sábado, 12 de abril de 2014

LA INMIGRACIÓN QUE NO CESA

Durante los últimos tiempos estamos asistiendo a una continua y sistemática llegada de personas procedentes de países africanos que, reunidas en territorio marroquí, intentan penetrar en las ciudades españolas de Ceuta y Melilla para alcanzar Europa, integrarse en la misma, y lograr una vida mejor que la que tenían  en sus países de origen.
Pero no solamente en España tenemos ese problema, pues también los italianos están sufriendo ese ilegal y desmesurado acoso con la arribada a la isla de Lampedusa de cientos de inmigrantes procedentes de las costas africanas, que buscan, como ocurre con Ceuta y Melilla, poner pie en tierra europea, con la equivocada idea de que llegan a una especie de paraíso donde hay sitio para todos. Y puede ser que vean el territorio europeo como una zona de felicidad, abundancia, riqueza, trabajo bien remunerado y asistencia social, sanitaria y educacional de primer orden, si todo eso lo comparan con el nivel de vida que se da en muchos países africanos, pero los europeos, los que hemos vivido, trabajado y luchado durante generaciones para dar forma a la actual Europa, sabemos que también aquí y ahora existen dificultades, que el trabajo está siendo escaso, que la pobreza se deja ver en algunos sitios y que nuestros jóvenes, a pesar de su buena formación académica, ven el futuro con preocupación. Tenemos un alto índice de paro que no es estacional sino, desgraciadamente, estructural, y va a ser muy difícil corregir esta angustiosa situación si seguimos con la apatía democrática de no tomar medidas drásticas que cambien el rumbo de la actual tendencia.

La llegada masiva de inmigrantes, que se presentan en nuestras fronteras como invasores, pues ni los hemos llamado, contratado o solicitado como mano de obra necesaria en los países europeos, la debemos cortar inmediatamente porque el mercado del trabajo en España, y también en el resto de Europa, no tiene vacantes para absorber miles de personas, cualificadas o sin cualificar, que pretenden instalarse en la gran patria común que llamamos Unión Europea, pero si se llegaran a crear puestos de trabajo en el próximo futuro, tales oportunidades deberían estar reservadas a los europeos, pues no podemos olvidar que en España y en el resto de Europa, en mayor o menor medida, según los países, también tenemos unos índices de paro preocupantes.
Asimismo, las invasiones de personas procedentes de países que no están integrados en la Unión Europea nos enfrentan a otros problemas no esperados ni deseados, que nos pueden ocasionar daños, temor, inquietud, desasosiego y gastos. En primer lugar, debemos citar las enfermedades que puedan transmitirnos los inmigrantes procedentes de territorios al sur de la zona templada, tales como el ébola, el dengue u otras patologías que son contagiosas, pues aunque puedan parecernos personas sanas a su llegada, podría ocurrir que estuvieran incubando la enfermedad, que la desarrollaran una vez en Europa y que, consecuentemente, pudieran transmitirla a europeos sanos sin defensas para tales enfermedades. 

Descartando, de momento, el peligro en potencia de las enfermedades, nos encontramos con hechos reales que se producen cuando los invasores se convierten en atacantes violentos que intentan derribar vallas, defensas y puertas, sin importarles el daño material que puedan hacer, además del daño personal que, en ocasiones, causan a los agentes de la policía española a los que hacen frente con palos, piedras, botellas y otros objetos que utilizan con agresividad y saña con tal de entrar en territorio europeo. Y, además de sufrir esas entradas ilegales, violentas y tumultuosas, les tenemos que acoger, facilitar ropa, comida, alojamiento, cuidados sanitarios, transporte y otros servicios, y todo ello pagado con los impuestos de los españoles, pues nos vemos desamparados por nuestras propias leyes o por directivas comunitarias y no se pueden llevar a cabo las llamadas “devoluciones en caliente”, que sería lo lógico, porque un invasor, aunque se le aplique el nombre de inmigrante, tendría que ser expulsado de forma inmediata por el mismo sitio que entró de forma ilegal, violenta y agresiva.

En España tenemos una larga historia de invasiones, y aquella que comenzó en el año 711 nos costó casi 800 años para poderla rechazar, además de la pérdida, a lo largo de tantos años, de miles de vidas, y de padecer infinitos estragos en pueblos y campos, saqueos, batallas perdidas, compatriotas esclavizados y mucho temor, sufrimiento, angustia y pobreza. Afortunadamente, algunos reyes cristianos pusieron todo su valor, decisión, hombres y medios para acabar con el yugo que nos impusieron los almorávides, los almohades y los benimerines, que, en sucesivas oleadas, pretendían llevar sus conquistas hasta más allá de los Pirineos, y aquellos reyes medievales, en el año 1.212, al mando de Alfonso VIII, hicieron frente a los poderosos y renovados contingentes de almohades africanos, y en la batalla de Las Navas de Tolosa pusieron fin, con una gran victoria, a la expansión musulmana.
Sin embargo, la decadencia del imperio almohade llevó al poder en el norte de África a la dinastía de origen bereber de los benimerines, que también tuvieron apetencias de hacerse con la península ibérica, pero que, cuando cruzaron el estrecho de Gibraltar, se encontraron con las fuerzas conjuntas de castellanos y portugueses que en el año 1.340, y en la batalla del Salado, derrotaron a las tropas agarenas. Tuvieron que pasar todavía más de 150 años hasta que los Reyes Católicos conquistaron Granada, y pusieron fin a la dinastía nazarí y a los reinos musulmanes en la península ibérica.

