viernes, 26 de julio de 2013

PISANDO LOS CAMINOS DE LA HISTORIA

Se suele decir que la primavera la sangre altera y cuando llegó el mes de mayo me asaltó el deseo de ver otros horizontes y dejar en algún sitio de nuestro mundo un trocito de mi vida, que es lo que me ocurre cuando voy de viaje, porque los nuevos paisajes se quedan en mi mente y yo dejo mis recuerdos, o un poquito de mi alma, en las tierras, pueblos, caminos o mares que me ofrecen su belleza, su encanto, su sorpresa, o su historia.

Y esto, en grado superlativo, es lo que me pasó en el mes de mayo, cuando tomé la decisión de hacer un crucero con mi esposa por Grecia, las islas del mar Egeo y las tierras del Asia Menor, pues, aparte del placer que se experimenta navegando sin problemas ni dificultades en un barco que contaba con todas las comodidades posibles, las excursiones o salidas que hicimos en islas y tierra continental superaron con mucho mis mejores expectativas, y mi aventura, sin esperarlo, dejó de ser un viaje de placer para convertirse en un encuentro feliz con la cultura, la historia, las leyendas y los mitos de la antigüedad, así como con la difícil, complicada y perseguida labor que llevaron a cabo los apóstoles de Cristo, aunque también, afortunadamente, este trabajo llegó a ser hermoso y fructífero, como los tiempos posteriores nos han demostrado.

En un viaje anterior, hace ya varios años, me dediqué a visitar sitios históricos de especial relevancia, todos ellos situados en tierras griegas, en la Hélade, cuando en esta parte oriental del mar Mediterráneo se desarrollaba una gran civilización de la que se aprovecharon aquellos pueblos que conocimos como romanos, galos o celtíberos, pues los hombres que habían logrado los avances culturales, fueran atenienses, dorios, aqueos o griegos, se dedicaron a ensanchar su mundo  haciendo viajes en sus frágiles embarcaciones, siguiendo probablemente la línea de la costa europea, hasta arribar al estrecho de Gibraltar, que quizá para ellos fue llegar a las Columnas de Hércules o al Jardín de las Hespérides. De cualquier forma, aquellos viajes que, sin duda, tenían principalmente un carácter comercial, aportaron importantes beneficios culturales a los pueblos que iban visitando.

En aquel primer viaje descubrí la Acrópolis, el Partenón, las Cariátides, Delfos, Micenas, la tumba de Agamenón, la Argólida, Corinto, el cabo Sunión y muchos otros lugares, y, además, y para mi sorpresa en aquellos tiempos, supe que el Apóstol San Pablo estuvo predicando el cristianismo entre las gentes que habitaban Corinto y que parte de aquellos corintios dejaron de ser gentiles para convertirse en cristianos nuevos, por obra y gracia de aquel apóstol andariego que llevaba en su zurrón de peregrino la luz del Espíritu Santo.

Ahora, en mi segundo viaje, he tenido muchas satisfacciones de diverso tipo, como después explicaré, pero, en principio, quiero decir que, de nuevo, pisé los caminos que, en su tiempo, recorrió San Pablo predicando la doctrina cristiana, y este nuevo encuentro con el apóstol se produjo en la legendaria ciudad de Éfeso, donde el templo de Artemisa se convirtió en una de las siete maravillas del mundo antiguo, y los servidores y cuidadores de aquella extraordinaria construcción de mármol, y del culto a la diosa, los llamados Curetes, dieron nombre a la larga y grandiosa vía que forma la columna vertebral de Éfeso, y donde, según mi imaginación, San Pablo convenció a los efesios que dejaran el culto a Artemisa, o a otros dioses greco-romanos, y abrazaran la doctrina cristiana.

Y no solamente fue San Pablo el apóstol que dejó una profunda huella en Éfeso, pues también otro apóstol, en este caso San Juan Evangelista, tuvo su morada en la gran ciudad greco-romana del Asia Menor, y, según la historia, acompañado de la Virgen María, para cumplir el deseo, la recomendación, o la súplica que Cristo hizo a San Juan desde la cruz, cuando, en su agonía, dijo a su discípulo: “Ahí tienes a tu madre” Y para evitar las persecuciones que los cristianos sufrían en Jerusalén, San Juan llevó a la Virgen a vivir en una casa en las cercanías de Éfeso, donde María llevó una vida humilde y tranquila hasta su muerte, o hasta su elevación a los cielos.

