sábado, 31 de diciembre de 2011

VIVIR EN DEMOCRACIA

Hubo un poeta mejicano, llamado Francisco Alarcón de Icaza, que se enamoró de Granada, y dejó para la posteridad los versos más hermosos para ensalzar la belleza de la citada ciudad andaluza:

Dale limosna, mujer,
que no hay en la vida nada
como la pena de ser
ciego en Granada.

Y, efectivamente, Granada cristiana y mora, de monumentos grandiosos y montañas blancas y altivas, de historia y de leyenda, hay que verla y gozarla con la vista y el corazón. Por eso, el poeta mejicano aseguró que la ceguera era la gran desgracia de una persona que viviera en Granada. Posiblemente, aquel ciego oiría sus campanas, escucharía las palabras de la gente, el murmullo de las aguas del Darro y el Genil, sentiría en su cara la brisa fresca de la montaña y gozaría de los aromas y olores de sus flores, de sus árboles y de la tierra húmeda. Pero no podía ver Granada…

Recordando estos versos sobre Granada, se formaron en mi mente otros versos que también entrañan la pena de no tener, de no ver y de no vivir lo que tanto hemos ansiado y deseado. Y mis versos quedaron así:

Dame paciencia, Señor,
para aguantar la desgracia
y soportar el dolor
de vivir en democracia.

Lo que se expresa en mis versos puede parecer una barbaridad, pero no es menos cierto que la democracia la recibimos, en su día, con una aureola de rutilante belleza, grandes virtudes, libertad bien entendida, igualdad para todos, futuro prometedor, bienestar material y serenidad espiritual, pero todo esto, con el paso del tiempo, y la equivocada gestión de buena parte de nuestros gobernantes, ha ido perdiendo brillo y ahora la democracia ya no es tan hermosa y deseada como cuando terminó la dictadura. Por eso, en estos tiempos se habla de regeneración democrática, para volver a vivir las bondades y virtudes perdidas, que, contrariamente a lo que le ocurría al ciego, que no podía ver Granada porque sus ojos no se lo permitían, nosotros no podemos sentir la democracia porque nuestro corazón y nuestra mente, que no nuestros ojos, no están llenos e inundados de los valores democráticos que tanto soñamos.

Ayer, el nuevo Gobierno dictó normas y reformas para intentar mejorar nuestra situación económica y financiera, y quizá todo se haya hecho con la mejor buena fe e intención. No obstante, subyace un error que ensucia la democracia: Los problemas los tenemos que pagar todos, los inocentes y los culpables, y posiblemente en mayor medida los inocentes, esos que se denominan la clase media, que no crearon los problemas, pero que los sufrieron y los siguen sufriendo. Y los culpables existen, y todos sabemos o intuimos quiénes son, pero nadie se atreve o quiere juzgarlos. Parece que no todos somos iguales ante la ley.

Los jubilados van a tener una mísera subida del 1%, y habrá que decir que menos da una piedra. Pero yo sí quiero decir que hace dos días fui a comprar una caja de leche desnatada y había tenido una subida del 4%. Es la leche que compran muchos jubilados, y seguirán apareciendo muchas otras subidas, y los inocentes viviremos en una constante pérdida del poder adquisitivo y, además, pagando los desmanes de los culpables.

Luis de Torres

31 de diciembre de 2011

domingo, 25 de diciembre de 2011

CONFIANDO EN EL FUTURO

Ya tenemos nuevo Presidente del Gobierno y también los Ministros que deberán llevar adelante la regeneración y el orden en la democracia, la economía, las finanzas, el entramado social del trabajo y las prestaciones, y la dignidad y moralidad que enriquezcan nuestras vidas, ya que el anterior gobierno socialista, con sus equivocadas políticas progresistas, había dejado reducidas a escombros todas estas cuestiones, llevando a la mayor parte de la ciudadanía a un estado de desgracia colectiva, de insatisfacción, de dolor y de incertidumbre.

La llegada del partido conservador la deseábamos muchos españoles y, afortunadamente, la conseguimos, porque estábamos viviendo en la angustia y el oprobio de la desquiciada política socialista, y teníamos que salir de tan nauseabunda situación si queríamos respirar aire puro.

