de justicia habiendo estudiado solamente el primer año de Derecho, por muy buenas notas que hubiera obtenido, o que un proyecto para levantar un edificio de veinte pisos lo pueda redactar y firmar una persona que sólo hubiera estudiado en el bachillerato matemáticas y geometría, pues en todos estos posibles casos, y, por supuesto, en los relativos a otras profesiones, es condición “sine qua non” que la persona tenga una titulación universitaria oficial, concedida por el Estado y firmada por las autoridades académicas en nombre del máximo mandatario de la nación. Entonces ¿por qué se consiente el intrusismo en la profesión de ingeniero informático y el propio Estado pone trabas e inconvenientes a la debida regulación oficial de esta profesión?

Por otro lado, no sabemos para qué se creó hace relativamente poco el Ministerio de Igualdad, pues hay que pensar que no solamente sería para regular la igualdad de géneros; es decir, el mismo número de personas masculinas y femeninas en cualquier profesión, actividad o empleo, pues la igualdad y la ecuanimidad debe alcanzar a todos los órdenes de la vida, para que los derechos y obligaciones sean iguales para todos, y que no se produzcan aberraciones tan disparatadas como negar la regulación a los ingenieros informáticos, que tienen titulación superior, permitir el intrusismo sin ninguna limitación y devaluar alegremente una profesión cuyo estudio es tan duro, difícil, largo y complicado, si no más, que los que se cursan para obtener otras titulaciones, que sí están debidamente reguladas. Por eso, pido a la Sra. Ministra del citado Ministerio de Igualdad que se interese ya, sin más demora, por resolver el agravio que están sufriendo los ingenieros de informática, porque es algo que atañe directamente a su Ministerio.

Después de lo expuesto anteriormente, comprendo las quejas de los ingenieros informáticos y de los estudiantes de esta disciplina universitaria, y, además, pienso en el enorme peso específico que tiene esta moderna profesión. Recuerdo mi petición de una cita en el taller automovilístico y entiendo la tremenda dependencia que tenemos actualmente de los sistemas informáticos. ¿Alguien ha pensado que la musculatura más importante de la nación se mueve con los impulsos electrónicos de la informática? ¿Qué ocurriría si todos los ingenieros informáticos que son los guardianes, cuidadores, sanadores y reparadores de la informática se declararan en huelga y no funcionaran los sistemas? Posiblemente, sería una situación más allá del caos total. Alguien del gobierno tendría que pensarlo. No es bueno que exista una espada de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas.

Luis de Torres

22 de enero de 2009