Pero Éfeso también guardaba para mí otras agradables sorpresas, pues, por mi condición de español y amante de la historia de España, me maravilló ver dos monumentos que llevaban el nombre de dos famosos emperadores romanos nacidos en la hispánica Itálica (cerca de la actual Sevilla): Una de estas construcciones es la llamada Fuente Trajano (La Ninfeo) y la otra es la que ostenta el nombre de Templo de Adriano, y ambas todavía conservan cierta grandeza marmórea a pesar de haber sufrido a lo largo de muchos siglos el desgaste y la devastación que ocasionan el tiempo, las invasiones y el vandalismo. Aparte de estos monumentos, en Éfeso quedan innumerables restos de otras importantes construcciones, como la Biblioteca de Celso, el Odeón y el Gran Anfiteatro, pero, sobre todo, el visitante que se extasía con la grandeza, la magnificencia, el arte, y el exquisito trabajo que se ve por todas partes, se siente, al mismo tiempo, dolorido, melancólico y envuelto en una abrumadora tristeza, cuando en su lento deambular por lo que queda de aquella excelsa ciudad, se siente acompañado por todas partes por miles de toneladas de piezas de mármol, que, en su día, formaron parte de las columnas, los basamentos, las paredes, los arcos, los suelos, las inscripciones, los peldaños y otros elementos utilizados en las construcciones, que ahora descansan inmóviles en el gran cementerio urbano que ocupa la zona donde antaño existía una ciudad jónica llena de vida y de belleza: Éfeso.

Y si nos vamos en busca de las bellezas naturales, ésas que se formaron como resultado de los movimientos tectónicos, la actividad volcánica, y, en general, la tumultuosa e inestable vida de nuestro planeta y la incansable actuación de la atmósfera y de las aguas, nos encontraremos con el valle fluvial que se inundó, según nos dicen los geólogos, cuando el nivel del Mediterráneo subió y las aguas llegaron a conectar con un gran lago que ahora conocemos como el Mar Negro y que después, con el devenir de los tiempos, el valle inundado, que atrajo a sus riberas a muchos grupos humanos, se le acabó bautizando con el solemne nombre de estrecho del Bósforo, que los hombres venimos utilizando como frontera política, para determinar que en la parte oriental de esta lengua de agua se encuentra Asia y en la parte occidental se halla Europa, aparte de que este canal natural une el mar Negro con el mar de Mármara, y para que nuestro asombro no tenga fin, este pequeño mar interior nos obsequia al sur con otro maravilloso valle inundado, de no menos de 70 kilómetros, que en la Grecia clásica se conocía como el Helesponto y que después, como resultado de que en sus orillas se encontraba la ciudad frigia de Dardania, cambió su nombre y ahora lo conocemos como el estrecho de los Dardanelos, que es la maravilla natural que nos lleva al encantado reino del mar Egeo, donde el mar y la tierra insular forman un hermoso maridaje, y las aguas no dejan de abrazar la tierra y ésta no deja de asomarse al mar.

No sé qué nombre es más sonoro y hermoso, si Helesponto o Dardanelos, pero cualquiera de estas palabras trae a mi mente la belleza de una lengua culta, que dejó atrás los lenguajes guturales y monosílabos que se fueron formando en la prehistoria, y, últimamente, durante mi viaje por Grecia y Asia Menor, he encontrado otra palabra vinculada al grandioso valle inundado que también merece mi admiración. Esta palabra es Çanakkale y es el nombre de la provincia turca y también de la ciudad que se considera la más importante de los Dardanelos.

Navegar por este legendario estrecho con las aguas en calma, el aire luminoso, la brisa suave y cálida y el cielo azul, lleva a la mente y al espíritu a los tiempos mitológicos, de dioses y héroes, y a recordar a Homero, pues el regalo supremo de los Dardanelos es poder contemplar a muy corta distancia, en la parte asiática,  cuando se une el estrecho con el mar Egeo, la costa donde arribaron las naves aqueas para rescatar a la esposa de Menelao. En esa costa estuvo Troya y personajes históricos o legendarios como Aquiles, Agamenón, Helena, Paris, Héctor, y los otros muchos que aparecen en la Ilíada…

Mi viaje no fue un crucero de placer. Fue un grandioso y emocionante encuentro con la historia y la cultura.

25 de julio de 2013 

Luis de Torres


   


  


martes, 18 de junio de 2013

PREFERENTES

Palabra ominosa, que provoca temor y angustia, que parece salida del averno para castigar a las personas inocentes, y que da la sensación de estar en contra de su propio significado, pues, como adjetivo, se nos dice que este vocablo se define como “tener preferencia o superioridad sobre algo”, que lo interpretamos en un sentido positivo; es decir, que lo preferente es mejor que lo ordinario, lo normal o lo general.

