sábado, 13 de septiembre de 2008

¿ES REALMENTE SOCIAL EL SOCIALISMO?

A mediados de agosto recibí la revista Newsweek del 11.08.08, a la que estoy suscrito, y, como de costumbre, comencé a hojearla para leer los títulos de los artículos, pues confieso que nunca leo la totalidad de los textos, como me ocurre con otras publicaciones, sino solamente aquellos artículos o editoriales que tienen para mí un interés especial o destacado, y aquel día me encontré en el índice de asuntos mundiales esta frase lapidaria: British Labour makes the rich richer (Los laboristas británicos hacen más ricos a los ricos). Me sorprendió sobremanera esta aseveración, pues siempre he creído que el socialismo tendía a elevar la condición económica y social de los trabajadores; es decir, de los humildes y de los pobres. Comencé a leer aquel artículo y pronto me encontré con otra frase terrible: After 11 years of Labour, the gap between the wealthy and the poor is as large as ever (Después de 11 años de Laborismo, la brecha entre los ricos y los pobres es mayor que nunca). Me quedé anonadado. ¿De verdad estaba ocurriendo en el Reino Unido semejante barbaridad? ¿Es que todavía no se habían eliminado las desigualdades que existían en el siglo XIX cuando la Revolución Industrial?

Seguí leyendo el artículo, pero no vislumbré ninguna mejora para el próximo futuro. Después reflexioné y me di cuenta de que también en España estábamos teniendo un fenómeno parecido al británico. Aquí y ahora también los ricos eran más ricos y los pobres éramos más pobres. Estoy seguro que en la filosofía socialista no figura ninguna doctrina, ni norma, ni condición, ni instrucción, ni comportamiento, que haga pensar que se debe proteger al rico aunque sea en detrimento del pobre. Sin embargo, la situación y los hechos en el socialismo que vivimos españoles y británicos nos dicen lo contrario, que algo está fallando, o está equivocado, o se está haciendo mal, pues, muy a pesar de los que militamos en el bando de los pobres, observamos que los ricos son más ricos y los pobres sabemos que somos más pobres.

27 de agosto de 2008

Luis de Torres

LAS GOLONDRINAS DE LA ALCAYNA

Durante muchos años mi casa de La Alcayna se adornaba con la presencia de mis hijos, y algún tiempo después, para aumentar la belleza y la gloria de aquel rincón, llegaron mis nietos, que trajeron felicidad y alegría tanto a padres como a abuelos.
Mis nietos crecieron y se acostumbraron a vivir y a corretear a la sombra de los árboles, cerca de los arbustos, de las plantas trepadoras y de las flores, y a jugar con un perro y con un gato, o a escuchar el croar de alguna rana en el pequeño estanque. También disfrutaban de la sombra del porche donde descansaban o leían, hacían sus deberes escolares, o se entretenían con esas infernales máquinas de jugar que creo que llaman consolas, que es una palabra que a mí me recuerda una mesa con cajones adosada a una pared y no un artilugio electrónico.

Pero un buen día de primavera, y quiero recalcar que ese día fue bueno y venturoso, aparecieron en el porche de mi casa unos pajarillos, que pronto identificamos como golondrinas, que se pusieron a trabajar con tesón y destreza en la construcción de un nido de barro junto a un ángulo recto del porche y muy cerca del techo. Me quedé asombrado de lo pronto que escogieron el sitio, o cómo habían detectado aquel lugar que quizá tenía todas las características que aquellos pájaros necesitaban, pues, además de que aquella esquina les daba un cobijo perfecto, el material para la construcción lo tenían a unos pocos metros, en los bordes del pequeño estanque de mi jardín donde la arcilla estaba húmeda y podían recoger, una tras otra y sin descanso, pequeñas bolitas de barro, que eran los ladrillos con los que construían el cuenco del nido.

Pronto, aquellas golondrinas laboriosas, sin planos ni compases, sin reglas y sin cálculos aritméticos, terminaron su obra arquitectónica, cuya construcción debían tener grabada genéticamente en su diminuto cerebro, o en su ADN, sin tener que pasar por ninguna universidad ornitológica, y después de comprobar con sus pequeños cuerpos que aquel cuévano de barro podía contener holgadamente a sus crías, iniciaron el proceso de reproducción de la especie y la hembra depositó sus huevos en el fondo de su rústica casa y seguidamente comenzó a incubarlos. No sé si el macho también colaboraba en la tarea de dar calor a los huevos, o solamente se afanaba por traer comida a la madre, pero, en cualquier caso, llegó otro día maravilloso en que empezamos a ver cinco bolitas de peluche, cada una con un gran pico que, al abrirse, mostraba una gran caverna roja que era la señal de que allí, y no en otro sitio, los padres tenían que depositar las proteínas que habían obtenido durante sus vuelos.

