¿AYUDA HUMANITARIA?
El pasado domingo, 6 de noviembre de 2011, los españoles recibimos la terrible noticia de que un compatriota nuestro había muerto en tierra afgana al recibir un disparo procedente de unos supuestos guerrilleros talibanes.
Lo de menos es saber quién disparó el proyectil asesino que segó la vida joven del sargento primero Joaquín Moya Espejo, porque lo grave, lo desesperante y lo insensato es que los soldados españoles estén en Afganistán para morir estúpidamente en una guerra que no tiene ningún sentido para nosotros y en la que estamos metidos porque así lo han querido nuestros políticos, no sé si por algún interés noble o razonable, que lo dudo, o simplemente espurio, o porque formamos parte de eso que, en general, se llama la geopolítica occidental.
Cualquier razón subyacente que quiera justificar nuestra presencia en Afganistán con soldados, material de guerra y bagaje militar es un despropósito, y aún más cuando a los españoles se nos viene diciendo que España no acude para luchar en una guerra sino para prestar ayuda humanitaria. Y mientras seguimos metidos en este peligroso laberinto de violencia, los soldados españoles, por una causa o por otra, siguen muriendo, y la cifra de bajas que ya estamos contabilizando creo que está acercándose al centenar. ¿Por qué en Afganistán no se ha tomado la decisión de retirar las tropas como se hizo, incomprensiblemente, en Irak?
Actualmente, hasta los estadounidenses, cuya nación es la principal implicada en esta guerra, quieren marcharse de allí, donde ya han tenido 1.786 muertos y más de 14.000 heridos, donde están gastando ingentes cantidades de dinero, y porque se están dando cuenta de que, después de 10 años de guerra, la situación no mejora, no se logran objetivos, y no creen que su nación salga victoriosa de tan larga y costosa contienda.
Los españoles no queremos que la tierra afgana, ni ninguna otra, se tiña de rojo con la sangre de nuestros compatriotas. Tampoco queremos padres, esposas e hijos que lloren la pérdida tan brutal e inesperada de un ser querido.
Gloria y descanso en paz para Joaquín Moya Espejo y todos nuestros caídos.
Luis de Torres
8 de noviembre de 2011
miércoles, 9 de noviembre de 2011
¿AYUDA HUMANITARIA?
viernes, 4 de noviembre de 2011
DANICA CAMACHO
Según nos dicen los medios de comunicación, Danica Camacho es una niña que acaba de llegar al mundo en la ciudad de Manila, en Filipinas, y no sé quiénes, si su familia, los que ayudaron en el alumbramiento, las autoridades filipinas, o los dirigentes de alguna organización de tipo estadístico, familiar o demográfico, han declarado que esta niña es la que alcanza la cifra de 7.000.000.000 (Siete mil millones) en el recuento de la población humana. Asimismo, se ha publicado que, en distintos lugares, también han reivindicado que otros bebés son los que tienen el derecho de ostentar el citado número.
A mí me da igual a qué bebé se le otorga esta distinción, que, en principio, es muy difícil de dar y de acertar, pues son muchos los niños que están llegando a nuestro planeta al mismo tiempo y en diferentes latitudes y longitudes. Lo que a mí sí me importa es el imparable crecimiento de la humanidad, pues parece que no nos damos cuenta de que vivimos en un mundo finito, que es el único que tenemos, que no sabemos que exista otro que nos pueda acoger, a pesar de los millones de cuerpos celestes que tenemos a nuestro alrededor, en los cuales quizá haya vida, o la hubo, o pueda haberla en el futuro. No sé si algún día podremos desentrañar ese tremendo misterio sobre la posible vida fuera de nuestro mundo. Quiero creer que sí la habrá, pues no deseo caer en la vanidad de pensar que somos únicos en la vastedad universal.
Danica Camacho y los miles de bebés que estén naciendo estos días tendrán la suerte y el privilegio de conocer un mundo con tal diversidad de vida, de paisajes, de fuerzas naturales, de materiales, de colores, de comportamientos, de luces, sombras y oscuridad, que sus sentidos quedarán ahítos de asombro ante tanta belleza y maravilla, de difícil comprensión para sus jóvenes mentes, sin darse cuenta, de momento, que ellos forman parte importante y destacada del milagro de la vida.