Sin embargo, los creadores de las participaciones, obligaciones, acciones u otro tipo de documentos, enmarcados en la llamada ingeniería financiera, adornaron sus productos con un adjetivo atrayente y sugestivo, pero nefasto, terrible, e inmoral en su realidad, y así surgieron las participaciones preferentes o cualquier otro engendro similar, que, lejos de ser preferenciales en un sentido positivo, sólo llevaban en sus entrañas la preferencia para poder abusar, engañar, defraudar y estafar impunemente a los honrados inversores, de manera que parte del dinero entregado fuera a parar a los bolsillos de los creadores de tan funesto producto que, en apariencia, era legal, pero que en el fondo era de una injusticia manifiesta porque los inversores tenían una pérdida de difícil justificación e improbable recuperación.

Ahora estamos viendo cómo miles de ciudadanos están manifestándose contra las entidades que comercializaron los engañosos productos financieros, y también contra las autoridades políticas y financieras que nada hicieron para evitar el monumental atraco, que, para mayor escarnio, se centraba en los humildes y medianos ahorradores que, poco a poco, año tras año, y con enorme tenacidad, iban arañando unas pesetas, o unos euros, a sus quizá menguados ingresos para contar en el ocaso de sus vidas con un fondo que les pusiera a cubierto de imprevistos, o que complementara una posible raquítica pensión de jubilación.

Pero, además de estos ahorradores maltratados y ultrajados por los desaprensivos creadores y comercializadores de las participaciones preferentes, y, asimismo, desprotegidos por las autoridades políticas y financieras, que nada hicieron en el pasado, y poco están haciendo en la actualidad, en este diabólico asunto existen otras víctimas que se convirtieron en cómplices del pseudo-legal delito, quizá de forma inocente o, lo más probable, porque fueron obligados a entrar en el fraudulento juego. Nos referimos a los empleados de las cajas de ahorro y bancos que, siguiendo las severas instrucciones de sus superiores sobre la consecución de objetivos, no tuvieron más remedio que convencer a muchos ahorradores, de bajo o medio nivel, de las supuestas bondades del nuevo producto y, por tanto, de la conveniencia de trasladar sus fondos a esta nueva forma de inversión, ocultando, por supuesto, los riesgos que se podían correr, riesgos que, posiblemente, hasta algunos de estos empleados desconocían. En definitiva, una maligna, desgraciada y nebulosa actuación que se extendió por toda España, causando un daño terrible a miles de españoles, daño que todavía no se ha solucionado, y que no sabemos si algún día llegará a tener un final feliz, pero lo que sí sabemos es que, por ahora, ningún culpable ha ido a la cárcel, el dinero defraudado se ha volatilizado y los engañados, víctimas inocentes de todo este montaje, están viviendo entre la angustia, la desesperanza y el rencor hacia esta democracia tan apartada de la justicia.

Luis de Torres

2 de mayo de 2013

miércoles, 17 de abril de 2013

CAMINANDO POR LA DESILUSIÓN



Fuimos muchos los españoles que, casi ahogados por las pestilentes vaharadas que se desprendían de las infames disposiciones que aprobaban los políticos progresistas, decidimos ir a las últimas elecciones generales con el firme propósito de llevar al poder a un partido que pusiera orden en España, que barriera toda la legislación que va contra el sentido común, las buenas costumbres y las leyes naturales, y que la justicia actuara con presteza, energía e imparcialidad contra todo tipo de delincuencia y contra los que incumplen las normas establecidas en nuestra Constitución. El propósito que nos marcamos infinidad de españoles salió adelante y las urnas ofrecieron al Partido Popular una victoria con mayoría absoluta, que les daba la posibilidad de gobernar con holgura, cumplir con sus promesas electorales, y dar la debida satisfacción a sus electores.

Pero he aquí que los políticos que llegaron al poder, una vez pasado el primer momento feliz, el fervor, la vehemencia y las alharacas correspondientes a su victoria, empezaron a olvidarse de sus promesas electorales, no sabemos si fue porque el peso que habían asumido era demasiado oneroso, porque no tenían claro por donde debían empezar, porque querían moverse con cautela y prudencia, o porque la Unión Europea les había impuesto obligaciones que trastocaban el orden a seguir en sus planes de gobierno.

Por una causa o por otra, lo cierto es que los electores no encontrábamos justificación a la laxitud que estábamos observando en el quehacer del gobierno y ahora nos hallamos mohínos, disgustados, descontentos y malhumorados porque la masiva confianza que depositamos en el Partido Popular no se ha visto correspondida como todos esperábamos, y el futuro que contemplamos no lo vemos ni con nitidez ni con esperanza, y ojalá que estemos equivocados en nuestra percepción del presente y del porvenir.
Todavía tenemos en nuestra mente asuntos de suma importancia que, lejos de haber sido resueltos, están paralizados, u olvidados, o colocados al final de la lista de todas las acciones gubernamentales, o guardados en el polvoriento y reseco cajón de las promesas incumplidas, que todos los gobiernos suelen utilizar, sin que les importe un bledo el posible enfado de sus electores.