Los progenitores continuaron incansablemente con su tarea de cazar todos los insectos que volaban en su zona y diligentemente llevarlos a sus crías que, al verlos llegar, se alborotaban, abrían sus bocas al máximo, y con sus gritos pedían la comida que les haría crecer y convertirse en un futuro cercano en aves capaces de volar y también de procurarse su sustento. Este ir y venir, este trabajo de cazar y alimentar a sus pequeños, se hacía durante el día, pues al llegar la noche los padres, quizá extenuados, aunque posiblemente contentos de ver su nido rebosante de vida, se quedaban a descansar sobre unos farolillos que hay en el porche o sobre los barrotes superiores de la reja de una ventana, pero siempre vigilantes de su emergente familia.
Este período de alimentación continuada y diurna quizá duró 2 ó 3 semanas y llegó el día en que los polluelos se llenaron de plumas y asomaban con descaro y valentía sus cuerpecillos sobre el borde del nido, sabedores, tal vez, de que pronto podrían emprender el vuelo y acometer la gran empresa de emigrar hacia el sur y recorrer cientos o miles de kilómetros, en varias etapas, de duración irregular, para llegar al final de su viaje a algún paraíso africano y gozar durante meses del gran festín insectívoro que encontrarían en la sabana, en la selva, en las inmediaciones de ríos o lagos, o en los extensos territorios semidesérticos al sur del Sahara, y volarían ahítos de libertad, de fuerza, de calor y de alegría, aunque también expuestos a los peligros que esconde la naturaleza salvaje, llena de belleza y de vida, pero también de terror y de muerte, donde los seres se catalogan entre predadores y presas, y la supervivencia depende de las habilidades físicas o del mayor o menor desarrollo de los sentidos y del instinto de cada especie.

Aunque era previsible, al final de la primavera o quizá al comienzo del verano, me di cuenta de que el nido estaba vacío y pensé que mis amigas las golondrinas habían emprendido la migración al amanecer, sin ningún adiós, dejando solamente la soledad del nido y las manchas de sus excrementos sobre el terrazo rústico del porche.
Pero me equivoqué, porque al día siguiente volvieron y los jóvenes ocuparon su nido y los padres su atalaya en el farolillo. Y así ocurrió durante tres o cuatro días más, hasta que su ausencia se hizo patente, su vuelo raudo desapareció y su canto dejó paso al silencio. Me pareció que aquellos últimos días habían sido de entrenamiento de los pájaros jóvenes, hasta que los padres decidieron que había llegado la hora de la gran aventura.

Me los imaginé volando hacia el sur, cruzando el mar, y posándose en tierra africana para descansar y alimentarse, para después seguir adelante, guiados por el sol o Dios sabe por qué fuerza, hasta llegar a su destino, que sin duda ya era conocido por los padres, y que las crías que hacían el viaje por primera vez grabarían en sus pequeñas mentes. Busqué un mapa de África y me imaginé una ruta sobre Marruecos, Argelia, Mauritania, Malí, Burkina Faso (antes Alto Volta), Togo, Benin (antes Dahomey), Nigeria, Camerún, Gabón, etc., hasta llegar al corazón de África, y envidié la capacidad de las golondrinas para hacer tan largos recorridos sin más ayuda que su propia vitalidad. Lo más probable es que mi ruta estuviera equivocada, pues las golondrinas nada saben de las fronteras marcadas por los hombres, ni de los nombres que damos a los territorios, pero cualesquiera que fueran los caminos, deseé a las golondrinas murcianas y a sus padres una feliz travesía, una estancia agradable en tierras africanas y mucha suerte para eludir los peligros, y me quedé con la oculta esperanza de que el próximo año volvieran a su nido, que les estaría esperando bajo el porche de mi casa.