Ahora ya hemos conseguido un gobierno con otro color y con otros modales, pero no quiero pronunciarme sobre sus bondades, capacidades, conocimientos, o espíritu de lucha, porque todo esto se nos irá desvelando con sus acciones y con el correr del tiempo. Simplemente, doy la bienvenida a todos sus miembros, porque todos, en principio, llegan con la aureola de la honradez y del buen hacer.

Por ello, desde la confianza que inspiran a muchos españoles, les quiero pedir que tengan en cuenta en la gobernabilidad de nuestra patria las siguientes acciones:

Que destierren de la política la memez de la paridad y que siempre tengan en cuenta que los cargos de importancia los deben ostentar los mejores, sin considerar el sexo ni las matemáticas elementales.
Que deroguen cuanto antes las leyes criminales e indecentes que nos dejó el anterior Gobierno.
Que no se dejen convencer por el victimismo lacrimoso de los separatistas, que lo único que pretenden es que se les considere a mayor nivel que el resto de los españoles.
Que se anulen o supriman todos los caprichos caros, innecesarios y hasta ilegales de algunas autonomías.
Que se prohíba anteponer las leyes de los Gobiernos regionales a las leyes, decretos, órdenes y normas del Gobierno central.
Que se rescaten transferencias cedidas a las autonomías, que deben ser competencias exclusivas del Estado español.
Que se advierta a las autonomías que la transgresión de las leyes estatales puede dar lugar a la suspensión de la autonomía, como está establecido en la Constitución española.
Que se reformen dos leyes muy importantes: La ley electoral para que las minorías no puedan convertirse en árbitros y dirigentes de la política nacional, y la ley penal para que los delitos en España se castiguen con rigurosidad, sin beneficios penitenciarios, y hasta con cadena perpetua efectiva.
Que se investiguen las causas y los causantes de todo el desastre económico y financiero que tenemos como herencia del anterior Gobierno, y si se llegare a conocer los causantes, que se les juzgue y se les castigue como corresponda según nuestras leyes.


Espero que, a partir de ahora, España y los españoles vayamos por el buen camino y que pronto alcancemos el nivel de bienestar que ya tuvimos en el pasado y que, asimismo, nuestra querida patria ocupe en el concierto internacional el puesto que le corresponde por su historia, su capacidad, su cultura y su espíritu de lucha.

Luis de Torres

25 de diciembre de 2011













lunes, 12 de diciembre de 2011

DESUNIÓN Y DESORDEN



En estos últimos tiempos, los ciudadanos de a pie, esos que no tenemos cargos políticos, ni una situación económica desahogada, ni caminamos por el fango de la especulación y el engaño, y que sólo ponemos interés en nuestras familias y en nuestro trabajo (si es que lo tenemos) o en el cobro puntual de nuestras menguadas pensiones, no entendemos lo que pasa a nuestro alrededor, ni por qué todas las naciones tienen problemas, de mayor o menor importancia o cuantía, pero problemas al fin, ni cómo es posible que sea tan difícil llegar a acuerdos entre todos los afectados para enderezar las economías, las finanzas, los gastos y los ingresos, dotar de solidez a las monedas y encauzar todas las actividades por el camino recto.

Comienzo con este preámbulo porque el pasado sábado, 10 de diciembre de 2011, los Jefes de Estado o de Gobierno de 26 países de la Unión Europea firmaron un acuerdo de integración fiscal en la Unión Europea, con la excepción del Reino Unido y la provisionalidad de unos pocos países que tenían que consultar con sus parlamentos o con sus ciudadanos, y este importante documento me llevó a pensar que, por fin, los gobernantes europeos se habían dado cuenta que todos íbamos por un mal camino, pues en vez de dirigirnos a la meta marcada en un principio, que hablaba de unión total, incluida la unión política, seguíamos con nuestras disputas, desavenencias y derechos nacionales, olvidando que la unión hace la fuerza y la desunión lleva al fracaso y a la derrota.

La situación límite a que habíamos llegado nos ponía a todos, a los fuertes y a los débiles, a los que queríamos los Estados Unidos de Europa y a los llamados euroescépticos, en una tesitura muy peligrosa, pues ya se adivinaba, con mucho temor y preocupación, que se llegara a la ruptura de la Unión Europea, que se perdiera todo el trabajo de cohesión y ensamblaje de tantos años y que, dentro de este desastre, se colapsara el euro y, con nuestra moneda, las finanzas y las economías.