Volviendo a la actual invasión de personas procedentes de África, que por tierra o por mar intentan penetrar en territorio español, para instalarse en nuestra patria, o como primer paso para alcanzar otros países de la Unión Europea, no debemos olvidar la historia que vivimos europeos y africanos en los siglos XIX y XX, especialmente en   este último, cuando casi todos los territorios africanos eran colonias, protectorados, dependencias o provincias de países europeos, que llevaron la civilización occidental a África e introdujeron mejoras en la vida y costumbres de sus habitantes, a pesar de lo cual se tachó a los europeos de explotadores, invasores, tiranos, opresores, corruptos, ladrones y otras lindezas, y aunque no hay que descartar que, en algún caso, la presencia de los europeos quizá fue poco edificante, tampoco debemos olvidar que en la revolución independentista subyacía la idea de que, con gobiernos autóctonos y libres de los atropellos y abusos de los europeos, los ciudadanos africanos vivirían mejor, se repartiría más equitativamente la riqueza del país, y todos habrían entrado en un paraíso político de bienestar, tranquilidad y felicidad.

¿Dónde está ahora aquel edén soñado por los africanos? ¿Y por qué debemos admitir ahora en nuestros países a los descendientes de aquellas personas que nos expulsaron de la tierra africana de mala manera, y nos obligaron a volver a nuestra patria amargados y empobrecidos?

España ha sufrido muchas invasiones. No dejemos que prospere ninguna otra, porque los guerreros medievales ya no existen.

Luis de Torres


11 de abril de 2014

sábado, 22 de febrero de 2014

¿ADÓNDE VAMOS?

Los españoles que queremos a España, residamos en el norte o en el sur, o en cualquier otro punto de la rosa de los vientos, llevamos ya varios años que estamos confundidos, molestos y contrariados al contemplar de qué manera tan irregular y desafortunada estamos viviendo la democracia, esa forma de gobierno que, según nos decían unos, era la más conveniente para España, mientras que otros nos decían que era la menos mala de las formas de gobierno posibles. No sé si alguno estaba acertado, pero me parece que somos muchos los españoles que estamos descontentos con el camino democrático que estamos siguiendo, o con la manera de aplicar las normas de la democracia, o con los resultados de la gestión democrática de nuestros gobernantes. En mi caso, como no llego a saber qué nos está pasando, y no solamente ahora sino también en los últimos diez o doce años, estoy sospechando que no sabemos o no queremos hacer bien las tareas de gobierno, ni las relacionadas con la economía, ni con el trabajo, ni con la justicia, ni con otros temas que a todos nos atañen, y por todo ello se ha ido formando en mi mente el retruécano filosófico de ¿por qué hacer las cosas bien pudiéndolas hacer mal? o ¿quizá porque haciéndolas mal el beneficio puede ser mayor?

En primer lugar, me quiero referir a la diatriba que se está dando entre una parte de la clase política y también en algunos medios de comunicación, de opinión y sociales, atacando sin descanso y sin mesura las actuaciones y los proyectos del gobierno para poner un poco de orden y sensatez en el desorden, insensatez y criminalidad de la ley socialista sobre la interrupción voluntaria del embarazo, pues si bien esta ley no obliga a ninguna mujer a abortar, deja, sin embargo, la puerta abierta para que la mujer que no desee seguir con su embarazo tenga la posibilidad de interrumpirlo dentro de un determinado período de tiempo. Y lo más sorprendente y execrable es que se considere un derecho de la mujer la horrible decisión de matar a su propio hijo, en su estado de gestación, aunque este proceso se esté desarrollando con toda normalidad.
Ser madre es el don natural más hermoso que han recibido las mujeres, la llegada del hijo las llena de felicidad y satisfacción y vuelcan sobre él todo su amor maternal, cuidado, dulzura y entrega, y el hijo, que enseguida reconoce en su madre su mejor cobijo, calor y cariño, forma con ella el indestructible nudo espiritual derivado de la reproducción de la especie.

Toda esta actividad biológica se enmarca en una ley natural inmutable, y nada tiene que ver con las ideas políticas, religiosas, económicas o sociales, y mucho menos con los supuestos derechos para torcer, destruir o eliminar la vida que emerge. Es inaudito que muchas mujeres quieran tener la posibilidad de truncar la vida del ser que va a nacer, y que se manifiesten en las calles, o en determinados foros, exigiendo que semejante barbaridad se convierta en un derecho femenino, en vez de reclamar para las mujeres que tengan dificultades, problemas o rechazo social la ayuda de los gobernantes para seguir adelante con su gestación, que es lo que realmente se tendría que instituir. El aborto, si fuere necesario en algún caso, se debería circunscribir a las situaciones de violación clara y no fingida y a las eventuales malformaciones graves del feto, y descartando los supuestos de daño físico, mental o moral para la madre, y que en los dos casos admisibles de aborto que tales circunstancias estuvieran confirmadas y avaladas por dos o tres especialistas médicos y jurídicos, para evitar una posible transgresión de la ley.