Pasaron los meses. Vino un nuevo año y con él otra primavera. Comencé a ver los brotes tiernos de un verde claro de las primeras hojas. En el pequeño estanque, los adormecidos restos de las plantas acuáticas parecieron despertar y moverse, se empezaron a formar las grandes hojas flotantes de los nenúfares y entre las mismas asomaron tímidamente los primeros capullos de las hermosas flores blancas teñidas de rosa, y otro día feliz y venturoso contemplé el regreso de las golondrinas. ¡Habían vuelto todos, padres e hijos!, o así me lo imaginé, pero lo más sorprendente es que algunos de aquellos pajarillos comenzaron a construir otro nido en el ángulo opuesto al primer nido, mientras que otras golondrinas aumentaban el tamaño del nido del año anterior.

Y volvió a producirse el mismo milagro de la reproducción. Dos parejas de golondrinas incubaron cinco huevos en cada nido, y pasado un corto período de tiempo, vi cinco cabecitas con cinco grandes gargantas rojas en cada nido pidiendo alimento a sus progenitores.
Crecieron todos, mancharon aún más el terrazo del porche, y estuve pendiente de su marcha pues quería verlos partir y desearles buen viaje. Un día, casi al amanecer, me levanté para comprobar si aún estaban en los nidos, en la reja o en el farolillo, pero ya habían desaparecido. Salí fuera del porche, me di cuenta de que los primeros rayos de sol estaban acariciando las copas de los árboles y me quedé maravillado. En las ramas altas de un chopo caduco y sin hojas estaba un grupo de golondrinas, todas calladas y quietas, con sus cabecitas dirigidas al sur, quizá calentándose para emprender el largo viaje, la gran y misteriosa epopeya de sus vidas. Las conté y eran dieciocho. No me cuadraban las cuentas. Había más de las que yo esperaba. Pensé que iba aumentando el censo de las golondrinas murcianas y me alegré. Esperé algún tiempo, y después, obedeciendo a alguna señal que yo desconocía, todas levantaron el vuelo, les deseé todo lo mejor, y se perdieron en el cielo. Me quedé, como un año antes, con la esperanza de volverlas a ver cuando de nuevo la primavera estallara de vida, si es que mis menguadas fuerzas me regalaban unos meses más de existencia bajo el sol.


Murcia, 25 de agosto de 2008

Luis de Torres

sábado, 2 de febrero de 2008

LA CONFABULACIÓN DE LOS CODICIOSOS

A principios de este siglo XXI, la mayoría de los españoles pensaba que el futuro sería mejor cuando llegara el euro, esa nueva moneda que se nos presentaba como un portento de virtudes, de poder, de bienestar y de unión entre los pueblos. La peseta con la que vivimos tanto tiempo, a través de monarquía, república, guerra civil, dictadura y democracia, era débil, vieja, caduca y sin futuro. Y con una alegría insensata e imprudente dimos la bienvenida al euro y despedimos a la peseta sin demasiada pena, aunque la recordamos todavía porque nuestra mente se desarrolló con esa moneda para poder comprender y asimilar el valor de las cosas.

No hay duda de que el euro lo crearon los hombres, esos que dirigen los destinos de las naciones, después de hacer innumerables cálculos cabalísticos, para dar a la nueva moneda un valor equiparable, en cada nación, al peso que tenía en cada estado la moneda que iba a fenecer.

Sin embargo, a juzgar por los hechos que se han venido desarrollando, y admitiendo que los creadores del euro pusieron toda su buena fe, candidez y prudencia, parece como si aquellos señores hubieran destapado, sin querer, la caja o el ánfora de Pandora, dejando que salieran grandes males para la humanidad, como son la codicia, la ambición, el egoísmo, la corrupción, etc., pues nadie podrá negar que la llegada del euro fue la coyuntura que vieron muchas personas para dar rienda suelta a su codicia y a su ambición, sin considerar que a sus conciudadanos los iban a convertir en víctimas de sus maquinaciones. Pronto, sin embargo, tanto trabajadores como funcionarios, así como pensionistas y jubilados, se dieron cuenta con horror de que los artículos que valían antes, por ejemplo, 100 pesetas, valían con la nueva situación un euro, y esta transmutación de valores se aplicaba sin ningún pudor en prácticamente todos los productos, servicios, contratación de trabajos, etc., y de esta manera los precios sufrieron en un corto período de tiempo un aumento entre el 50% y el 65%. Algunos llamaron a este fenómeno “el redondeo”, pero su verdadera denominación tendría que haber sido “el atropello, el abuso y el fraude”