Hace muy poco tiempo, parte de la ciudadanía española se manifestó a favor de la vida, que es tanto como recordar a nuestros gobernantes que se hace necesario derogar ya, en su totalidad, sin más demora, la infame ley de la interrupción voluntaria del embarazo, que va contra las leyes naturales y contra la justicia en estado puro, porque no se puede considerar un derecho de la mujer que ésta pueda decidir la privación de la vida a su hijo no nacido, ni tampoco ninguna persona tiene el derecho a colaborar o intervenir en un aborto provocado.

También hay que derogar la ley de los matrimonios entre personas del mismo sexo, porque las uniones matrimoniales tienen, en su base, la continuación de la especie humana, y de ahí que el matrimonio sea la unión legal, civil o religiosa, o ambas, de un hombre y una mujer. Las uniones de personas del mismo sexo no pueden cumplir con la ley natural de la continuidad de la especie humana, y, por tanto, su unión debe tener otro nombre u otra consideración civil.

No podemos olvidar tampoco que el anterior gobierno socialista derogó el Plan Hidrológico Nacional por cuestiones meramente políticas o partidistas, y con esta insensata actuación gubernamental se cometió una tremenda injusticia, ya que se condenó a una gran parte de España a seguir sufriendo la sed endémica de siglos, aumentada en los últimos tiempos debido a la mayor demanda de agua para una creciente población, para la industria, y para la agricultura, y esta situación de carencia se consintió deliberadamente a pesar de que la España húmeda contaba con excedentes hídricos, como está ocurriendo ahora que, debido a las importantes precipitaciones de agua y nieve, no sólo se han colmado varios pantanos y posiblemente se hayan recuperado muchos acuíferos, sino que, además, y por un exceso de agua, se han inundado varias localidades y se han anegado campos de cultivo con pérdida de las cosechas.

Por todo lo expuesto, también urge que se active nuevamente el Plan Hidrológico Nacional y que se llegue a la interconexión de cuencas, en el entendimiento de que los caudales a trasvasar sean los sobrantes que se produzcan en determinadas cuencas, esos volúmenes de agua que pueden causar daños en unas zonas, y que su desvío en ciertos momentos a otras tierras sedientas pueden aliviar la tradicional falta del codiciado y necesario líquido elemento.

Quedan otras cosas pendientes de resolución u ordenación, y será necesario promulgar nuevas leyes, o modificar y reestructurar leyes que ya fueron aprobadas, pero que tienen graves defectos, mas estos asuntos, de momento, los dejamos para comentarios futuros.

jueves, 21 de marzo de 2013

AHORRADORES EN PELIGRO




La noticia se difundió con rapidez. Los grecochipriotas, esos seres que también pertenecen a la Unión Europea, por habitar la parte griega de la isla, desvinculada de la parte norte turcochipriota, iban a ser víctimas, más allá de toda lógica, de la locura y el despropósito, tanto de los dirigentes de esa mal llamada y malhadada Unión Europea, como de las autoridades chipriotas, que se están viendo obligadas a tomar decisiones injustas para intentar salir de la precaria situación financiera en que se encuentran.

La proposición que tanto revuelo causó en el ámbito europeo no era otra que gravar a los depósitos dinerarios con un impuesto o tasa, de tipo variable, en función de los saldos de las cuentas, con objeto de obtener unos ingresos que pudieran equilibrar, en cierta medida, la falta de liquidez del estado chipriota y, además, cumplir con las exigencias de las autoridades europeas, derivadas de la posible concesión de un préstamo de unos 10.000 millones de euros.

Este asunto, visto desde la frialdad de los tecnócratas financieros, parece aceptable y correcto, pero cuando se examina bajo la óptica de la ética, la lógica, la justicia y el derecho consuetudinario, no sólo en Chipre sino en la mayoría de las naciones, es un asalto inconcebible al orden establecido, un saqueo, un atraco y cualquier otra cosa que se pueda decir con relación a la injusticia, la imprudencia y la incompetencia de los gobiernos.

Tradicionalmente, y desde hace mucho tiempo, el dinero que se depositaba en una cuenta bancaria, a la vista o a plazo, era intocable, y nadie, aunque se tratara de banqueros o autoridades, podía disponer de ese dinero que, además de tener un dueño legal, se le suponía un origen lícito, honrado y correcto. Es más, los saldos que aparecían en las cuentas tenían hasta el carácter teórico de “sagrados”, por la inviolabilidad que se les atribuía.