Tampoco entiendo el empecinamiento culposo de los gobernantes catalanes, que no quieren cumplir con las obligaciones que tienen, como el resto de los españoles, derivadas de la Constitución Española, y se aferran a sus peregrinas ideas, a las que dan forma de derechos para ser una nación soberana, independiente y separada del resto de España, alegando cuestiones históricas del pasado sin base ni fundamento, puesto que Cataluña ha sido territorio hispano o español desde tiempo inmemorial, sin que nunca haya tenido el título de estado, reino o nación, porque siempre ha formado parte de la península ibérica, o ha estado adherida a uno de los reinos españoles, o ha vivido, luchado y prosperado bajo los Romanos, los Visigodos, los Austrias, o los Borbones, todos ellos españoles o hispanizados. Incluso, en épocas republicanas, Cataluña era, como siempre, una parte de España.

Parece increíble que ahora algunos catalanes, adoctrinados por la demagogia insensata de unos pocos, crean que la separación del resto de España les va a traer la felicidad, fortuna, ventura, beneficio, ventaja y dicha infinita que ahora no tienen, según su criterio, pero sería conveniente que los catalanes que se arropan, en su desvarío, con la “estelada” que se fijaran y se dieran cuenta de lo que pasa en otros territorios cuando un día, algunos de sus habitantes, inflamados de independencia y de futura gloria, se quisieron desgajar de su verdadera patria, y que ahora, arrepentidos y dolidos, no viven, ni posiblemente vivirán en el futuro, en ese paraíso que buscaron y no hallaron, simplemente porque no existía, excepto en sus enloquecidos sueños. 

Por otro lado, el partido conservador actualmente en el poder, a pesar de que nos diga que vamos por buen camino y que las decisiones que han tomado hasta ahora están dando buenos frutos, está dejando pasar el tiempo sin cumplir con algunas destacadas promesas electorales y esa falta de energía gubernativa para legislar y resolver problemas, derogar leyes inaceptables e injustas, actuar con una inexplicable laxitud en exigir el cumplimiento de las normas contenidas en la Constitución Española y olvidar, o utilizar con excesiva moderación, la gran ventaja de poseer mayoría absoluta, ha llevado a algunos miembros destacados del Partido Popular a la dolorosa decisión de salir de esta formación política, e, incluso, a formar otro partido más acorde con sus ideas y su manera de interpretar la democracia. Esta situación de fuga de valores, por mucho que se quiera quitarle importancia, representa un desgaste profundo que, unido a la posible pérdida de votos derivada de una actuación que no satisface a buena parte del electorado, ocasiona al partido conservador un daño significativo que podría revelarse como cierto en las próximas elecciones europeas.

¿Y qué podemos decir de la inacabable corrupción, que brota sin cesar por doquier, y que tanto hastío está causando a los españoles de bien? Este desagradable asunto lo voy a dejar para otra ocasión.
Ahora me estoy acordando de los años que pasé en la Pérfida Albión, como se llamaba a la Gran Bretaña durante la época de la dictadura, cuando yo ya vivía en democracia y sin angustia y la corrupción no aparecía todos los días en los medios de comunicación británicos, aunque quizá hubiera algún caso, y con este recuerdo vino a mi mente la siguiente frase, aplicable a mi querida España: Where are we going to? y con tristeza me dije: We do not know.

Luis de Torres

21 de febrero de 2014

domingo, 3 de noviembre de 2013

LA INJUSTA JUSTICIA

Siempre he considerado que los jueces se crearon para impartir justicia en su estado puro, teniendo en cuenta que los hombres no nos hemos comportado, a lo largo de la historia, con honestidad, bondad, honradez, dignidad y muchas otras virtudes que se derivan del bien y se oponen al mal, y que desde Caín y Abel la raza humana se debate entre el bien y el mal, lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto y lo justo y lo injusto, tanto si tomamos como modelo las enseñanzas religiosas o divinas, las leyes naturales, las leyes de los hombres, o los usos y costumbres que se fueron estableciendo. Y, consecuentemente, siempre hemos tenido que llegar a la misma conclusión: la necesidad de tener hombres buenos, consejos de ancianos, o jueces versados en leyes, que guiados por el deseo de poner orden, ser ecuánimes, y de dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, pusieran fin a las disputas, a las desavenencias, a los abusos y a los actos delictivos, y castigaran a los culpables y protegieran a los inocentes o a las víctimas.