Y como dicen que las desgracias nunca vienen solas, la codicia infectó a muchos sectores, en vista de la pasividad de las autoridades, y todos los ciudadanos que dependen de un sueldo o de una pensión vieron cómo sus ingresos se iban quedando más y más pequeños, o cómo resultaba casi imposible adquirir una vivienda con las desorbitadas subidas de precio que se estaban dando en la construcción. Y para justificar la desenfrenada codicia de todos los que se habían confabulado para hacerse millonarios en poco tiempo, se argumentaba que el petróleo había subido mucho, y eso era verdad, pero nadie decía que el petróleo lo pagan caro otros países, y, a pesar de ello, no habían alimentado la codicia en el mismo grado que los españoles.

Después, nos enteramos que con los cereales se estaba fabricando biodiesel, que podrá ser muy ecológico, pero que, de momento, no nos ha traído ningún beneficio y sí más problemas. Como faltan cereales, la especulación, o, como algunos dicen, la ley de la oferta y la demanda, ha subido el precio de los productos básicos, como el pan, la leche, la carne, los derivados lácteos, los productos que se elaboran con harinas, y otros muchos que se han cobijado bajo el paraguas del alza generalizada. Los sufridos ciudadanos, esos que no venden nada, y que dependen de sueldos o pensiones, se han encontrado con más subidas, que van desde el 14% al 26%, sin que tengan ni la más remota posibilidad de que sus ingresos se equiparen a sus gastos básicos.
Mientras tanto, los ricos son más ricos y los pobres son más pobres. ¿Y qué hacen las autoridades, además de nada, para corregir esta situación? Pues eso, nada. Es preferible, según parece, que la codicia y la ambición anden sueltas y no se las encierre, como antes estaban, en aquella mitológica caja o ánfora de Pandora.

viernes, 21 de diciembre de 2007

COVADONGA Y SUS SORPRESAS

Cuando voy de viaje, y ya lo he dicho en alguna otra ocasión, busco la historia de mi patria, que es mi propia historia, y aquellas cosas que, por su singular belleza, añaden más interés y placer a mi viaje.

En el pasado mes de octubre tuve ocasión de asomarme, una vez más, a Covadonga y a su paisaje, y sentí la emoción de encontrarme de nuevo en la cuna de la patria recuperada que llamamos España. Y, naturalmente, subí a la cueva de la Virgen de Covadonga, la Santina, como la llaman los astures, y me hubiera quedado allí un buen rato para gozo de mis sentidos y de mi alma, pero los muchos fieles o peregrinos que se agolpaban en la cueva no me dejaron apenas tiempo para disfrutar de aquel lugar sagrado e histórico. Sólo tuve unos momentos para que mi cámara captara algunas imágenes de la Santina y de su entorno, a pesar de la prohibición que parece existir de hacer fotografías, pero las hice sin flash para no dañar con su luz ningún color de aquel lugar excepcional. Las tomé, por supuesto, para poder tener en mi casa, y con el adecuado sosiego, el tiempo suficiente para contemplar la hermosura de aquel sitio, bien en la pantalla de mi ordenador o en el papel fotográfico.

Y como digo que voy en busca de la historia, utilicé un par de segundos de aquel precioso tiempo en la cueva para tomar una imagen de la tumba de Don Pelayo, que está situada a poca distancia de la derecha del altar, según lo mira el peregrino, y excavada en la roca de la montaña. Esta fotografía es la que incluyo a continuación:



Como se puede ver, la lápida está escrita en caracteres del castellano antiguo y con una ortografía que difiere un tanto de la que tenemos en el español actual. La traducción puede ser la siguiente:

“Aquí yace el Rey Don Pelayo, electo el año de 716, que en esta milagrosa cueva comenzó la restauración de España, vencidos los moros falleció año 737 y le acompañan su mujer y su hermana”

El nombre de su mujer fue el de Gaudiosa, y con ella tuvo a su hija Ermesinda, que fue la esposa del rey Alfonso I de Asturias. Como se ve, el nombre de aquellas mujeres medievales era parecido a los que hallamos ahora en los cuentos de hadas, aunque no hay que negar que tenían cierta resonancia poética.