Parece que el mencionado acuerdo, a pesar de sus iniciales debilidades, que las tiene, ha sido un paso importante para salir de este agobiante desorden que estábamos viviendo, aunque es lógico pensar que, aún en el mejor de los casos, el orden, la prudencia y la disciplina tardarán en establecerse plenamente dos o tres años más. Ahora, sin embargo, este esperanzador acuerdo fiscal nos sigue recordando que la desunión sigue viva en la Unión Europea y que el egocentrismo está todavía implantado en el alma de algunos europeos. Me refiero a la auto exclusión del acuerdo que ha protagonizado el representante del Reino Unido, que ha roto la exigencia de unanimidad para tomar determinadas decisiones y que ha obligado al resto de países a utilizar la fórmula de “acuerdos intergubernamentales” para poder firmar el acuerdo de integración fiscal.

Esta ausencia increíble del Reino Unido puede que esté fundamentada en varias cuestiones: En la pérdida de preeminencia entre las naciones europeas, puesto que ahora el Reino Unido ya no es la potencia económica de Europa, el recuerdo de su victoria sobre Alemania en la segunda guerra mundial y el liderazgo que la nación germana tiene actualmente en nuestro continente, la resistencia a dejar la libra esterlina que tan valiosa fue durante el imperio británico y como pétreo sostén de la supremacía de la City de Londres en las finanzas mundiales, la amistad inquebrantable con los Estados Unidos, superior a la que muestra con las naciones europeas, y “last but not least” (lo último pero no lo menor) el lema en francés que aparece al pie de su escudo “Dieu Et Mon Droit “ (Dios y mi derecho). Mientras los británicos lleven en su corazón esta frase en francés, que se remonta a varios siglos atrás, y no se desprendan de su orgullo, será muy difícil que se integren plenamente en la Unión Europea. Las demás naciones también tenemos nuestro orgullo nacional, porque, asimismo, poseemos páginas gloriosas en nuestra historia, pero ahora, sin olvidar nuestro pasado, estamos dispuestos a perder una parte de nuestra singularidad y de nuestra soberanía para integrarnos en una gran nación europea que se asiente en el orden, el trabajo, el entendimiento, el respeto mutuo y la paz, la bendita paz de los pueblos que ya no quieren la guerra para dirimir sus controversias.

12 de diciembre de 2011

Luis de Torres

martes, 22 de noviembre de 2011

EL FUTURO AZUL

Remedando a Federico García Lorca, que en su Romance Sonámbulo empezaba diciendo “Verde que te quiero verde”, yo también esperaba y deseaba un color y por mi mente bailaban los siguientes versos:

Azul que te quiero azul,
Que el rojo me está dañando,
Azul que te quiero azul,
Que el rojo me está matando.

y llegó el día glorioso en que el rojo se trocó en azul, y por España se extendió un manto con el color del cielo, sin nubarrones ni calimas, cuando el Partido Popular venció por mayoría absoluta en las elecciones del 20 de noviembre de 2011.

Habíamos pasado casi ocho años de problemas, dificultades, angustias, preocupaciones y colapso económico, y todo ello debido a la ceguera y a la incompetencia de un gobierno que solamente pensaba en asuntos intrascendentes que encajaban en esa política insensata y destructiva que se dio en llamar “progresista”, pero que, en la práctica, era una política regresiva, con la que se perseguía la demolición, el aniquilamiento y el exterminio de todos aquellos valores morales y nobles que habíamos recibido de nuestros antepasados, vinculados con la religión, la familia, el patriotismo, la unidad sin fisuras de los españoles, el orgullo de nuestra historia, la libertad, las costumbres, la educación, la urbanidad, el respeto a nuestros mayores, y muchas otras cosas que están en lo más profundo del acervo cultural y moral de la tradición española.