Sin embargo, estoy viendo que estas normas tan elementales, encaminadas a preservar el bien, el buen hacer y la concordia entre todas las gentes, y que, además, éstas sepan y no olviden que el mal se castiga y que el bien honra y enaltece al que va por el camino recto, parece que no se están cumpliendo en todas las ocasiones, y lo más grave es que el incumplimiento procede en muchos casos del comportamiento equivocado, erróneo o desacertado de los que juzgan la falta o el delito, unas veces por insuficiencia de celo o estudio del caso y otras por exceso de pureza jurídica o interpretación de las leyes.

Hace unos días, muchos españoles quedamos anonadados y profundamente irritados cuando recibimos la noticia de la injusta sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, que, aunque los jueces que la dictaron estimen que su decisión estaba ajustada a derecho, las personas que tenemos una idea de la justicia en estado puro la tenemos que rechazar, porque se beneficia al malhechor y se humilla a las víctimas y a todas las personas que estamos al lado de los inocentes.

Resulta inconcebible que un tribunal de justicia, llamado de Derechos Humanos, defienda, por encima de otra consideración moral o lógica, los supuestos derechos de libertad que tienen los asesinos y malhechores de la peor ralea por delante del derecho supremo a la vida, y a su preservación y disfrute, que tenemos todas las personas. Si los jueces que han tomado tan equivocada decisión, se han basado solamente en las leyes que han elaborado los políticos, son jueces que han olvidado las leyes naturales y, por tanto, no son dignos de ocupar tan alta magistratura. Cuando alguien cae en la miseria moral de quitar la vida a uno o varios de sus semejantes, y lo hace con todos los agravantes posibles, y sin ningún eximente, los jueces tendrían que ser los primeros en castigar con el máximo rigor a tan abyecto sujeto y desposeerle de los derechos que están por debajo del sagrado derecho a la vida.

La nefasta sentencia del citado tribunal internacional, aparte de irritar, indignar y encolerizar a la mayoría de los españoles, ha ofendido y humillado a los magistrados del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional, que ya habían juzgado la doctrina Parot y la consideraban ajustada a derecho, o intrínsecamente justa, o concordante con la norma que estipula que la pena se debe aplicar en función del delito cometido.

El gobierno español, por tanto, conociendo que los más altos tribunales de justicia de nuestra nación ya se habían pronunciado y habían sancionado positivamente la doctrina Parot, no debía admitir, ni consentir, ni acatar, por muchos argumentos jurídicos que nos quieran imponer, sean o no de supuesto obligado cumplimiento, la injusta sentencia del tribunal internacional, porque el pueblo español, que ostenta la soberanía absoluta en cuestiones relativas a nuestra patria, rechaza la infame sentencia internacional, y, además, cuenta con las decisiones del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional, que, en ambos casos, están claramente opuestas a la malhadada sentencia del tribunal de Estrasburgo.

No obstante, aparte de todo lo dicho anteriormente, no debemos olvidar que los delitos más graves y abyectos no están debidamente castigados en España, y vemos que muchos delincuentes, que habiendo cometido crímenes atroces, salen de la cárcel varios años antes de haber cumplido su sentencia, simplemente por el hecho de que en nuestra legislación existen los beneficios penitenciarios, que nunca tendrían que haberse creado.
Por ello, el actual gobierno, para evitar en el futuro tantas injusticias, tendría que derogar el actual Código Penal, por estar obsoleto y contener normas, límites y concesiones que se apartan de la justicia real, y promulgar un nuevo código que abarque todos los delitos, sean de sangre o de otro tipo, y que no contemple límites de edad ni de tiempo en prisión, ni beneficios penitenciarios, ni redenciones de pena, ni reinserciones en la sociedad, sino el cumplimiento íntegro de la sentencia, y que ésta se ajuste en tiempo y características al delito cometido.

España tiene que dejar de ser un paraíso para los delincuentes, y este gobierno tiene la posibilidad, con su mayoría absoluta, de poner orden en esta justicia que parece proteger en mayor medida al delincuente que a la víctima.

Luis de Torres


2 de noviembre de 2013

jueves, 17 de octubre de 2013

LA PAZ Y EL REDOBLE DEL TAMBOR

Paz. Palabra bendita y sublime que nos trae la tranquilidad y el sosiego, que nos hace olvidar la guerra, y que después de las contiendas y las disensiones nos ofrece la reconciliación y la concordia.

Esto es lo que queremos la mayor parte de los seres humanos: Paz y más paz, aunque para la desgracia de muchos, a veces aparecen algunos de nuestros semejantes que se inclinan más por las manifestaciones contra normas y leyes, por los tumultos populistas, por la intransigencia y el egoísmo, y también por las ideas surgidas del desvarío mental, y todo este conjunto de pensamientos y acciones pueden llevar a la ruptura de las relaciones humanas nobles, igualitarias y estables, donde se asienta la paz, y dar paso a la exaltación del enfrentamiento estúpido y a la guerra maldita y cruel.