Y como en Covadonga todo es hermoso y excepcional, por debajo de la cueva donde está la Santina sale una enorme cascada de agua, además de otras más pequeñas, todas ellas blancas de espuma, luminosas y envueltas con la música recia y profunda del agua despeñada y el eco de la cueva, que se hunden con alegría y fuerza en una laguna al pie de la montaña, para, de esta forma, dar nacimiento al río Covadonga, río bravo de montaña, que hiende las rocas y riega la floresta, saltando con prisa entre los riscos del cauce, en ansiosa búsqueda del río Güesa, donde desagua, para que uniendo ambos caudales se encuentren con el Sella, al que darán vida y cuerpo para recorrer juntos el camino hacia el norte hasta Ribadesella y el mar.

Los astures también saben que el agua que brota de la cueva donde está la Virgen de Covadonga es milagrosa, y en términos festivos, y también religiosos, recitan o cantan la siguiente letrilla:

· La Virgen de Covadonga
· tiene una fuente muy clara,
· la niña que de ella bebe,
· dentro del año se casa.

Bajando del santuario, y siguiendo el curso del río Covadonga, llegamos al restaurante El Molino, donde paramos para comer, y donde, de nuevo, surgió algo que llamó mi atención. En las mesas donde nos iban a servir una fabada asturiana, habían colocado unas botellas de vino tinto de la marca RIOSELLA, en cuya etiqueta se podían leer los siguientes versos octosílabos, de desigual rima, pero en conjunto de buena factura, donde se unían la épica y la lírica:

· Río Sella, río amigo,
· unos versos yo te escribo
· con singular emoción,
· porque llevas en tus aguas,
· escrito a través del tiempo,
· cómo astures indomables
· forjaron una nación.

· Un privilegio de dioses
· es el poder contemplar
· desde el alto de la ermita
· cuando rompe la pleamar
· cómo tus aguas tranquilas
· besan las olas del mar.

Después de leer los versos, donde asomaba el alma anónima de un buen asturiano, al que di las gracias mentalmente por el placer que me ofrecía, me llevé a los labios el vaso con el tinto de aquella botella tan bien etiquetada, lo gocé con un par de lentos tragos y, seguidamente, comencé a dar buena cuenta de la excelente fabada que tenía ante mí, regada, obviamente, con el vino asturiano. Fabada, vino y versos me hicieron feliz aquel día junto al rugiente cauce del río Covadonga.

martes, 18 de diciembre de 2007

CARRIL BICI

Primero fueron los inmigrantes los que, quizá siguiendo con alguna costumbre de sus países de origen, empezaron a invadir las aceras de Murcia, y sin duda de muchas otras localidades, con sus bicicletas, y algunos hasta con ciclomotores, pero después, y en vista de que nadie ponía coto a tan incorrecta acción, algunos indígenas españoles se apuntaron a la novedosa costumbre y también comenzaron a cabalgar en sus vehículos de dos ruedas por las aceras de la ciudad de Murcia. Y nadie, con autoridad suficiente, cortó de raíz esta alteración fraudulenta del uso de las aceras, que siempre habíamos creído que estaban ahí únicamente para los peatones, y que sólo podían ser holladas por los zapatos, sandalias, alpargatas y otros tipos de calzado de los humanos, pero no por los neumáticos movidos por tracción humana o con motor de explosión.


Este cambio en el tipo de circulación por las aceras, que no añade ningún enriquecimiento a la vida ciudadana, como algunos dicen que sucede con las aportaciones de los inmigrantes, sino que entraña un peligro constante para los peatones, no parece importar ni mucho ni poco a las autoridades, pues no se ve que hagan algo para erradicar este peligro de nuestras aceras, y algunos nos tememos que hasta que no ocurra algún accidente, con herido grave o menos grave, o con algún muerto, que sería terrible, pero no imposible (observando la forma imprudente con que circulan algunos invasores de las aceras) las autoridades no saldrán de su letargo e inactividad.


Desgracidamente, hasta el momento, los vehículos siguen invadiendo y colonizando nuestras aceras, y la corporación municipal, con el Sr. Alcalde a la cabeza, sigue ignorando el problema. O quizá nuestros ediles piensen que haciendo un carril bici desde la Fica al Raal ya han cumplido con su cometido, o que la carencia de carril bici en Murcia capital justifica y hace lógico que se supla con la invasión de las aceras. Veremos qué pasa si algún día se produce una desgracia. Nadie asumirá la responsabilidad, pero ésta existirá y alguien tendrá que pagar por la negligencia y la desidia actuales.