Los socialistas, que han sido un tremendo lastre para España, en parte por sus ideas y, especialmente, por su incultura y falta de sabiduría para gobernar una gran nación, nos han llevado a una situación de penuria y dificultad que será muy difícil desterrar. Sin embargo, su impericia y su discurrir por la izquierda en vez de ir por el camino recto, los han llevado a la catástrofe mayor de su historia reciente. En estas últimas elecciones, los socialistas, que parece que no quisieron darse cuenta del rechazo que habían recibido de la mayoría de los españoles en las votaciones municipales y autonómicas, pusieron en marcha la peor propaganda electoral posible, y así cosecharon el tremendo fracaso que ahora conocemos. Supongo que ya se habrán dado cuenta que seguir con sus mentiras e inexactitudes, con su demagogia barata, con la exposición contumaz sobre los peligros de la derecha y con el apoyo de personajes socialistas del pasado, que ya dejaron a España maltrecha y herida al terminar su mandato, no fue la mejor idea sino el mayor error que podían cometer.

Ahora, el nuevo gobierno que coja las riendas de España tendrá que hacer una profunda limpieza, derogar leyes abyectas que ofenden a muchos ciudadanos, suprimir enseñanzas de adoctrinamiento que coartan la libertad de las personas, enderezar las relaciones internacionales para mejorar la posición de España en el mundo, dejar sin efecto la llamada Alianza de Civilizaciones, que nada bueno nos ha traído o nos puede traer, regular o anular las donaciones, subvenciones y otros dispendios que no tienen sentido, que no proporcionan a nuestro país ningún beneficio, y que erosionan gravemente a nuestro erario, modificar la ley electoral para que las minorías no se puedan erigir en árbitros y señores de la política nacional y, asimismo, introducir en el código penal nuevas normas que endurezcan las penas, se determine el cumplimiento íntegro de éstas, y se anulen los beneficios penitenciarios.

Lo que pasará en el próximo futuro no lo sabemos. Sí conocemos que la tendencia política en nuestra patria va a cambiar, y eso lo celebramos y aplaudimos; confiamos en el buen hacer de los nuevos gestores y les deseamos el mayor éxito, pero, sobre todo, esperamos que sus acciones nos traigan a los españoles la esperanza, la felicidad, la alegría, el trabajo y la paz, que no tuvimos en los pasados años.

22 de noviembre de 2011

Luis de Torres




miércoles, 16 de noviembre de 2011

¿QUÉ NOS ESTÁ PASANDO?

Si echamos la vista atrás y nos remontamos a los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, podemos encontrarnos con que los europeos, y, principalmente, los políticos europeos, ya estaban pensando en crear algunos mecanismos de unión entre los pueblos que tanto habían sufrido con la guerra, con la pretensión y el deseo de que un desastre tan horrible, sangriento, destructivo, disparatado y sin sentido, como la contienda mundial, no se volviera a repetir, y los primeros pasos se dirigieron a evitar que Alemania no pudiera fabricar armas de guerra, y este pensamiento dio lugar a la fundación en 1951 de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), con lo que se pretendía que el carbón, visto como energía, y el acero, como principal materia prima para fabricar armas, estuvieran controlados, regulados y gestionados por algunos países que seguían temiendo a Alemania. En aquellos momentos, por tanto, parece que todavía no existía la idea de crear una Europa unida, aunque Winston Churchill, poco tiempo después de terminar la II Guerra Mundial, ya pedía que se unieran los países europeos, posiblemente como una forma de buscar la paz duradera.

Posteriormente, y cuando el sueño de unir a los países europeos empezó a tomar forma, no sé si pensando en el poderoso sistema norteamericano, como alianza contra la teórica amenaza del comunismo, que se asentaba al este de las principales naciones europeas, o por ambos supuestos, el caso es que se llegó al entendimiento de firmar el llamado Tratado de Roma, que fue el primer paso firme hacia la creación de los Estados Unidos de Europa, que ahora llamamos Unión Europea, después de pasar por otro tramo anterior con el nombre de Comunidad Económica Europea, la cual fue creciendo a lo largo de varios años, mediante la autorización para que se incorporaran paulatinamente otros países que habían solicitado la entrada, y, teóricamente, después de haber cumplido unos requisitos que, en el fondo, exigían que la situación de cada nuevo miembro fuera de suficiente nivel para equipararse a los que ya estaban dentro del club europeo, y así formar una unión de naciones que fuera homogénea en la mayor medida posible, aunque después se ha comprobado que aquellos buenos y prudentes propósitos han fracasado y que ahora, con gran temor y preocupación, se observa que el enorme vehículo de la soñada Unión Europea ya no avanza por una buena carretera asfaltada sino por un pedregal bordeando farallones, acantilados o despeñaderos.