Durante el pasado siglo XX tuvimos tantas guerras que los que las sufrimos en nuestras carnes o en la lejanía quedamos ahítos de horror, calamidades, hambre, muerte y desesperación. Queremos la paz y no podemos admitir que el siglo XXI siga el mismo camino que la anterior centuria, pues si nosotros vivimos entre penas, angustias y lágrimas, ahora deseamos que nuestros sucesores encuentren un mundo mejor donde reine la paz, donde no se oiga el fragor de la batalla y donde todo el esfuerzo se dedique a mejorar la vida y el entendimiento entre los pueblos.

Ahora, desgraciadamente, tenemos en nuestra patria unos españoles que tienen la pretensión de acabar con la paz, con la convivencia entre todos nosotros, y con la estructura política y social que nos dimos al llegar la democracia. Unos españoles que se olvidan del Artículo 2º, del Título Preliminar de la Constitución, donde se habla de “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”, unos compatriotas que dicen no ser españoles, y que se convierten así en traidores a su patria, pues por mucho que nieguen la evidencia, y se aferren a su supuesto derecho a no querer ser españoles, seguirán siendo ciudadanos de una nación que se llama España.

Este problema, que tanta irritabilidad y rabia está produciendo entre la mayoría de los españoles, lo han originado algunos de los que se llaman catalanes, que se arrogan unas virtudes superiores a las que tenemos los demás y unos derechos que ellos mismos se han creado más allá de los que tenemos el resto de los españoles, para lo cual han distorsionado la historia y se han apartado de la solidaridad e igualdad que propugna la Constitución española.

Esos españoles que hablan de España y de Cataluña como si fueran entes distintos han tomado un derrotero que sólo puede llevar al precipicio del enfrentamiento fraternal, a la fractura de la paz, y al retroceso a tiempos pretéritos que regaron nuestra patria de lágrimas y sangre. Esos españoles que reniegan de su madre España han olvidado que griegos, cartagineses y romanos vinieron al territorio donde acababa el mundo conocido en la antigüedad, se asentaron en la parte oriental de la península ibérica, a lo largo del mar Mediterráneo, y comerciaron, y quizá se mezclaron, con las tribus ibéricas que poblaban entonces ese territorio español, y los romanos, que llegaron a dominar toda la península hasta el océano Atlántico, ya le dieron a la tierra conquistada el bello nombre de Hispania, además de dejarnos como regalo supremo el latín, del que luego surgieron las lenguas romances, como es el español.

Con la caída del Imperio Romano arribaron a Hispania los visigodos, después de haberse instalado durante algún tiempo en tierras actualmente francesas, y concedieron a Toledo la capitalidad del reino de la Hispania visigoda, que se mantuvo hasta la llegada de la invasión árabe en el año 711. Posteriormente, como los árabes no habían podido ampliar su conquista más allá de los Pirineos, los francos o carolingios se extendieron por tierras situadas al sur de la citada cordillera y al suelo conquistado le dieron el título de Marca Hispánica, que englobaba buena parte de la actual España catalana. Con estos antecedentes, y teniendo en cuenta que el término Cataluña surgió en la Edad Media, probablemente después de la famosa batalla de las Navas de Tolosa, llegamos a la conclusión de que el topónimo Hispania, en las épocas romana, visigoda o medieval, se aplicaba en el territorio ocupado actualmente por Cataluña unos 1.300 años antes de que apareciera un movimiento que adoptara un nuevo nombre, de carácter regional, para la zona donde se asentaban los condados que emergieron a raíz de la Marca Hispánica.

Es obvio, por tanto, que la españolidad del territorio donde ahora se sitúa Cataluña no se puede discutir, y todas las personas que vivieron en el pasado, viven en el presente, y vivirán en el futuro en esa parte nororiental de España eran, son y serán portadoras del gentilicio español, lo mismo que los que habiten en el resto de España, sin distinción de comarcas, zonas o regiones, o si están a la vera del mar, a la sombra de las montañas, o en las llanuras mesetarias. Y cuando alguien dice que no quiere ser español, o no se siente español, habiendo nacido en España, y probablemente teniendo una ascendencia española de varias generaciones, suena más a majadería que a sensatez, pues es tanto como decir que no quiere ser europeo, pues España, continental e insular, forma parte de ese continente que llamamos Europa. Por tanto, nacer en España significa, en principio, ser europeo y español, y después catalán, castellano, murciano, etc. etc.

Todo lo anterior nos lleva a considerar el actual revuelo independentista y secesionista de Cataluña como un ataque frontal a la unidad de España, como un rechazo a la vigente Constitución Española, y como un peligro serio que nos lleve a perder la paz que estamos disfrutando desde la terminación de la guerra civil española. Esta locura lacrimosa y quejumbrosa de una parte de los políticos catalanes, que engañan a sus conciudadanos y ofenden al resto de los españoles, está llegando a unos límites insoportables a los que hay que poner coto de forma inmediata. Ya no se puede seguir con el diálogo, la tolerancia, la concesión, la permisividad, o el cambalache político, pues ya tenemos sobrada experiencia de que por estos caminos no preservamos la integridad de España. La Constitución Española incluye las medidas que se deben tomar para corregir las alteraciones o los desvíos que se produzcan en las comunidades autónomas, pero los actuales gobernantes estatales parecen estar ajenos a algunas normas constitucionales, o temerosos de hacer la justicia que está demandando el pueblo español no independentista. Cuando se presenta la enfermedad hay que atajarla y vencerla con los fármacos que sabemos que son los adecuados para combatir la misma, y dejar a un lado las cataplasmas, el láudano, o el agua de rosas. Si el gobierno español no termina pronto con el desvarío catalán podría oírse en el cielo el redoble del tambor del ángel enfurecido, del que ya nos habló el escritor húngaro Lajos Zilahy.