Ahora, sin embargo, las autoridades que debían velar por el orden y el buen gobierno son las que cometen las trapacerías y abusos que dañan a los ciudadanos, sean éstos buenos o malos, cumplidores o defraudadores. ¿Dónde está la justicia? Si algunas personas ostentan la propiedad de depósitos que, supuestamente, tienen un origen ilícito, las autoridades son las llamadas a perseguir esas prácticas delictivas, porque es inaceptable que para corregir un problema que, posiblemente, fue causado por gobernantes, banqueros o especuladores incompetentes, ambiciosos o corruptos, los ciudadanos honrados tengan que cargar con una culpa que no tienen.

El impuesto o tasa que se pretende poner a los depósitos bancarios puede equipararse a una epidemia, porque las personas ven en esta desquiciada proposición un peligro de contagio, y que lo que ahora sufren los chipriotas pueda alcanzar a otras naciones europeas, por mucho que se nos diga que los demás estamos exentos del peligro, porque nuestras economías y finanzas no se parecen a las de Chipre. Una vez que se ha cometido una tropelía, los ciudadanos que estamos inmersos en la misma entidad política supranacional podemos estar, o ya estamos, alarmados y temerosos de que alguien quiera también implantar la ilegal quita en algún otro territorio de nuestra inestable Europa.

En tiempos pretéritos, aunque todavía cercanos, el ahorro se consideraba como virtud, que podía incluirse entre las virtudes cardinales de Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza, pero ahora ha dejado de ser virtud para convertirse en pecado capital, similar a la avaricia, y, por tanto, merecedor de ser castigado. ¡Qué cosas tan infames nos ha traído la democracia!

Menos mal que el Parlamento de Chipre ha rechazado el plan para gravar los depósitos bancarios. Ojalá que logren su propósito. Los restantes europeos se lo agradeceríamos.



Luis de Torres



20 de marzo de 2013





jueves, 7 de febrero de 2013

¿ESTAMOS DE VERDAD EN DEMOCRACIA?


 
En la reciente historia de España, hemos conocido dos dictaduras, y aunque la primera fue la de Primo de Rivera, y posiblemente queden pocas personas adultas que la hayan vivido, si es que todavía queda alguna, la segunda, la tan denostada, criticada, censurada y odiada de Franco la hemos conocido y soportado, con placer o con disgusto, muchas personas que todavía estamos aferradas a la vida, y que tenemos capacidad para emitir un juicio comparativo en relación con la actual forma de gobierno que llamamos democracia.   

Sin meternos a analizar las bondades, atropellos, errores o aciertos de aquellos años posteriores a la guerra civil española, pues esto lo dejamos para los historiadores neutrales, aquella forma de gobierno tenía un nombre claro y rotundo: dictadura, y todos sabíamos dónde estaba el poder, qué podíamos esperar de aquella situación de duración indeterminada, cómo teníamos que comportarnos los ciudadanos, y qué castigo podríamos recibir si infringíamos las leyes de aquella época.

Ahora, desgraciadamente, no sabemos cómo se llama la forma de gobierno que guía nuestras vidas, aunque nos dicen que lleva el título de democracia, pero cuando me asomo al diccionario veo que éste nos da las siguientes acepciones, aparte de informarnos que se trata de una palabra derivada del griego: “Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno” y “Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado”. Estas dos acepciones se ajustan a lo que deseamos los españoles, pero me queda la tremenda duda de que no se están aplicando en nuestra democracia. Es cierto que los ciudadanos vamos a las urnas y votamos al partido que goza de nuestras preferencias, pero después no vemos que se hagan realidad nuestras ideas, las que defendimos con nuestro voto, aunque nuestro partido se haya alzado con la victoria electoral. Entonces empezamos a pensar que se ha alterado la etimología de la palabra democracia, y que, en la práctica, ha desaparecido la primera mitad del vocablo; es decir, “demo”, que significa pueblo, y ha permanecido “cracia”, que significa dominio o poder. Entonces, ¿qué tenemos ahora? Sólo se me ocurren tres palabras que no están validadas por la Real Academia Española de la Lengua. Estas palabras son: Partidocracia, Politocracia y Oligocracia, y los españoles estamos sufriendo las consecuencias del trasfondo de alguna de las citadas palabras, y no solamente ahora sino desde hace muchos años.

Hago estas disquisiciones preliminares porque los ciudadanos estamos asistiendo últimamente a unas luchas encarnizadas entre los partidos políticos, donde parece que es más importante defender la composición del grupo, las ideas del partido, y el poder de éste, que la vida, el bienestar, el trabajo y la felicidad de las personas, que están convertidas en espectadores a los que hay que adoctrinar, o lanzarlos a la calle a vociferar y a crear disturbios, según convenga a los políticos.