Grecia, una de las naciones que más quebraderos de cabeza está dando, entró a formar parte del grupo en 1.981, lo que supone que ya en aquella época se consideraba que la nación de los helenos, que había sido cuna de la civilización europea, maestra de los pueblos occidentales, y la más adelantada de su tiempo en las ciencias, las artes, la política, las letras, etc. era una candidata válida y cualificada para unirse al club europeo, pero, desgraciadamente, aquella apreciación basada quizá en la grandiosa historia griega y en el poderío de su marina mercante en la última mitad del pasado siglo, ha resultado en un total fiasco, y ahora la Grecia del Partenón, de Fidias, de Pericles, de Homero, de sus dioses y sus héroes mitológicos, y de tanta belleza, emoción y cultura que hemos recibido y asimilado de su civilización, está hundida, desprestigiada y llorando su propia tragedia griega. Su actual situación, donde la desesperanza, la ira, la traición, y el sufrimiento son penas comunes en el pueblo griego, habría encontrado en Sófocles suficiente material trágico para escribir una gran tragedia, a pesar de que en este caso los oráculos no habían predicho tal cúmulo de desgracias.

España ingresó en el selecto club europeo en 1.986, después de varios años de paciente espera, porque, en principio, no éramos una nación con suficientes credenciales como para codearnos con las que ya estaban dentro del grupo, pero, olvidando aquel pasado, y mirando al futuro, creo que la mayoría de los españoles recibimos de buen grado y con alegría la incorporación a la Comunidad Económica Europea, de la que obtuvimos importantes ayudas para mejorar nuestras infraestructuras, aparte de haber logrado un mejor puesto en el plano de nuestras relaciones internacionales.

Después, con mayor o menor fortuna, fueron pasando los años y España fue logrando avances, viviendo en democracia, aunque sin tener una conciencia plena de su significado, y pensando que estábamos moviéndonos hacia un futuro mejor. Llegó el siglo XXI, del que esperábamos grandes cosas, pero pronto despertamos con horror de nuestro sueño con la llegada del euro, esa nueva moneda que nos hacía más europeos y que, supuestamente, iba a reforzar nuestra economía y nuestras finanzas. ¡Craso error! El euro nos trajo una catástrofe económica, pues, casi de la noche a la mañana, nos encontramos sumidos en una inflación escandalosa, ya que los pícaros y otros desaprensivos asimilaron cien pesetas a un euro y se produjo una subida de precios, de facto, de aproximadamente un 60%, debido a ese cambio asignado a la peseta para la conversión a euros de 166,386 pesetas por cada euro. Y lo grave es que el gobierno no hizo nada, repito, nada, para cortar tajantemente aquel desorbitado abuso, ni tampoco se preocuparon de arreglar el problema los siguientes gobiernos. Mientras tanto, trabajadores, funcionarios, jubilados y pensionistas perdieron su poder adquisitivo y los dirigentes estatales, que, a partir del 2004, eran socialistas, siguieron sin acordarse del gravísimo daño que estaban sufriendo las clases bajas y medias. Habían encontrado una nación que todavía estaba en razonable buena condición y prefirieron seguir la senda de lo fácil y no meterse en un berenjenal que podía traerles problemas y disgustos. Sin embargo, la dejación que hicieron de hacer justicia en asuntos tan importantes como controlar y moderar la inflación, reprimir la especulación, vigilar y evitar las operaciones financieras de alto riesgo, regular y encauzar las hipotecas, y otras situaciones de desequilibrio que se estaban dando en el sector bancario, trajo a España la debilitación de la economía, las dificultades de las empresas, el desamparo y angustia de los trabajadores y un panorama de frustración y desesperanza.

Y por si no fuera suficiente la cantidad de problemas que habíamos generado dentro de nuestra patria, para añadir el insulto a la herida, como suelen decir los anglosajones, nos llegaron nuevas desgracias de ultramar, y empezaron a hablarnos de quiebras de sociedades financieras norteamericanas, de bonos basura, de calificación de la deuda soberana de los países, de prima de riesgo, y de otras lindezas, y siempre haciéndonos ver y saber que todas estas desgracias estaban en las entretelas de nuestra economía y que afectaban a todos los españoles.