Sin embargo, ese crecimiento exponencial del género humano está creando tal tensión o presión sobre los recursos de nuestros planeta que, si no lo remediamos, llegará algún día, no excesivamente lejano, que la vida en nuestro mundo se colapsará, primero con la desaparición de muchas especies, tanto terrestres como marinas, porque habremos ido destruyendo su habitat, y después nosotros, los causantes del desequilibrio natural, que en nuestros insensatos deseos de crecimiento y conquista, habremos ido poniendo en el camino de la vida barreras, obstáculos, restricciones, modificaciones, abusos y todo tipo de alteraciones y aberraciones en aras de una supuesta mejora en la calidad de vida, sin darnos cuenta, debido a nuestra ceguera e insensatez, que estábamos galopando hacia la destrucción de nuestro hermoso mundo.
Los siete mil millones de habitantes a que hemos llegado nos deben llevar a una serena reflexión: no debemos seguir por esta senda de crecimiento, pues aunque ahora el mundo es capaz de producir suficientes alimentos para todos, nos encontramos con que existen muchas zonas donde la población pasa hambre, donde escasea el agua potable, donde la educación y la cultura son de escasa significación, y donde las condiciones de vida son deplorables. Al mismo tiempo, estamos asistiendo, a nivel mundial, al saqueo de los mares, a la desaparición paulatina de los bosques y de la tierra fértil, y a la contaminación del aire. Incrementar la población humana no parece la mejor idea para cuidar de nuestro mundo y de las especies que lo pueblan. Si queremos lo mejor para nuestros hijos y nietos, y para los que vengan después, hemos de regular la natalidad con normas, costumbres o leyes que mantengan un equilibrio entre nacimientos y fallecimientos y se atenúe ese disparatado crecimiento que tenemos ahora. Y que conste que en ese equilibrio no deben intervenir las guerras, ni las epidemias, ni el aborto. Si un nuevo ser humano llama a la puerta de la vida, ésta debe abrirse de par en par. Por eso, desde aquí damos la bienvenida a este mundo a Danica Camacho y a todos los bebés que siguen naciendo.
Luis de Torres
3 de noviembre de 2011
lunes, 31 de octubre de 2011
GOBERNANZA, INFLACIÓN Y OTRAS DESGRACIAS
Si los políticos hubieran tenido el conocimiento profundo de lo que significa la citada palabra habrían dejado de incluirla en sus discursos, porque no hay nada tan dispar y lejano entre sí como lo que sucede en la vida de los españoles y lo que propone o propugna la palabra gobernanza. Para nuestra desgracia, los políticos que rigen los destinos de España, no sólo no han logrado el desarrollo económico, social e institucional, sino que nos han sumido, que es lo único que parece que saben hacer, en la crisis económica, en el marasmo social, moral y laboral y en el desequilibrio y fragmentación del Estado. Gobernanza sí, cuando se persigue y se logra lo que indica el significado de la palabra, pero cuando ésta se usa como adorno, decoración, o supuesto culturalismo en un discurso, no.
Abundando sobre lo indicado arriba en relación con la crisis económica que estamos sufriendo desde hace varios años, y que seguiremos sufriéndola durante más tiempo, aunque cambiemos de equipo de gobierno, porque el daño que se ha hecho a nuestra patria es de tal magnitud que serán necesarios muchos esfuerzos y muchos meses o años para recuperar el bienestar que estuvimos gozando en tiempos pasados, quiero referir un par de anécdotas, quizá de escasa relevancia dentro de la situación de miseria y dolor que estamos viviendo, pero que denotan que esta crisis se está cebando mayoritariamente con los más débiles, con los que estamos sujetos a las disposiciones gubernamentales, como es el caso de los funcionarios, jubilados y pensionistas.