Los tan aireados papeles del Sr. Bárcenas, que todavía no sabemos si son correctos o falsos, o si se redactaron en una sola fecha o a lo largo de varias etapas, pues esta determinación la tendrán que hacer los Tribunales de Justicia, según las pruebas que se presenten y las investigaciones o indagaciones que se hagan en su día, han desatado una oleada de críticas, acusaciones, aseveraciones e insultos por parte de los partidos de izquierdas contra el gobierno conservador que está en el poder, sin importarles el daño que su actuación podía hacer a la economía española, y al prestigio de España en el concierto internacional, por no contrastar previamente la veracidad de los hechos en que basaban sus algaradas, que, además, no solamente alcanzaron las calles y plazas de las principales ciudades españolas sino que también se filtraron en las redes sociales, en los correos electrónicos y en buena parte de los medios de comunicación.

La verdad absoluta todavía no la conocemos, como ocurrió con otros escándalos que fueron apareciendo en el pasado, y que se están diluyendo en el tiempo porque ciertos políticos prefieren la oscuridad a la luz, y la manipulación interesada al orden y las leyes. Puede ser que el partido que ahora está en el gobierno haya cometido irregularidades, pero las pruebas que se exhiben, de momento, parecen muy frágiles, o quizá no tengan más adelante el carácter de pruebas, si se determina que son falsas, aunque eso ya lo investigarán y estudiarán los jueces, y, por tanto, en las primeras fases del problema, sin que exista un pronunciamiento de la justicia, hay que tener prudencia y mesura, y no crear violencia, manifestaciones incontroladas y acusaciones sin fundamento real, porque el espectador pacífico, ése que no toma la calle ni vocifera, puede pensar que las revueltas que contempla son el fruto de la rabia y desesperación de algunos políticos por haber perdido el poder y no encontrar el camino para recuperarlo. Tenemos derecho a vivir en una democracia justa, y a exigir que se eviten los alborotos y tumultos injustificados. Y que si alguien piensa manifestarse con acritud, dureza o violencia, más allá de las leyes, y sin hacer examen de conciencia, que recuerde esta frase: “El que esté libre de pecado o culpa que tire la primera piedra”.

 6 de febrero de 2013  

Luis de Torres












lunes, 31 de diciembre de 2012

EL PELIGRO DE LOS ILUMINADOS

Todos los seres humanos estamos sujetos a muchas y variadas circunstancias que pueden alterar nuestras vidas, y siempre estamos temiendo que nos alcancen graves enfermedades, que nos veamos inmersos en catástrofes producidas por inundaciones, terremotos, incendios, crisis financieras, o, como dicen los ingleses, por actos de Dios, sobre los que no tenemos control, y que son imprevisibles, angustiosos y dañinos. Sin embargo, cuando repasamos la historia, y especialmente nos fijamos en lo acaecido en los dos últimos siglos, llegamos a la conclusión de que no hay nada para el género humano que sea tan terrible, devastador, incomprensible, doloroso y destructor de cuerpos y almas, como la aparición en nuestras vidas de esos seres iluminados, que creyéndose en posesión de la verdad absoluta, de una insuperable capacidad de mando y liderazgo, y de unas ideas excepcionalmente buenas para sus conciudadanos, o para su ego, dan rienda suelta a su ciega ambición y soberbia, desoyen los consejos de los seres prudentes, pisotean las leyes, y se lanzan a la desquiciada aventura de llevar a la práctica sus equivocadas ideas y deseos, sin tener en cuenta el tremendo dolor, daño y sufrimiento que pueden sembrar a su alrededor.

Como iluminados que dejaron una profunda huella en la historia, más por el daño que hicieron que por las grandezas que ellos esperaban conseguir y no lograron, cabe citar a Napoleón y a Hitler, que, en su tiempo, tuvieron muchos seguidores, aunque éstos no supieron ver al principio que aquellas ideas y doctrinas que estaban apoyando los iban a llevar a una tremenda catástrofe.



Napoleón, con sus grandes victorias y terribles derrotas, llevó la muerte y la desolación a casi toda Europa, y aunque Francia lo tenga ahora como un héroe, los franceses de su época, posiblemente, habrían preferido llevar una vida humilde y en paz, pero las exaltadas ideas de su emperador sólo les trajeron miseria, dolor, penalidades y muchos, muchos cadáveres, además de la indignidad de la derrota definitiva en Waterloo y el destierro de Napoleón a Santa Elena y su muerte allí, en mitad de la nada. Su gloria fue efímera, pues a los 45 años ya estaba preso, y su vida muy corta, ya que al fallecer tenía solamente 51 años. Su sueño se desvaneció, y su derrota fue total, terrible, y humillante, que es lo que, al final, les suele ocurrir a los iluminados.