No obstante, estas alarmantes noticias que, desgraciadamente, ya nos están dañando más de lo esperado, fueron negadas una y otra vez por el gobierno socialista, que seguía instalado en su ineptitud y en su crónico inmovilismo. Con el tiempo, nuestros gobernantes tuvieron que admitir que algo iba mal, o muy mal, en nuestro país, pero ya era demasiado tarde para cambiar la tendencia. Por otro lado, la injerencia de varias agencias de clasificación de riesgo, radicadas en los EE.UU., que no tendrían que haberse erigido en árbitros de la economía europea, dando publicidad a las supuestas o reales debilidades financieras de varias naciones, incluida España, para poder hacer frente al endeudamiento que tenían, desestabilizó todos los sistemas financieros y creó un enorme malestar y preocupación en todos los países, no sólo en los que, teóricamente, estaban en peor situación, sino, asimismo, en aquellos que tenían mayor fortaleza, pero que temían que se produjera un cataclismo en la zona euro.

Así las cosas, los europeos estamos estupefactos al contemplar que países como Irlanda, Portugal, Grecia y ahora Italia están en serias dificultades, y que la lista de naciones que también pueden unirse a las ya citadas, como son España, Austria, Bélgica, Francia, etc., cuya solvencia puede ponerse en entredicho, nos lleva a una terrible pregunta: ¿Qué políticos han accedido al gobierno a lo largo y ancho de nuestra querida Europa? Parece obvio que si las personas que nos gobiernan hubieran sido elegidas entre hombres y mujeres bien cualificados para ejercer sus cargos, y, por supuesto, honrados, honestos, prudentes, comedidos, íntegros, razonables, justos, y sin más deseo que llevar a sus pueblos por el buen camino del trabajo, del entendimiento y de la paz, estamos seguros que ahora no nos encontraríamos en tan oscura y dura situación.

Y si todas esas virtudes y condiciones se dan en todos nuestros gobernantes, o en buena parte de ellos ¿Por qué están apareciendo tantas fisuras en la vida económica y financiera de las naciones? Habrá que buscar las causas y corregirlas y, si existe delito, castigarlo. Los europeos queremos trabajo, orden y paz. No podemos caminar por la senda de la preocupación, la desesperanza o la miseria.

Luis de Torres

16 de noviembre de 2011









miércoles, 9 de noviembre de 2011

¿AYUDA HUMANITARIA?

¿AYUDA HUMANITARIA?

El pasado domingo, 6 de noviembre de 2011, los españoles recibimos la terrible noticia de que un compatriota nuestro había muerto en tierra afgana al recibir un disparo procedente de unos supuestos guerrilleros talibanes.

Lo de menos es saber quién disparó el proyectil asesino que segó la vida joven del sargento primero Joaquín Moya Espejo, porque lo grave, lo desesperante y lo insensato es que los soldados españoles estén en Afganistán para morir estúpidamente en una guerra que no tiene ningún sentido para nosotros y en la que estamos metidos porque así lo han querido nuestros políticos, no sé si por algún interés noble o razonable, que lo dudo, o simplemente espurio, o porque formamos parte de eso que, en general, se llama la geopolítica occidental.

Cualquier razón subyacente que quiera justificar nuestra presencia en Afganistán con soldados, material de guerra y bagaje militar es un despropósito, y aún más cuando a los españoles se nos viene diciendo que España no acude para luchar en una guerra sino para prestar ayuda humanitaria. Y mientras seguimos metidos en este peligroso laberinto de violencia, los soldados españoles, por una causa o por otra, siguen muriendo, y la cifra de bajas que ya estamos contabilizando creo que está acercándose al centenar. ¿Por qué en Afganistán no se ha tomado la decisión de retirar las tropas como se hizo, incomprensiblemente, en Irak?

Actualmente, hasta los estadounidenses, cuya nación es la principal implicada en esta guerra, quieren marcharse de allí, donde ya han tenido 1.786 muertos y más de 14.000 heridos, donde están gastando ingentes cantidades de dinero, y porque se están dando cuenta de que, después de 10 años de guerra, la situación no mejora, no se logran objetivos, y no creen que su nación salga victoriosa de tan larga y costosa contienda.

Los españoles no queremos que la tierra afgana, ni ninguna otra, se tiña de rojo con la sangre de nuestros compatriotas. Tampoco queremos padres, esposas e hijos que lloren la pérdida tan brutal e inesperada de un ser querido.