En efecto, hace unos días me fui a cortar el pelo, y cuando llegó el momento de pagar, el peluquero, con muy buena educación y esbozando una sonrisa, me dijo que el precio del servicio había sido incrementado en un 10%, que tuve que pagar, aunque de mala gana. Un par de días después estuve comprando en un supermercado unos tarros de cristal de humildes y nutritivas legumbres y me encontré con otra desagradable sorpresa. ¡Estos alimentos de primera necesidad habían subido de precio un 11% aproximadamente! Me quedé pensativo. ¿Qué estaba pasando? Funcionarios, obreros, pensionistas y jubilados no solamente no manteníamos nuestro anterior poder adquisitivo, sino que vivíamos bajo el temor de nuevos recortes y estrecheces. Y ahora, para colmo de desdichas, además de los castigos que nos está infligiendo el actual gobierno antisocial, también los comerciantes y los que tienen profesiones libres han decidido meter la mano en nuestros extenuados bolsillos para reforzar los suyos. Y si los que todavía tenemos algún tipo de ingreso nos quejamos de la injusticia que estamos soportando ¿qué pensarán, gritarán o llorarán aquellas personas que están inmersas en esa insoportable tortura, de nuestros malhadados tiempos, que llamamos desempleo o paro? Los que estamos pagando la subida de los precios y el recorte de nuestros ingresos intentaremos equilibrar nuestra economía yendo a la peluquería algo más tarde que de costumbre, sin que nos importe demasiado que nuestra abundante o escasa cabellera la pongamos menos veces al año en manos del peluquero, y, en cuanto a las queridas legumbres, nos acostumbraremos a comer menos cantidad, que quizá sea bueno si pierden algún kilo los que están llenitos, y soportable si la delgadez de algunos se hace ligeramente más visible.
31 de octubre de 2011
Luis de Torres
martes, 24 de mayo de 2011
JUSTO CASTIGO A SU INEPTITUD
Ayer se celebraron las elecciones municipales y autonómicas en España y hoy, gracias a los avances tecnológicos, ya sabemos todos los ciudadanos quién ha ganado, quién ha perdido y quién ha empatado, y ello con todo lujo de detalles.
Los resultados que se han dado han supuesto un auténtico desastre para los socialistas, y esta hecatombe ha sido de tal magnitud que ni siquiera las personas que auguraban, quizá con toda razón, que la caída del PSOE era segura e irremediable, llegaban en sus previsiones a niveles tan bajos. Incluso, había un cierto temor entre algunos de los españoles que deseaban fervientemente el tropiezo socialista, que esta formación política se recuperara a última hora, no sólo por la presión que se estaba haciendo a los ciudadanos en las convocatorias multitudinarias y en los mensajes que lanzaban varios medios de comunicación, sino, también, por las consecuencias que se podían derivar de las concentraciones de jóvenes bajo el lema del 15-M.
Sin embargo, ni todo el ambiente de inquietud, zozobra, desobediencia a las leyes, y creciente indignación, socavaron la firme decisión de los españoles de depositar en las urnas sus ideas y sus deseos de cambiar una situación insostenible de continuos errores, de penuria, de angustia, de hundimiento y de desesperanza, así como tampoco las palabras altisonantes, pero huecas, las frases recias e hirientes, pero sin valor, las miradas penetrantes, pero frías, los gestos altaneros de cabeza, brazos y manos, estudiados para impresionar, pero vanos e inservibles, y las mentiras, tergiversaciones, insultos y descalificaciones, pero carentes de sensatez, de los políticos socialistas, penetraron en la mente y en el corazón de los españoles, que se mantuvieron estoicamente firmes, y que no se acobardaron para proclamar, con claridad y educación, sin algaradas ni revueltas, sino en las urnas y democráticamente, su inquebrantable decisión de dejar al borde del abismo y maltrecha a una formación política que tanto daño les había hecho. Y lo consiguieron…
Ahora, si los socialistas no quieren aceptar el rechazo que han tenido de la mayoría de los españoles y se niegan a convocar elecciones anticipadas ya, dentro de poco tiempo descubrirán con horror, como dicen los alemanes, que su manifiesta ineptitud los ha llevado al fondo del abismo y que será imposible salir de él.