Hitler, que también encandiló a muchos alemanes con sus ideas, pues era una nación que había perdido ya una guerra, y tenía grandes deseos de remontar aquella derrota y sus consecuencias, pregonó en sus discursos y panfletos la supremacía de la raza aria, el pangermanismo, la expansión territorial, el odio a judíos, marxistas, eslavos y personas supuestamente inferiores, formó, adiestró y disciplinó, quizá, el mayor y más poderoso ejército que había existido hasta entonces, y en 1939 invadió Polonia, que fue la causa del comienzo de la II Guerra Mundial, y durante un par de años y, como hizo el corso Napoleón, ganó muchas batallas, aunque pronto, después de sus éxitos iniciales, probó el amargo sabor de las derrotas, hasta la total destrucción de la poderosa máquina de guerra alemana. La gloria de Hitler también fue efímera, pues en menos de seis años todas sus ideas, doctrinas y expectativas de grandeza se colapsaron, y también su vida fue corta, pues cuando le alcanzó la catástrofe militar final y tuvo que optar por el suicidio sólo tenía 56 años. Sin embargo, durante tan corta vida, lejos de encumbrar a Alemania al puesto de preeminencia que tiene hoy, hundió a la nación germana en la miseria y el horror y escribió en la historia mundial la página más dramática, sangrienta y terrible de todos los tiempos, una página que muchos europeos hemos vivido y aún recordamos.



Para acabar con las catástrofes de la guerra, las naciones europeas, al final de la II Guerra Mundial, acordaron terminar y olvidar las desavenencias y llegar a una unión de naciones, y actualmente ya tenemos un grupo que hemos llegado a denominar Unión Europea, aunque todavía nos queda un largo camino que recorrer hasta lograr la unión real y verdadera de todos los países que ansiamos la paz, el trabajo, el entendimiento, la concordia y el bienestar social. Quizá para alentarnos a seguir por ese camino de unión y buena voluntad la Unión Europea ha sido galardonada recientemente con el Premio Nóbel de la Paz.



Sin embargo, esa unión que estamos persiguiendo con tanta tenacidad desde hace más de 65 años, no la desea un grupo de españoles ubicado en la parte oriental del antiguo reino de Aragón, que ahora conocemos como Cataluña, pues ha surgido un político iluminado, que, como otros anteriores, está en contra del orden establecido, y, con el apoyo de sus incondicionales, pretende independizarse de España, que es su patria, y navegar en solitario y como apátrida por aguas procelosas, en busca de una gloria inalcanzable, pues las aventuras basadas en desvaríos, en el incumplimiento de las leyes, en el egocentrismo y en la supuesta superioridad de una raza o etnia, sólo pueden llevar a la confrontación con el resto de los españoles, con el consiguiente daño y sufrimiento para todos, y si los levantiscos catalanes no cejan en proclamar y exigir los derechos que se arrogan, pero que no tienen, podrían traernos la desgracia de tener que utilizar la fuerza, y entonces la bandera española tendría que desfilar escoltada por las armas, y éstas amparadas por nuestra Constitución. Podría ocurrir que, como les sucedió a Napoleón y a Hitler, la gloria catalana fuera efímera o inexistente, el daño causado grande y doloroso, y la derrota final, como colofón a tanta insensatez, humillante y terrible.

Luis de Torres

29 de diciembre de 2012

sábado, 10 de noviembre de 2012

EL DOLOR DE LOS DESAHUCIOS

Últimamente estamos recibiendo verdaderos torrentes de noticias duras, desagradables y penosas, relativas al enorme número de personas que, en España, pierden su vivienda por no haber podido pagar su hipoteca y haberse decretado su ejecución y salida a subasta del bien hipotecado.

Cuando se piensa en la tragedia que se produce en una familia que pierde su vivienda, que se encuentra en la calle, que no tiene una salida posible a su terrible situación, y que ni las autoridades, ni los bancos, ni la sociedad le ofrecen alternativa alguna que mitigue su desgracia, porque todo se hace de acuerdo con la ley, la sangre se hiela en nuestras venas y nuestro corazón se encoge de dolor y de impotencia, y quizá en nuestra mente se revuelva y nos hiera aquel dicho, lógico y sensato, de “no querer para nadie lo que no quieras para ti”.