17 de octubre de 2013

Luis de Torres

martes, 17 de septiembre de 2013

LA ESPAÑA QUEMADA

LA ESPAÑA QUEMADA

Durante los últimos días, los medios de comunicación nos han estado dando noticias muy desagradables, penosas y fuera de toda lógica. Me refiero a los continuos incendios forestales que aparecen sin cesar en diversas partes de Galicia, con focos de fuego aquí, allá o acullá, como si los demonios del infierno hubieran salido de sus ardientes cavernas para destruir con saña y desmedida furia los bosques, prados, sembrados, huertos, ganado, animales silvestres, aves, insectos, todo tipo de vida, y hasta la morada de los humanos, porque el fuego abrasador en proporciones gigantescas se convierte en el gran depredador y destructor de la naturaleza y del patrimonio del hombre. Sin embargo, la desgracia, el dolor, las lágrimas, y la desesperación que ocasionan los incendios forestales no son imputables a la cólera de los dioses celtas, ni al ansia de castigo de otras divinidades que hayan sido ofendidas por los gallegos, pues las meigas, los dioses mitológicos, u otros seres espirituales o inmortales, si existieran, no destruirían la vida sino que se unirían a la madre naturaleza y se complacerían en ver cómo ésta llenaba de belleza, de armonía, de luminosidad, de música, y de color todo cuanto nos rodea, para placer, gozo y disfrute de los humanos.

Resulta increíble que unas 16.000 hectáreas hayan resultado calcinadas en este verano de 2013 en Galicia, que es precisamente una tierra que se encuentra en la zona húmeda española, y donde la lluvia es la compañera habitual de los gallegos, mientras que en el sureste español, escaso de lluvias, semidesértico, donde la sequedad de la tierra es un azote endémico, la aparición de incendios forestales no sea ni habitual ni alarmante, a pesar de que todavía existen grandes masas forestales en muchas de sus montañas. Entonces, ¿Qué ocurre en España?

Dar una respuesta correcta y acertada en su totalidad quizá no sea fácil, pero posiblemente no estemos muy lejos de la verdad si aseguramos que buena parte de los incendios en tierras gallegas se deben a la aparición de los pirómanos, esos canallas que, por una razón u otra, que desconocemos, o simplemente por una estúpida y criminal sinrazón, no tienen reparos en destruir la naturaleza y poner en peligro la vida y hacienda de las personas. El daño que hacen con su desquiciada locura es de tal magnitud que ni su propia vida sería suficiente para pagar el delito cometido. Además, la propia justicia española, tan dada a proteger más al delincuente que a la víctima, por eso del purismo judicial, no parece que esté castigando con la dureza que procede a los que provocan los incendios, y de esta forma seguiremos sufriendo la pena, el dolor y la rabia de ver cómo se destruye la tierra española y no se toman las medidas tendentes a la fulminante erradicación de tan odiosa práctica.

16 de septiembre de 2013

Luis de Torres

domingo, 8 de septiembre de 2013

LAS ILUSIONES ROTAS

Ayer una gran mayoría de españoles recibió con sorpresa la noticia de la eliminación, en la primera ronda, de la candidatura de Madrid para ser la sede de los Juegos Olímpicos del año 2020, y buena parte de España, entre la incredulidad, la perplejidad y la extrañeza por tan inesperado resultado, no podía entender que una candidatura tan elogiada, tan alabada y tan profundamente respaldada por autoridades, deportistas, instituciones y personajes de gran talla y relieve, pudiera haber sido desbancada de forma tan rápida y despiadada.

No quiero caer en el chauvinismo y declarar que la candidatura de Madrid 2020 era la mejor, que las instalaciones presentes y futuras son y serían, asimismo, sobresalientes sobre las de otras candidaturas, y que el esfuerzo de Madrid ha sido superior al de las otras ciudades, pero tampoco puedo admitir la humillación que se nos ha hecho, porque pienso que, al menos, Madrid está al mismo nivel que las otras ciudades. Entonces, ¿por qué se eliminó a Madrid tan fulminantemente?

No sé las razones que se tuvieron en cuenta para llevar a la práctica la desafortunada eliminación de Madrid en la primera votación, pero sí creo que las ideas políticas y religiosas, la influencia de algunos lobbies, la afinidad o desacuerdo entre naciones, y alguna otra circunstancia, pudieron introducir alteraciones o modificaciones en el resultado final. No hay que olvidar que las votaciones en el seno del COI, mediante voto secreto, dan al funcionamiento de esta institución un halo de oscurantismo, que algunos pueden considerar beneficioso, pero que otros lo entendemos como falta de transparencia, apertura y comunicación. Asimismo, la primera y nefasta votación donde sólo obtuvimos 26 votos nos descubrió que tenemos más enemigos que amigos, y que también fuimos víctimas de la traición de algunos que, supuestamente, nos iban a ayudar.