23 de mayo de 2011
Luis de Torres
sábado, 14 de mayo de 2011
LA SENSATEZ DE HUNGRÍA
El pasado día 18 de abril de 2011 el Parlamento húngaro aprobó, por una amplia mayoría, la nueva Constitución, que entrará en vigor el día 1 de enero de 2012, y dejó atrás definitivamente su forzada alianza con el comunismo, aunque previamente ya había entrado a formar parte de la OTAN y también de la Unión Europea.
Esta noticia tendría que haber sido recibida con alegría y satisfacción por los países que también están integrados en la Unión Europea, pero no fue así, porque todavía no tenemos un sentimiento patrio, político, histórico, solidario y común que haga de la Unión Europea una gran nación, de la que estemos orgullosos, en la que podamos vivir en paz y en armonía, conservando siempre nuestras costumbres y modos de ser, pero teniendo y sintiendo, por encima de todo, la condición irrenunciable y grandiosa de ser europeos unidos.
Lo triste y descorazonador es que algunos europeos que están ocupando cargos en el Parlamento Europeo pidieron a la Comisión Europea que estudiase el texto de la Carta Magna húngara, “por considerar que su texto puede ir en contra de los principios básicos de la Unión Europea sobre democracia y derechos fundamentales” Los que pidieron el estudio del texto son los que militan en partidos de izquierdas, los mismos, quizá, que rechazaron la inclusión en la fallida constitución europea del reconocimiento de las raíces cristianas de Europa.
Los húngaros, sin embargo, que tanto han sufrido a lo largo de la historia, en su nueva Constitución no renuncian a sus ideas milenarias, justas y morales, reconocen las raíces cristianas de su país, rinden homenaje a San Esteban rey, que llevó a Hungría al seno de la Cristiandad y, además, en vista de la degradación moral que se está extendiendo por algunos países europeos, defienden la vida y protegen el matrimonio entendido como la unión legal entre un hombre y una mujer.
Pero estos ideales, que son nobles y dignos de encomio y forman parte de nuestra civilización ancestral, algunos políticos consideran que pueden ser contrarios a la democracia y a los derechos fundamentales. Pero, ¿saben esos políticos lo que es democracia y derechos fundamentales? Posiblemente no, o, en todo caso, no saben discernir entre lo bueno y lo perverso, lo justo y lo delictivo, lo digno y lo despreciable. ¿Existe algún derecho que sea más fundamental que el derecho a la vida? Pues ese derecho lo defiende la nueva Constitución húngara, que significa que rechaza el aborto y otras posibles formas de acabar con la vida humana, y esa misma Carta Magna protege el matrimonio, creador de la familia, que es otro derecho fundamental.
Y en cuanto a la herencia religiosa de los europeos, que también molesta a determinados políticos, habría que recomendar a éstos que se dieran una larga vuelta por Europa, que miraran a su alrededor con atención y cuidado, y verían que en todas las ciudades, pueblos, y hasta en pequeños núcleos de población, existen templos cristianos, sean éstos catedrales, basílicas, santuarios, iglesias, monasterios, conventos, ermitas, etc., que son la prueba irrefutable de que, a lo largo de muchos siglos, los pueblos europeos han vivido y se han desarrollado bajo la religión cristiana. ¿Por qué hemos de renegar de nuestras raíces religiosas? Nuestros antepasados las defendieron en Covadonga, en Las Navas de Tolosa, a las puertas de Viena, en Lepanto y en otros muchos sitios, las llevaron a otros continentes, con convicción y entrega a sus ideales, y no debemos olvidar su esfuerzo, su valentía y su legado histórico.
Hungría, con su nueva Constitución, ha llenado de contenido noble este importante documento y ha traído un aire nuevo a la Unión Europea, aunque algunos crean, como dicen los componentes del grupo socialista europeo, que los magiares han retrocedido al pasado.