Pero ¿qué hemos hecho para que esta desgraciada epidemia de los desahucios se haya instalado en España de forma tan aterradora? Desgraciadamente, no hay una sola respuesta para esta pregunta, porque las causas son varias, entre las que se cuentan la ineptitud de muchos políticos, la ambición y desatino de muchos banqueros, el incumplimiento de los deberes de algunas instituciones, la incultura, la ignorancia y el afán desmedido de enriquecimiento de algunas personas, y el derrumbamiento de una época de ficticia prosperidad.
 
Ahora se están elevando voces que se quejan de la Ley Hipotecaria que da lugar a tanta desgracia, y piden que se modifique esta ley para hacerla más humana y más justa, pero, aunque quizá se deba mejorar la citada ley, y yo deseo que se haga, no debemos olvidar que buena parte de la actual situación se debe, en mayor medida, al incumplimiento de normas y conductas ya establecidas desde hace mucho tiempo, de no haber sido rigurosamente cumplidores los obligados a regirse por las “buenas prácticas bancarias”, que las olvidaron para adorar y encandilarse con las “equivocadas y peligrosas prácticas especulativas”, a la dejación, por parte de los responsables del Banco de España, de sus claras e inexcusables obligaciones de seguimiento y control del mundo financiero, y a la atonía, la despreocupación, la conveniencia, la ineptitud, o la falta de capacidad gestora y visión de la realidad de los gobernantes socialistas, que durante los últimos años de su permanencia en el poder dedicaron más tiempo, esfuerzo y palabrería en sacar adelante leyes disparatadas y detestables, que iban en contra de las leyes naturales, en vez de encauzar las finanzas, la economía y la actividad industrial y comercial por el camino recto, para así evitar la hecatombe que estamos sufriendo.

Aunque ahora el propio partido socialista pida la reforma de la Ley Hipotecaria, al contemplar la miseria que nos ha traído su política progresista, hemos de recordar que muchas hipotecas se concedieron durante la bonanza del negocio inmobiliario que se vivió en las últimas legislaturas socialistas, pero nadie del gobierno frenó la locura financiera que se estaba desarrollando, ni nadie pidió que se reformara, modificara o, incluso, derogara la Ley Hipotecaria. Y de aquel vacío en el buen hacer político, del que nadie quiere ser responsable, vinieron las penas, las angustias, los lamentos y los odios de muchos españoles que ahora no tienen casa, ni un humilde refugio donde cobijar sus maltrechas vidas, ni fuerzas para seguir luchando.
 
Sí, la Ley Hipotecaria debe modificarse, pero también las conductas de los hombres, sean banqueros o políticos, funcionarios o profesionales libres, trabajadores o empresarios, porque la situación actual se gestó porque muchos españoles dejaron la línea recta para caminar por la sinuosa vía que, ¡vana ilusión!, podría llevarles a El Dorado.

La posible reunión de socialistas y conservadores para encontrar una solución justa y equitativa para todas las partes, pero, sobre todo, para terminar con los dolorosos desahucios, no va a ser tarea fácil, porque muchas escrituras de hipoteca, aunque hayan gozado de la legalidad, tendrán, quizá, cláusulas abusivas y condiciones que estarán lejos de la justicia y la ecuanimidad que deben tener actos jurídicos que tanto pueden afectar a las personas.

Por ello, me atrevo a citar algunas condiciones que deberían aparecer en las hipotecas, que no se tuvieron en cuenta en el pasado reciente, y que pueden mejorar notablemente estas operaciones financieras:

-Que la tasación del inmueble, que se deberá hacer con estricta sujeción a los valores inmobiliarios reales y justos de ese momento, sea inamovible a lo largo de la vida de la hipoteca, no pudiéndose admitir el caso de una nueva tasación si el banco tiene que ejecutar la hipoteca.

-Que el inmueble hipotecado tiene que ser la única garantía real que tenga el banco en el supuesto de falta de pago de las cuotas establecidas, por lo que no pueden existir, ni exigirse, garantías complementarias de ningún tipo.

-Que la hipoteca que se conceda no podrá ser superior al 70% del valor de tasación, considerando, naturalmente, que la tasación se ha efectuado correctamente.

-Que en el caso de que el deudor no pueda hacer frente a sus obligaciones hipotecarias, el banco no ejecutará la hipoteca y se limitará a aceptar la fórmula conocida como “dación en pago”; es decir, entrega de la vivienda o inmueble en pago de todas las deudas.

-Que una vez que el banco reciba el inmueble como dación en pago vendrá en la obligación de conceder a la persona que ha entregado su vivienda, si ésta lo solicitare, un período de tiempo, no inferior a tres años, para seguir ocupando su vivienda como arrendatario, previo pago de un alquiler mensual que no excediera del 50% del valor de los alquileres que existan en el mercado para igual o parecida situación, calidad y superficie.

Luis de Torres