Quiero dejar constancia que la culpa de la eliminación no la tiene nadie, repito, nadie, de las muchas personas que trabajaron para sacar adelante la candidatura olímpica, porque estoy seguro que todos pusieron de su parte su mejor saber y entender y que lo hicieron con ilusión, entrega y esfuerzo.

Y finalmente quiero pedir a las autoridades de Madrid, las actuales y las futuras, que se olviden durante algún tiempo de presentar su candidatura para organizar unos Juegos Olímpicos, a menos que en el futuro se modifiquen las normas del COI y exista mayor claridad en la designación de la ciudad aspirante. Mientras tanto, estoy seguro que Madrid y el resto de España seguirán logrando éxitos deportivos no sujetos a votaciones absurdas. Soy español y madrileño, por mis venas corre sangre madrileña de varias generaciones y deseo lo mejor para Madrid y para el resto de España.. Las Olimpíadas, según parece, no son lo mejor…

viernes, 26 de julio de 2013

PISANDO LOS CAMINOS DE LA HISTORIA

Se suele decir que la primavera la sangre altera y cuando llegó el mes de mayo me asaltó el deseo de ver otros horizontes y dejar en algún sitio de nuestro mundo un trocito de mi vida, que es lo que me ocurre cuando voy de viaje, porque los nuevos paisajes se quedan en mi mente y yo dejo mis recuerdos, o un poquito de mi alma, en las tierras, pueblos, caminos o mares que me ofrecen su belleza, su encanto, su sorpresa, o su historia.

Y esto, en grado superlativo, es lo que me pasó en el mes de mayo, cuando tomé la decisión de hacer un crucero con mi esposa por Grecia, las islas del mar Egeo y las tierras del Asia Menor, pues, aparte del placer que se experimenta navegando sin problemas ni dificultades en un barco que contaba con todas las comodidades posibles, las excursiones o salidas que hicimos en islas y tierra continental superaron con mucho mis mejores expectativas, y mi aventura, sin esperarlo, dejó de ser un viaje de placer para convertirse en un encuentro feliz con la cultura, la historia, las leyendas y los mitos de la antigüedad, así como con la difícil, complicada y perseguida labor que llevaron a cabo los apóstoles de Cristo, aunque también, afortunadamente, este trabajo llegó a ser hermoso y fructífero, como los tiempos posteriores nos han demostrado.

En un viaje anterior, hace ya varios años, me dediqué a visitar sitios históricos de especial relevancia, todos ellos situados en tierras griegas, en la Hélade, cuando en esta parte oriental del mar Mediterráneo se desarrollaba una gran civilización de la que se aprovecharon aquellos pueblos que conocimos como romanos, galos o celtíberos, pues los hombres que habían logrado los avances culturales, fueran atenienses, dorios, aqueos o griegos, se dedicaron a ensanchar su mundo  haciendo viajes en sus frágiles embarcaciones, siguiendo probablemente la línea de la costa europea, hasta arribar al estrecho de Gibraltar, que quizá para ellos fue llegar a las Columnas de Hércules o al Jardín de las Hespérides. De cualquier forma, aquellos viajes que, sin duda, tenían principalmente un carácter comercial, aportaron importantes beneficios culturales a los pueblos que iban visitando.

En aquel primer viaje descubrí la Acrópolis, el Partenón, las Cariátides, Delfos, Micenas, la tumba de Agamenón, la Argólida, Corinto, el cabo Sunión y muchos otros lugares, y, además, y para mi sorpresa en aquellos tiempos, supe que el Apóstol San Pablo estuvo predicando el cristianismo entre las gentes que habitaban Corinto y que parte de aquellos corintios dejaron de ser gentiles para convertirse en cristianos nuevos, por obra y gracia de aquel apóstol andariego que llevaba en su zurrón de peregrino la luz del Espíritu Santo.

Ahora, en mi segundo viaje, he tenido muchas satisfacciones de diverso tipo, como después explicaré, pero, en principio, quiero decir que, de nuevo, pisé los caminos que, en su tiempo, recorrió San Pablo predicando la doctrina cristiana, y este nuevo encuentro con el apóstol se produjo en la legendaria ciudad de Éfeso, donde el templo de Artemisa se convirtió en una de las siete maravillas del mundo antiguo, y los servidores y cuidadores de aquella extraordinaria construcción de mármol, y del culto a la diosa, los llamados Curetes, dieron nombre a la larga y grandiosa vía que forma la columna vertebral de Éfeso, y donde, según mi imaginación, San Pablo convenció a los efesios que dejaran el culto a Artemisa, o a otros dioses greco-romanos, y abrazaran la doctrina cristiana.