14 de mayo de 2011
Luis de Torres
domingo, 8 de mayo de 2011
LOS TRIBUNALES QUE NO ENTENDEMOS
Los españoles que no hemos estudiado Derecho, pero que confiamos en los Tribunales de Justicia cuando se trata de aclarar, ordenar y resolver con equidad las discrepancias de las personas físicas o jurídicas, que, en demasiadas ocasiones, aparecen en la vida de los ciudadanos, estamos todavía perplejos por la decisión que tomó recientemente el Tribunal Constitucional sobre la legalidad o no de un nuevo partido que pretende presentarse a las elecciones del 22 de mayo en las provincias vascas.
El estupor e incredulidad que ahora sentimos cientos de miles de españoles se debe al hecho de que hace pocos días el Tribunal Supremo, que entendemos que es la máxima instancia judicial de España, dictó sentencia ilegalizando el nuevo partido vasco, por estimar que tenía connotaciones claras o relaciones probadas con los terroristas que tanto daño han estado haciendo a los españoles. Sin embargo, el Tribunal Constitucional, que nos parece que no está por encima del Supremo en cuanto a juzgar hechos, delictivos o de otro tipo, ha dejado sin efecto la sentencia de ilegalización del nuevo partido vasco, que ahora, y dentro de estos vericuetos difícilmente transitables e incomprensibles sobre constitucionalidad o no de leyes y decisiones, sí es legal.
Los ciudadanos necesitamos leyes claras, que protejan el bien y persigan y castiguen el mal, y que no admitan interpretaciones tan profundas y dispares que den lugar a la incongruencia de que un tribunal diga que una actividad política de determinado signo es ilegal y que otro tribunal dicte que sí es legal. También necesitamos todos los españoles que los magistrados, jueces y demás componentes de la judicatura sean neutrales, que no estén influenciados por ideas políticas, que no se vean obligados a seguir los dictados de los gobernantes y que, siempre, siempre, actúen de acuerdo con las leyes legalmente establecidas. Resulta desagradable leer o escuchar en los medios de comunicación que determinados magistrados son “progresistas” o “conservadores”, porque estos adjetivos o títulos, aplicados a los componentes del Tribunal Constitucional nos llevan a pensar que la decisión, sentencia, laudo, o como queramos llamarlo, se ha incubado en el seno y de la mano de la política.
8 de mayo de 2011
Luis de Torres
domingo, 24 de abril de 2011
Durante la primera mitad del siglo XX se solía comentar que nuestro futuro estaría amenazado por lo que se dio en llamar “el peligro amarillo”, quizá porque ya en aquellos tiempos se comenzaba a saber que el crecimiento demográfico de China era muy importante y se vaticinaba que en los años venideros la invasión asiática era algo inevitable. Aquellas predicciones no estaban suficientemente claras, pues mientras algunos creían que la invasión amarilla se llevaría a cabo con ingentes cantidades de guerreros armados con armas convencionales, otros pensaban que se produciría con la marcha inexorable e imparable, pero pacífica, de legiones de chinos avanzando sobre Europa.
Sin embargo, “el peligro amarillo” no nos ha llegado como se pensaba hace varias décadas, y los augurios belicistas, afortunadamente, no se han hecho realidad, pero los habitantes de China se han ido extendiendo calladamente, sin estridencias, poniendo negocios aquí y allá, ocupando bajos, naves, tiendas en decadencia, recodos, esquinas, cruces de caminos y en cualquier sitio donde exponer sus mercancías. Sus primeros asentamientos los hicieron al amparo de restaurantes de comida china, y los españoles nos acostumbramos a los rollitos de primavera, a los platos con base en brotes de bambú, al pato a la naranja y al arroz tres delicias, o con otras denominaciones, pero los supuestos encantos de la comida china no fueron capaces de borrar de nuestra gastronomía ni la tortilla española, ni las chuletas a la brasa, ni el cochinillo asado, ni la paella, ni la pata de cabrito, ni la ensalada mixta, ni el “pescaíto” frito, ni el arroz con bogavante, etc. etc.