domingo, 25 de noviembre de 2007

GRAFFITI

Nos suelen decir, especialmente los médicos, que pasear es una muy buena costumbre para prevenir o reducir el colesterol o el exceso de glucosa, pero todavía no he oído a ningún profesional de la medicina, o persona docta, o autoridad municipal, que diga que pasear por las ciudades puede ser perjudicial para el equilibrio mental, y no debido al tráfico, los ruidos, los atascos, la contaminación, las prisas, etc., que por supuesto, también atacan al sufrido ser humano.
Yo me refiero al asalto agresivo y continuado que se hace contra los edificios públicos y privados, los monumentos, las paredes, las vallas, verjas, bancos y otros elementos que nos encontramos en las ciudades, que se ven cubiertos de “graffiti”, o grafitos, que es la palabra que admite la Real Academia Española, que hieren el buen gusto, que afean, ensucian y degradan el paisaje urbano, que no tienen nada de arte, y sí mucho de incultura, chapuza y mala fe, aparte del tremendo gasto que supone su supresión si alguien quiere hacer una limpieza a fondo.
Y todo este aluvión de garrapatos y pintarrajos, no hechos con la pluma o el lápiz, sino con aerosoles, cuyos pigmentos penetran más profundamente en los materiales, no parece preocupar excesivamente a las autoridades, porque el ciudadano no percibe que se haga nada para erradicar este azote, para terminar con estas agresiones tan desagradables.Quizá se haga algo, pero en la ciudad de Murcia no se nota, por lo que se llega a la conclusión de que el Sr. Alcalde o no puede, o no sabe, o no quiere resolver el problema. Estoy seguro que se puede poner coto a tanto atropello, pero hay que tener la decisión política de hacerlo, porque medios, sin duda, los tiene el Ayuntamiento. La salud mental de muchos ciudadanos está en peligro. Decídase Sr. Alcalde a librarnos de tanto vándalo y tanta inmundicia, porque Murcia no será una ciudad limpia, como ahora se pregona, hasta que, además de barrer las calles, los edificios, monumentos, paredes, etc. muestren su color normal, sin la horrible lacra de los grafitos, que el único mensaje que transmiten es el dolor y la desesperación de una ciudad agredida y no protegida por las autoridades.

viernes, 23 de noviembre de 2007

HISPANIDAD

Tengo excelentes recuerdos de mis viajes a países iberoamericanos, no sólo de los paisajes, ciudades, pueblos y tradiciones de aquellas tierras, sino también de sus habitantes. Sin embargo, me molesta, me duele y no comprendo que un mestizo pueda hablar mal de España o de los españoles. Puede ser, o quizá no haya duda, que nuestros antepasados, los conquistadores, cometieran atropellos y fechorías, además de llevar nuestra lengua, religión, cultura, costumbres, sangre y bastantes otras cosas buenas. Pero ¿cómo es posible que un mestizo se queje de España, de nosotros, o de los españoles que fueron a América?
¿Es que no se da cuenta ese mestizo que él no existiría si los españoles no nos hubiéramos embarcado en la empresa colonizadora de América y no hubiéramos unido nuestra sangre a la de los indígenas americanos? Cada persona es un ser único e irrepetible que ha llegado al mundo después de infinitos intercambios genéticos.
¿Quién es capaz de saber dónde empieza su árbol genealógico y cuántos injertos ha tenido?
Recuerdo con especial emoción una poesía que oí recitar en una reunión folklórica en Yucatán, que se refería a “unas gotas de sangre española”, las cuales habían aportado a la sangre indígena virtudes, reciedumbre, arte, caballerosidad, fortaleza, cultura, sentimientos y nobleza, que dieron como resultado un pueblo mejor. Aquella poesía fue un canto sublime a España y al mestizaje, que había recibido las virtudes y los valores españoles. Nuestros antepasados también sufrieron invasiones, y, con ellas, sufrimientos, humillaciones, muerte y destrucción. Los romanos, por citar solamente un pueblo invasor de la península ibérica, venían con sus legiones y con la espada en la mano, pero nos trajeron la base de nuestra hermosa lengua, leyes justas que aún perduran, enseñanza para hacer grandes obras, y la unidad de Hispania, y yo nunca me quejé de los romanos, viéndolos desde la perspectiva que da la historia y el tiempo, sino que les agradecí lo bueno que nos trajeron, sea yo un celtíbero sin mezcla, o un mestizo de celtíbero y romano.