Y no solamente fue San Pablo el apóstol que dejó una profunda huella en Éfeso, pues también otro apóstol, en este caso San Juan Evangelista, tuvo su morada en la gran ciudad greco-romana del Asia Menor, y, según la historia, acompañado de la Virgen María, para cumplir el deseo, la recomendación, o la súplica que Cristo hizo a San Juan desde la cruz, cuando, en su agonía, dijo a su discípulo: “Ahí tienes a tu madre” Y para evitar las persecuciones que los cristianos sufrían en Jerusalén, San Juan llevó a la Virgen a vivir en una casa en las cercanías de Éfeso, donde María llevó una vida humilde y tranquila hasta su muerte, o hasta su elevación a los cielos.

Pero Éfeso también guardaba para mí otras agradables sorpresas, pues, por mi condición de español y amante de la historia de España, me maravilló ver dos monumentos que llevaban el nombre de dos famosos emperadores romanos nacidos en la hispánica Itálica (cerca de la actual Sevilla): Una de estas construcciones es la llamada Fuente Trajano (La Ninfeo) y la otra es la que ostenta el nombre de Templo de Adriano, y ambas todavía conservan cierta grandeza marmórea a pesar de haber sufrido a lo largo de muchos siglos el desgaste y la devastación que ocasionan el tiempo, las invasiones y el vandalismo. Aparte de estos monumentos, en Éfeso quedan innumerables restos de otras importantes construcciones, como la Biblioteca de Celso, el Odeón y el Gran Anfiteatro, pero, sobre todo, el visitante que se extasía con la grandeza, la magnificencia, el arte, y el exquisito trabajo que se ve por todas partes, se siente, al mismo tiempo, dolorido, melancólico y envuelto en una abrumadora tristeza, cuando en su lento deambular por lo que queda de aquella excelsa ciudad, se siente acompañado por todas partes por miles de toneladas de piezas de mármol, que, en su día, formaron parte de las columnas, los basamentos, las paredes, los arcos, los suelos, las inscripciones, los peldaños y otros elementos utilizados en las construcciones, que ahora descansan inmóviles en el gran cementerio urbano que ocupa la zona donde antaño existía una ciudad jónica llena de vida y de belleza: Éfeso.

Y si nos vamos en busca de las bellezas naturales, ésas que se formaron como resultado de los movimientos tectónicos, la actividad volcánica, y, en general, la tumultuosa e inestable vida de nuestro planeta y la incansable actuación de la atmósfera y de las aguas, nos encontraremos con el valle fluvial que se inundó, según nos dicen los geólogos, cuando el nivel del Mediterráneo subió y las aguas llegaron a conectar con un gran lago que ahora conocemos como el Mar Negro y que después, con el devenir de los tiempos, el valle inundado, que atrajo a sus riberas a muchos grupos humanos, se le acabó bautizando con el solemne nombre de estrecho del Bósforo, que los hombres venimos utilizando como frontera política, para determinar que en la parte oriental de esta lengua de agua se encuentra Asia y en la parte occidental se halla Europa, aparte de que este canal natural une el mar Negro con el mar de Mármara, y para que nuestro asombro no tenga fin, este pequeño mar interior nos obsequia al sur con otro maravilloso valle inundado, de no menos de 70 kilómetros, que en la Grecia clásica se conocía como el Helesponto y que después, como resultado de que en sus orillas se encontraba la ciudad frigia de Dardania, cambió su nombre y ahora lo conocemos como el estrecho de los Dardanelos, que es la maravilla natural que nos lleva al encantado reino del mar Egeo, donde el mar y la tierra insular forman un hermoso maridaje, y las aguas no dejan de abrazar la tierra y ésta no deja de asomarse al mar.

No sé qué nombre es más sonoro y hermoso, si Helesponto o Dardanelos, pero cualquiera de estas palabras trae a mi mente la belleza de una lengua culta, que dejó atrás los lenguajes guturales y monosílabos que se fueron formando en la prehistoria, y, últimamente, durante mi viaje por Grecia y Asia Menor, he encontrado otra palabra vinculada al grandioso valle inundado que también merece mi admiración. Esta palabra es Çanakkale y es el nombre de la provincia turca y también de la ciudad que se considera la más importante de los Dardanelos.

Navegar por este legendario estrecho con las aguas en calma, el aire luminoso, la brisa suave y cálida y el cielo azul, lleva a la mente y al espíritu a los tiempos mitológicos, de dioses y héroes, y a recordar a Homero, pues el regalo supremo de los Dardanelos es poder contemplar a muy corta distancia, en la parte asiática,  cuando se une el estrecho con el mar Egeo, la costa donde arribaron las naves aqueas para rescatar a la esposa de Menelao. En esa costa estuvo Troya y personajes históricos o legendarios como Aquiles, Agamenón, Helena, Paris, Héctor, y los otros muchos que aparecen en la Ilíada…

Mi viaje no fue un crucero de placer. Fue un grandioso y emocionante encuentro con la historia y la cultura.

25 de julio de 2013 

Luis de Torres