Pero si los restaurantes, que fueron la avanzadilla del peligro amarillo, no llegaron a colonizar en gran medida el mercado comercial español, los chinos no se desanimaron ni cejaron en su empeño de echar raíces en territorio español y pusieron en marcha su plan masivo de colocar productos chinos, de todo tipo y clase, a precios suficientemente bajos como para atraer fácilmente al comprador español. Y lo consiguieron, y no solamente poblaron de tiendas los cuatro puntos cardinales de nuestra patria, sino que, además, se introdujeron en los negocios regentados por españoles y también éstos empezaron a vender, a precios asequibles, las prendas y los productos donde campeaba la etiqueta “Made in China”.
Quizá muchos españoles pensaron que era bueno poder adquirir artículos a precios relativamente bajos y, en general, no hacían mucho caso a este fenómeno, ni les preocupaba saber dónde, cómo y de qué manera se había fabricado aquel producto que estaban comprando, a pesar de que el origen del artículo, su precio, su distribución y la tienda que lo vendía, sí tenían una gran importancia en la economía nacional española. La aparición en el mercado de productos de bajo precio y aceptable calidad, que podía ser bueno para una parte de los consumidores, era, en el fondo, el principio del fin de muchas industrias españolas, incapaces de competir con las empresas asiáticas a cuyos trabajadores les pagaban salarios muy por debajo de los niveles fijados en España en los convenios colectivos. No es de extrañar, por tanto, que esta situación fuera generando cierre de empresas y paro, aunque, al parecer, el gobierno de nuestra nación no tenía en cuenta este problema y nada hacía, ni nada hace actualmente, para evitar la degradación de parte de nuestra industria. La colocación de la deuda pública española en el mercado financiero chino parecía tener más importancia, o era más urgente, que reducir el peligro amarillo que ya lo teníamos dentro de nuestras fronteras. Sin embargo, la reciente visita a China de nuestro presidente del gobierno no parece que haya tenido, de momento, resultados muy positivos en el plano financiero.
Por otro lado, los sufridos españoles, esos que padecemos el paro, los recortes de sueldo, la congelación de pensiones y otras desgracias, nos damos de bruces cada día con noticias desalentadoras, que no nos traen ninguna esperanza y sí miedo y preocupación por el futuro de nuestras familias. Últimamente, y para aumentar la angustia que nos asfixia, se nos dice que la inflación ya está en el 3,6%, aunque quizá sea mayor, pues también nos informan que en un año los alimentos han subido un 13% y la gasolina un 20%, que la morosidad en la banca roza, o ya ha alcanzado, un 7%, que prueba la miseria a que está llegando una parte de la sociedad española, incapaz de hacer frente a sus obligaciones financieras, que España sigue gastando mucho dinero en guerras inútiles, o soportando, y no corrigiendo, la pesada y complicada burocracia estatal y autonómica, o, a pesar de la oposición finlandesa, entregando fondos en aportaciones para rescatar a otras naciones de la Unión Europea, y con el temor de que algún día nos tengan que rescatar a nosotros. Y para que el cúmulo de malas noticias tenga alguna variación en los temas corrientes, la Telefónica, que es una empresa que gana mucho dinero, y que no está afectada por la crisis, nos obsequia con la noticia de que quiere despedir a 5.600 empleados (con la carga que eso supone para el Estado, además de la injusticia que hace a sus trabajadores), con lo que sus clientes tendremos aún peor servicio que el actual, que ya no es bueno, pues no hay oficinas donde acudir, y para hacer cualquier consulta hemos de llamar por teléfono y hablar con una máquina, que es bastante desagradable, pues muchas veces no la entendemos, ni ella nos entiende a nosotros.
En consecuencia, con todo lo malo que nos rodea actualmente y la inoperancia del gobierno, los ciudadanos nos preguntamos qué otros disgustos y sufrimientos nos traerá el próximo futuro.
Menos mal que la naturaleza no es tan perversa ni agresiva como la situación que estamos viviendo, y después de escribir este artículo me he ido a contemplar una maceta que tengo en la terraza y me he quedado absorto y maravillado viendo cuatro orquídeas de delicados colores que me ofrecían, como un regalo primaveral, toda su increíble belleza, asomándose desde sus enhiestos tallos. Gracias a Dios todavía existen cosas buenas que serenan nuestro espíritu.
22 de abril de 2011
Luis de Torres