Gloria y descanso en paz para Joaquín Moya Espejo y todos nuestros caídos.

Luis de Torres

8 de noviembre de 2011

viernes, 4 de noviembre de 2011

DANICA CAMACHO

Según nos dicen los medios de comunicación, Danica Camacho es una niña que acaba de llegar al mundo en la ciudad de Manila, en Filipinas, y no sé quiénes, si su familia, los que ayudaron en el alumbramiento, las autoridades filipinas, o los dirigentes de alguna organización de tipo estadístico, familiar o demográfico, han declarado que esta niña es la que alcanza la cifra de 7.000.000.000 (Siete mil millones) en el recuento de la población humana. Asimismo, se ha publicado que, en distintos lugares, también han reivindicado que otros bebés son los que tienen el derecho de ostentar el citado número.

A mí me da igual a qué bebé se le otorga esta distinción, que, en principio, es muy difícil de dar y de acertar, pues son muchos los niños que están llegando a nuestro planeta al mismo tiempo y en diferentes latitudes y longitudes. Lo que a mí sí me importa es el imparable crecimiento de la humanidad, pues parece que no nos damos cuenta de que vivimos en un mundo finito, que es el único que tenemos, que no sabemos que exista otro que nos pueda acoger, a pesar de los millones de cuerpos celestes que tenemos a nuestro alrededor, en los cuales quizá haya vida, o la hubo, o pueda haberla en el futuro. No sé si algún día podremos desentrañar ese tremendo misterio sobre la posible vida fuera de nuestro mundo. Quiero creer que sí la habrá, pues no deseo caer en la vanidad de pensar que somos únicos en la vastedad universal.

Danica Camacho y los miles de bebés que estén naciendo estos días tendrán la suerte y el privilegio de conocer un mundo con tal diversidad de vida, de paisajes, de fuerzas naturales, de materiales, de colores, de comportamientos, de luces, sombras y oscuridad, que sus sentidos quedarán ahítos de asombro ante tanta belleza y maravilla, de difícil comprensión para sus jóvenes mentes, sin darse cuenta, de momento, que ellos forman parte importante y destacada del milagro de la vida.

Sin embargo, ese crecimiento exponencial del género humano está creando tal tensión o presión sobre los recursos de nuestros planeta que, si no lo remediamos, llegará algún día, no excesivamente lejano, que la vida en nuestro mundo se colapsará, primero con la desaparición de muchas especies, tanto terrestres como marinas, porque habremos ido destruyendo su habitat, y después nosotros, los causantes del desequilibrio natural, que en nuestros insensatos deseos de crecimiento y conquista, habremos ido poniendo en el camino de la vida barreras, obstáculos, restricciones, modificaciones, abusos y todo tipo de alteraciones y aberraciones en aras de una supuesta mejora en la calidad de vida, sin darnos cuenta, debido a nuestra ceguera e insensatez, que estábamos galopando hacia la destrucción de nuestro hermoso mundo.

Los siete mil millones de habitantes a que hemos llegado nos deben llevar a una serena reflexión: no debemos seguir por esta senda de crecimiento, pues aunque ahora el mundo es capaz de producir suficientes alimentos para todos, nos encontramos con que existen muchas zonas donde la población pasa hambre, donde escasea el agua potable, donde la educación y la cultura son de escasa significación, y donde las condiciones de vida son deplorables. Al mismo tiempo, estamos asistiendo, a nivel mundial, al saqueo de los mares, a la desaparición paulatina de los bosques y de la tierra fértil, y a la contaminación del aire. Incrementar la población humana no parece la mejor idea para cuidar de nuestro mundo y de las especies que lo pueblan. Si queremos lo mejor para nuestros hijos y nietos, y para los que vengan después, hemos de regular la natalidad con normas, costumbres o leyes que mantengan un equilibrio entre nacimientos y fallecimientos y se atenúe ese disparatado crecimiento que tenemos ahora. Y que conste que en ese equilibrio no deben intervenir las guerras, ni las epidemias, ni el aborto. Si un nuevo ser humano llama a la puerta de la vida, ésta debe abrirse de par en par. Por eso, desde aquí damos la bienvenida a este mundo a Danica Camacho y a todos los bebés que siguen naciendo.

Luis de Torres

3 de noviembre de 2011